'Toro', Una Película Con Un Personaje Muy Bravo Pero Sin Alma

El segundo largometraje de Kike Maíllo son imágenes suplantadas que carecen de identidad y alma. Mario Casas está pasado de rosca, como si aquella interpretación sublime que hizo en Grupo 7, la tuviera que superar a base de gestos desmedidos, rabia y testosterona. El concepto visual de la película es de lo más cuidado e ideado en el cine español desde hace mucho tiempo, pero su sofisticación es tan adulterada, que parece una ristra de spots televisivos de coches y relojes sin concordancia con la trama. Es simplemente apariencia, belleza plástica sin sustancia.

El director que sorprendió con Eva se ha diluido entre tanto referente. Lo mismo le ha pasado a sus intérpretes. Deambulan de lado a lado como si no se creyeran lo que están contando. Ni siquiera dos de los mejores actores españoles de la actualidad, José Sacristán y Luís Tosar, logran convencer en su papel. El homenaje de Maíllo al western y thriller de la década de los 70, y la copia al cine asiático y a Nicolas Winding Refn (Drive, Sólo Dios perdona), se convierte en un quiero y no puedo, en un cúmulo de buenas intenciones desdibujadas entre tanta mezcla. Incluso, sus títulos de crédito iniciales parecen una rara combinación entre los de la serie de Atresmedia, Velvet, y los de la serie True Detective, de HBO.

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Pero Maíllo no es el principal culpable. El guión no ayuda demasiado. Es previsible, tiene contradicciones, situaciones claramente escritas para justificar la acción de ese momento y una desconexión con la realidad que convierte algunas escenas en cómicas. El carisma de sus actores no es lo suficiente potente para comprender y apoyar sus acciones, ya que carecen de una buena construcción del personaje. Lo único bueno de este guión, son algunas perlas que van soltando durante la película sus protagonistas. Una de las mejores, la enuncia Sacristán: “España es un país de malos hermanos”.

Precisamente, esa es la España que representa, un país marcado por su pasado, por una herencia construida a base de ladrillos que ha fragmentado a su población. Como símbolo, escoge la arquitectura de la Costa del Sol, característica por sus rascacielos surgidos durante la burbuja inmobiliaria y el espíritu folclore, necesario para paliar la desilusión de sus habitantes. Sin embargo, a diferencia de Alberto Rodríguez en Grupo 7 o La isla mínima, Maíllo no logra captar la esencia andaluza del lugar y hacerte creer que esa historia que está contando es real.

En definitiva, Toro es una película que invoca a la rabia, a la acción y a disfrutar de unas imágenes bien filmadas, pero que se pierde al mostrar a un ‘Toro’ bravo pero no castizo, una creación irregular sin alma que, como consecuencia, no consigue conectar con el espectador. Sólo se puede disfrutar de ella, si se sabe dejar a un lado la coherencia y la credibilidad. Aunque se antoja difícil.

https://www.youtube.com/watch?v=IMJP3cvD6DY