Con 20 años pasé un mes en la cárcel y ahí dentro nada es como te imaginas

Son las 11 de la mañana del 13 de febrero de 2017. Hace exactamente un año, a estas horas me encontraba charlando amistosamente con el grupo de personas con las que había trabado cierta amistad en el último mes. Cinco pequeños vasos de plástico antes llenos de una especie de líquido negruzco que intentaba hacerse pasar por café, yacían ahora vacíos en el centro de una de las mesas del módulo. Uno de los funcionarios me acababa de dar la noticia de que se había hecho el pago de la fianza. Tenía que recoger mis cosas y dejar la celda limpia para mi excarcelación.

Había entrado en el módulo de ingresos del Centro Penitenciario de Zuera un 12 de enero de 2016. Al llegar me requisaron lo poco que tenía encima: llaves de casa, cartera y móvil. Se me explicó el funcionamiento y las normas de la prisión y procedí a posar para la foto de frente y de lateral. Para mi decepción no me dieron ese típico cartelito con un número que había visto en tantas películas. A lo mejor eso se lo reservan para los gangsters de verdad y yo solo estaba ahí por haberle volado los dientes a un desgraciado y haberme negado a pagarle los arreglos correspondientes.

Se me informó de que tenía tres minutos para hacer una llamada a algún familiar o amigo y decirle que había ingresado en prisión. Decidí que sería mi novia la que recibiera la primicia. Llevábamos un año juntos y había aguantado e iluminado la peor época de mi vida y necesitaba saber si iba a seguir ahí una vez más. Me escuchó entre sollozos y me prometió que confiaba en mí. Todavía se me encoge el corazón cuando pienso la de decepciones y malos tragos que les he hecho pasar, tanto a ella como a mi madre. A pesar de todo siempre han creído que un día me daría cuenta del camino que estaba tomando con mi ritmo de vida. Sé que no las merezco y dudo que algún día sea capaz de pagar la deuda que tengo con ellas.

El ingreso en prisión

La primera semana fue la más dura, después de un par de días en el área de ingresos me hicieron un examen médico y psicológico y me asignaron el módulo dos. Este es el preventivo, es decir, los presos allí “alojados” están, o a la espera de juicio, o tienen una condena corta. Como no podía recibir todavía ningún paquete de mi familia, y mis únicas posesiones eran la ropa que tenía puesta cuando me detuvieron, las dos primeras noches tuve que lavar la ropa a mano en la celda y rezar para que estuviera seca por la mañana. A veces se secaba, otras, me tocaba ir con los huevos mojados hasta mediodía.

Cuando llegué al nuevo módulo, cualquier atisbo de miedo sobre mi seguridad se desvaneció. Todos hemos visto en películas como en la cárcel los veteranos se encargan de sodomizar y dar palizas a los recién llegados. Nada más lejos de la realidad. De hecho la homofobia era muy patente. Si algún valiente había reconocido su homosexualidad abiertamente, era objeto de marginación, burlas y amenazas constantemente.

Por otro lado, las peleas entre presos están severamente castigadas. Ambos participantes se llevan un par de días de aislamiento y el automático traslado a un módulo mucho más conflictivo. No es muy inteligente tener una si quieres una estancia relativamente cómoda. Aun así hay momentos en los que tienes que echarte el farol. Una vez tuve una discusión con un grupo de presos y les propuse amablemente ir al baño a resolver como caballeros uno a uno nuestras diferencias. Esperaba no tener que llegar a las manos porque sabía lo que eso conllevaba. Sin embargo, por mucho que aquel fuera un módulo más tranquilo, de vez en cuando había que mostrar los dientes si no querías que algún preso se te subiera a la cabeza. Afortunadamente todo se quedó en una discusión.

El día a día de la cárcel

Al poco tiempo la rutina se empezó a hacer insoportable. La mayoría del día estás obligado a pasarlo en la sala común, con los demás presos. Esas horas pasan relativamente rápido ya que siempre tienes algo que hacer. Formas válidas de matar el tiempo son jugar al fútbol hasta que el cansancio, o la inminente pelea entre los jugadores, decida el final del partido, leer o echar interminables partidas de parchís.

En la celda es totalmente distinto. Yo, al principio, la compartía con un veterano de las cárceles que cumplía su pena en Barcelona. Le habían trasladado a Zuera durante una semana para acudir a un juicio en Zaragoza. Siempre se portó bien conmigo y me aconsejó cómo actuar ahí dentro. Aún así, cuando se volvió a Barcelona no pude evitar alegrarme. Dentro de la celda, la zona del lavabo está puesta de manera que estés donde estés situado, tienes una clara perspectiva del retrete y el nauseabundo olor se expande muy rápida y efectivamente por cualquier rincón del habitáculo. No es de extrañar que, por muy bien que me llevara con él, me alegrara de no tener que seguir quemando cáscaras de naranja cada vez que me iba a cagar para intentar aliviar el sufrimiento de mi compañero de celda.

Las esperadas visitas

Los días iban pasando. Los momentos más duros y que más me hicieron reflexionar fueron esos en los que tenía visita de mis seres queridos. Ver en sus caras la tristeza, la preocupación, el amor incondicional y la confianza en que todavía podía cambiar, me hizo sentirme como la peor persona de esa prisión. Durante los últimos cuatro años mis adicciones y ritmo de vida hicieron que cayera por una espiral de malas decisiones que terminaron en ese agujero. Para mí fue tocar fondo. El hecho de ver cómo se me arrebataba mi intimidad, mi dignidad como persona e incluso mi nombre (ahí dentro para los funcionarios solo eres un número, ninguno sabe tu nombre ni le interesa), hizo que por fin abriera los ojos.

Con el fin de semana llegó la visita de mis familiares. Mi madre lucía más contenta de lo habitual y le faltó tiempo para sentarse, coger el telefonillo por el que hablábamos y contarme entusiasmada la buena noticia. Al parecer había hablado con la jueza y esta le había asegurado que saldría de prisión en el momento en que se pagara la responsabilidad civil de los daños ocasionados en la pelea.

La vuelta a la vida

Me negué a que hiciera el pago. Mi madre no pasaba una buena situación económica y no estaba dispuesto a dejar que siguiera arreglando ella mis errores. Hizo caso omiso a lo que le decía. Alegó casi enfadada que, si de verdad le quería demostrar que estaba dispuesto a cumplir con mis responsabilidades y arreglar mi vida, la dejara pagar la fianza al día siguiente para salir de ahí y buscarme un trabajo. Sabía que tenía razón, ahí dentro no iba a arreglar nada, solo saliendo conseguiría empezar a solucionar los problemas que me había ido creando a mí mismo últimamente.

Todavía recuerdo la charla con el funcionario mientras me acompañaba al área de ingresos para tramitar mi salida. Es increíble cómo cambia el trato de preso a funcionario cuando te han dado la libertad. Fue muy amable conmigo y me dio un consejo que no olvidaré nunca: “Una vez que has estado aquí, todo lo que hagas ahí fuera te puede traer de vuelta”. Nadie pudo venir a buscarme así que cogí un taxi hasta Zuera y de ahí un autobús a Zaragoza. Desde entonces mi vida ha dado un vuelco y recuerdo ese mes que pasé en la cárcel como un fondo que no pienso volver a tocar. Nunca.