El veranito, el momento crucial en la vida de los ‘ciclados’ de Valencia

Estamos a 30 grados en la playa de la Malvarrosa y un Seat León amarillo surca el paseo marítimo al ritmo de ‘Invicto’ de Nyno Vargas, el gitano rapero de las 613 Viviendas de Burjassot que cautivó las mentes de aquellos valencianos que un día sobrepasaron los 38 centímetros de bíceps. Mientras los ‘tetes’ sacan sus tattoos por la ventanilla —los polinesios otorgan un status superior en la jerarquía ciclada— las ‘tetas’ les observan con admiración. Cada decibelio de más, cada centímetro de más, cada quilate de más en el cordón de oro es un punto más en la escalera del amor.

Sí, el verano es el momento del año en el que todo el esfuerzo de horas y horas interminables de gimnasio, miles de litros de batidos de whey protein y cientos de euros en Deca-Durabolin, Anadrol y Winstrol Depot, dan sus verdaderos frutos. Bajo los eternos tirantes, prenda obligada durante cada uno de los 90 días de verano, los pectorales de todo ciclado que se precie emergen poderosos, como tetas masculinas de virilidad extrema. Una metáfora perfecta de que el sudor derramado sobre el hierro de los discos de 25 kilos valió la pena.

Aunque todavía estén metiéndose sesiones de definición y termogénicos en vena para marcar el six pack, el trabajo ya ha sido hecho en los últimos nueve meses. Ahora solo queda ponerse bajo el sol, sobre todo los que no hayan invertido gran parte de su sueldo de segurata o gogó del Akuarela en el Solmania. Es el verdadero sentido de la vida, el leitmotiv de una especie que estuvo al borde de la extinción pero que resucitó en forma de crossfitters que han sacrificado kilos en el press banca por parecer más fit y menos croissant. Una mutación fashion-hipster de la que MYHYV tuvo total responsabilidad.

Pero hay más. Como si fuera un virus, la mutación se extendió a las ‘tetas’ que también sucumbieron al indescriptible placer de levantar una barra de 20 kilos por encima de sus cabezas mientras sienten como la sangre inunda sus músculos y las fibras rápidas se desgarran sentando las bases para la ansiada hipertrofia. Y qué decir de sus glúteos producto de semanas y semanas dejándose el alma y las rodillas en las sentadillas. Como testigos mudos de su transformación, sus cuentas de Instagram gritan sus exhaustivas dietas a base de suplementos, pollo y arroz integral.

Si la Malvarrosa es el templo cicládico durante los tórridos días del verano ché, las terracitas pijas del puerto y la Ciudad de las Artes y las Ciencias son el paraíso de la noche. Allí, tostados por el ‘lorenzo’, los ciclaos lucen sus camisas más ajustadas y sus litros de colonia asfixiante. Cuanto más grande el reloj, cuanto más abierta la camisa, cuanto más depilado el pecho, más orgullo luce su propietario. A la mierda las dietas y los riñones cuando se trata de cascarse un buen gin tonic con pepino, uvas o frutas del bosque. En verano es un todo o nada. O se pilla o las dosis extra de testosterona explotarán en sus cabezas.

Ojo, no te vayas a equivocar, que sin billetes no eres nadie. En el universo ciclado de Valencia fardar de llevar la carterita petada de billetitos para tus vicios (no entraré en cuales pero son blancos y en forma de polvo) es tan habitual como ver a Rafa Mora vacilar de su Audi R8. Es más, la humildad de un ciclado siempre e indefectiblemente será inversamente proporcional a su masa muscular. Y así es como cada noche, cubata tras cubata, noche sin dormir tras noche sin dormir, el esfuerzo de todo el año se fundirá entre la playa, las terracitas y la peregrinación anual al Bora Bora de Ibiza, la Meca cíclica por excelencia.

Porque, no nos engañemos. El summum de los buenos ciclados, los de pedigrí, es trascender Valencia y triunfar en Ibiza. Esa isla que se convierte en una extensión más de sus triceps y el punto de encuentro de los tetes de todos los países del mundo. Un colofón épico con el culminarse en la versión terrenal del Olimpo. Sus fotos en Instagram, sus batallitas con alemanas y sus incipientes barriguitas cerveceras les recordarán en los duros meses de otoño que un día sus cuerpos suscitaron la envidia de otros individuos de su especie (y poco más) y que su reinado quedará pospuesto hasta el próximo verano.

Mientras tanto, el resto de los valencianos, los que no se sienten ‘tetes’ ni ‘tetas’, los que no necesitan dejarse la piel en un gimnasio para alimentar su ego (y si lo hacen es por salud), continuarán con sus vidas conscientes de que la etiqueta de pertenecer a la ciudad que vio nacer el ‘tetismo’ jamás desaparecerá. Con suerte, podrán suplicar al ‘dios de la lluvia’ que haga acto de presencia y elimine del horizonte los bíceps recargados de venas y las horribles gafas de sol de sus vecinos proyecto de bodybuilders. Paciencia xiquets y xiquetes, el verano pasa rápido y siempre os quedará un lugar al sol entre las dorsales de los ‘tetes’. Hakuna Matata!