Vómito enterrado y acoso a camareras: damos mucho asco en los chiringuitos de playa

Una mañana sobrio por los restaurantes del litoral de Barcelona es suficiente para ver los límites de la humanidad

Estar en Barcelona en verano es vivir en una ciudad fantasma. Como decía Hannah Jane Parkinson, columnista de The Guardian, las ciudades en verano son como la película 28 días después: asientos de bus vacíos, calles desérticas y locales cerrados a cal y canto. Es una imagen diferente de la ciudad, sientes como si solo fuera tuya. Un auténtico placer. Pero por supuesto, esto es solo se aplica en los barrios residenciales. Los turistas en el centro y el litoral se multiplican y saturan cada metro cuadrado.

Esto es en lo que pienso mientras camino bajo el insoportable sol del paseo marítimo de la playa del Bogatell, sin apenas sombra y con el mar a un lado, deseando bañarme. Pero no vengo a eso. Como sé que, por regla general, los camareros tienen que aguantar mucha mierda, me he acercado hasta este sumidero de turistas para descubrir las historias más rocambolescas que se esconden en uno de los elementos arquitectónicos más característicos del skyline playero: los chiringuitos

A. C.

"Buf", me dice una camarera del primero en el que me paro, "tengo muchísimas historias". Pero está demasiado ocupada —"son las doce, hora de comer de los guiris", se excusa—. Miro a mi alrededor: gente quemada, personas sin camiseta, turistas con jarras de un litro a la mitad y mofletes rojos. No es su primera cerveza. Mientras la camarera me toma nota, le cae crema solar en los ojos y la boca porque un alemán está poniéndose aerosol con spray como si quisiera rebozar a un elefante. “Te reirás, pero no es la primera vez que me pasa”, me dice. Parece que se suelta un poco y continúa: "lo que más odio son los que vienen con un altavoz y ponen su música. ¡Están en un bar donde hay música! Y además lo hacen un montón”, añade. No me cuenta mucho más, así que me voy a buscar otro chiringuito.

Hay un chiringuito cada 100 metros. “Se liga un montón”, me dice un camarero mientras fuma en su descanso en el tercer chiringuito que encuentro. Me enseña una conversación de Grindr, la app gay: “justo hoy me dijeron que si les invitaba a chupitos me la chupaban. Creo que a lo largo del día intentan ligar conmigo a cambio de alcohol gratis más de tres personas. Y con las camareras este acoso todavía es peor”.

A.C.

Coincide una chica que trabaja en otro bar. “He llegado a tomar nota de turistas borrachos que en ningún momento me miraron a los ojos, solo a las tetas”. La parada de metro Llacuna es un foco de turistas y tiene historias por doquier, aunque la mayoría tienen que ver con borrachera. “La anécdota que cuento a todos es la de una chica que vino pedir un cubata de vodka pero en cambio de limonada me dijo que pusiera agua, ‘que engorda menos’. La chica quería emborracharse pero no quería perder el cuerpazo de bikini”, recuerda, riendo. Además de esta historia graciosa tiene otras muchas quejas: “gente borracha que ha vomitado sobre la mesa o sobre alguno de mis compañeros”. Algunas veces se han negado a servir a gente "muy, muy pasada", especialmente después de que un hombre tuviera que ser rescatado por los socorristas cuando se tiró al agua porque llevaba todo el día bebiendo bajo el sol.

Las quejas hacia los borrachos son constantes. “Hay personas que llegan a las 10 de la mañana y se piden una jarra tamaño oktoberfest. Se pasan todo el día bebiendo, de la arena a la mesa, de la mesa a la arena. Hacia la tarde se vuelven insoportables”, explica. Una camarera de otro chiringuito odia al típico turista machote que, borracho y sin camiseta, empieza a decirles cosas, a juguetear y a hacerse el chulo, “déjame en paz, pesado, estoy trabajando”. En la otra cara de la moneda están las despedidas de soltera, que “también son lo peor”. Gritan, beben un montón, te piden fotos constantemente y se hacen insoportables porque quieren juntar muchas mesas, cortando la movilidad de los camareros. “Una vez una chica se fue al agua a potar. Sí, al agua”, añade cubriéndose la cara con la mano, en posición de facepalm.

A. C.

Vómitos enterrados en la arena, vasos de plástico y latas tirados por la playa, machismo con las camareras... Sigo mi paseo y llego a la playa que está a la altura de la parada de metro del Poblenou. Es el chiringuito gay, que está entre la playa gay y la nudista. Recuerdo que una amiga que trabajaba en un chiringuito gay de la Costa Brava entró al baño y encontró un bote de lubricante vacío, cinco o seis condones sucios, toallitas usadas y las paredes y el váter llenos de heces.

Las camareras están muy liadas. Abro grindr. La app funciona con distancia: en filas de tres te va diciendo quién está cerca de ti. Normalmente en este barrio de Barcelona los hombres de la quinta fila están a unos 300 metros. En esta playa, el más lejano está a 20. Se acercan a tomarme nota y empiezan a largar. No hay mucho que me puedan contar sobre los baños: “claro, hay sexo, es una playa nudista. Pero son baños municipales así que no los limpiamos nosotros, aunque una vez la mujer que limpia los baños me contó que se encontró una montaña de papel recubierta de vómito y caca”. 

A. C.

Tienen otras historias, por supuesto. "Hay gente que ha venido desnuda a pedirse una cerveza", desfilando con sus genitales al aire, alguna vez hasta erectos. Aunque hay otros muchos que llevan unos trajes de baño casi simbólicos que no dejan lugar a la imaginación, "en teoría no puedes venir desnudo al chiringuito, pero es que hay veces que lo que llevan puesto es peor". Otro tipo de cliente que les hace mucha gracia es el que viene con muchos amantes: "sobre todo un hombre, que viene cada finde con alguien nuevo y siempre acaba enrollándose. Se nota muchísimo que debe vivir cerca, tiene citas en la playa y luego se los lleva a su piso", recuerda. 

Los clientes de estos establecimientos pueden llegar a dar mucho asco. Alcohol, playa y turistas es una ecuación segura y siempre da resultados lamentables, aunque en Barcelona parecemos estar a salvo de los delirios más asquerosos de los que es testigo la costa del Mediterráneo.