5 Cosas Que Eran Sexis En Tus 20, Pero Que Parecen Un Chiste En Tus 30

Es posible que nunca hayas vivido una época tan dorada. El número de cosas consideradas socialmente aceptables para un adulto ha ido creciendo hasta incluir prácticamente todo; desde maratones hasta videojuegos o los festivales de música de una semana. Pero para todo hay un límite. Y ya sabemos que hay gente que llega a la edad adulta, pero la edad adulta no llega a ellos, así que atentos a los siguientes detalles que tal vez molaban con 20, pero que con 30 te hacen parecer un pobre pringado.

1. Inundar tus redes sociales de injustificados selfies

Llega un momento, al abandonar la adolescencia, en el que te miras al espejo y te das cuenta de que, por primera vez, el reflejo no te asusta: tu rostro no es una paella, tu pelo no parece una peluca de Halloween, y tus dientes por fin están en el orden que deben.

La tentación de transmitir esta revelación al mundo es casi irresistible, lo entendemos. Pero, por favor, ya podéis parar. Sabemos que estáis estupendos, no necesitamos ver vuestros morritos cada vez que abrimos Facebook.


2. Gafas de sol en cualquier situación

A no ser que tengas una profunda mirada estrábica que quieras ocultar, ha llegado el momento. A fin de cuentas, las gafas de sol son una tecnología sencilla, creada para el único propósito de protegernos de eso, del sol. Así que te presentamos una lista incompleta de las situaciones en las que NO es necesario llevarlas: dentro de una discoteca, en el metro, en cualquier día nublado o en un selfie interior (sí, podemos ver el lavabo del baño en el fondo). Nadie se siente impresionado por tu aspecto de resaca. ¿Sabes lo que sí impresiona? El contacto visual normal.


3. Beberte hasta el agua de los floreros

En realidad no está claro que esto pueda ser atractivo a ninguna edad, pero cuando eres joven existe al menos el factor de la novedad. La curiosidad sobre cuánto eres físicamente capaz de consumir.

Para los 30, probablemente incluso antes, habrás sido testigo de suficientes episodios embarazosos como para saber cuándo tienes que parar. De pronto engullir ginebra como una oca al canto de "¡Traga, traga, traga!" se vuelve un pelín... patético.


4. La ignorancia no tiene nada de encantador

De joven te podías salir con la tuya sin saber nada. Simplemente halagar la inteligencia de otras personas alegando un deseo de aprender podía compensar enormes lagunas de conocimiento común. "¡Es joven, ya aprenderá!", decían los adultos. Eso no funciona siempre. Llega un punto en que no saber cosas como a qué se refiere alguien con el conflicto de Siria, o cuándo son las elecciones de tu país, crea un abismo monstruoso con la persona de delante, y evidencia quién es el niñato, aunque tengas 54 tacos.


5. No saber utilizar tu propia cocina

Hay gente que piensa que una buena idea para una cita romántica es verle jugar a videojuegos con sus compañeros de piso mientras tú buscas en una nevera vacía, a excepción del brik de leche agria y el medio limón arrugado (bueno, para ser francos, en todas las neveras hay medios limones arrugados, seguro que en la de Arguiñano también).

Asimismo, están las personas que comen siete noches a la semana como si nunca hubieran oído hablar de un supermercado. Si bien esto último es claramente una opción más divertida, ni por hábito de vida ni por bolsillo, este remedio es sostenible a largo plazo. Cuando llegamos a una edad, la verdad es que queremos a nuestro lado a una persona que pueda encontrar su propia sartén. Y es que eso sí que no cambia, porque sea a los 20 o a los 30, ¡seguimos teniendo hambre!