Sarah Vaughan: "Donde hay gente poderosa hay más riesgos de que se produzcan abusos"

En 2013, una joven de 19 años acusó de violación al futbolista inglés, Ched Evans, que tras tres años llenos de controversias fue finalmente absuelto en 2016. Durante el largo juicio, parte de la sociedad inglesa se posicionó de parte del jugador y cuestionó a la denunciante porque ella debía saber que si subía a la habitación de hotel del futbolista "no era para jugar al scrabble". Sin embargo, para la periodista británica, Sarah Vaughan, eso no era razón para desacreditar su versión de los hechos.

Después de aquello se obsesionó tanto con los abusos que se perpetran desde posiciones de poder, que una noche tuvo un sueño revelador. En el mismo, la narradora era la abogada de una víctima de violación, el agresor un ministro del Partido Conservador británico y el escenario los laberínticos pasillos de Westminster. Al cabo de unos años, plasmó aquel sueño en su última novela: Anatomía de un escándalo (Ed. Roca Editorial 2018).

Un sueño en forma de best seller

"Nunca había soñado un libro, espero que me vuelva a pasar. Al final los sueños recogen nuestro subconsciente y nuestros miedos, y yo estaba muy preocupada por cómo se estaba juzgando a esa chica", nos cuenta en el bar del Hotel Alma de Barcelona la autora del libro que se anticipó al movimiento Me Too y a las acusaciones de abusos sexuales a diputados de Westminster.

Lo hizo un año antes de que estallaran ambos escándalos creando a James, un importante miembro del gobierno y amigo personal del primer ministro británico, que es acusado de violación por Olivia, una subordinada suya con la que tuvo una aventura. "James tiene una forma muy intensa de creerse con derecho a todo. Podría ser una versión más atractiva de Donald Trump", agrega para recordar que, aunque James no esté basado en ninguna persona real, reencarna al arquetipo de hombre que se aprovecha de su posición de poder, que se cree impune a todo por se quién es.

Una violación dentro de la pareja

En las 376 páginas del libro, la reportera que fue corresponsal de política en Westminster para el diario The Guardian, retrata una violación que escapa del falso estereotipo que dice que los abusos sexuales suelen ser violentos y cometidos por un extraño que asalta a las víctimas en la calle. El abuso que ha retratado Sarah ocurre dentro de una relación, tiene lugar en un ascensor en el que Olivia entró voluntariamente y ella amaba a su presunto agresor o, al menos, eso creía. Incluso después de que, según su versión, le hubiese arrancado los botones de la blusa y bajado las bragas a las fuerza.

Con esta trama, Sarah explica que persigue el objetivo de reflejar una realidad demasiado recurrente: lo difícil que es probar en un juicio una violación que se aleja del tópico que nos metieron en la cabeza durante años. "Hablo de lo fácil que es encarcelar a un violador que actúa a punta de navaja en comparación al que viola a una pareja con la que ha tenido sexo antes", lamenta para dejar claro que con este libro también pretende recordar como la sociedad y la justicia estigmatizan a las mujeres que disfrutan de su sexualidad. O, lo que es lo mismo, a aquellas que no tienen miedo de esconder sus deseos sexuales.

"Me interesaba explorar como juzgamos a las mujeres sexualmente activas. Olivia no es ninguna santa. A ella le parecía bien tener una relación con un hombre con familia y se había acostado con él voluntariamente en otras partes del Parlamento", detalla al hablar de uno de los argumentos que la abogada de James utiliza en el juicio para tachar a Olivia de mentirosa. Una actitud machista que hemos visto en los últimos meses con personas que culpabilizan a las víctimas que visten de forma "provocativa" o que rehacen su vida después del incidente, como la de La Manada. La joven que, según dejó a entrever la defensa de los acusados, parecía que no pudiese volver a ser feliz después de haber sufrido una violación grupal.

Lo que ha plasmado de su paso por Westminster

Mientras cubría la actualidad política del Reino Unido en el Parlamento británico 15 años atrás, cuenta que conoció a algunos empleados que, sin saberlo, le servirían de inspiración para crear a James. Eran hombres carismáticos, creían que tenían la verdad absoluta y se movían con una confianza "devastadora". Sin embargo, lo más importante lo aprendió de su ambiente.

"No me resultaba difícil imaginar que pudiesen cometerse abusos sexuales en Westminster. Creo que donde hay gente poderosa y desequilibro de poder hay más riesgos de que se produzcan abusos", sostiene para después dejar claro que si las acusaciones entre la Cámara de los Comunes y la Cámara de los Lores se hubiesen producido antes de escribir el libro, no le habrían dejado publicarlo. No le habrían permitido poner sobre la mesa una realidad que, a pesar de que siempre ha estado allí, una infinidad de mujeres no se atrevieron a denunciar hasta hace muy poco.

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Hacia un futuro feminista

Como muchas otras mujeres, Sarah ha sido testigo de actitudes obscenas por parte de hombres que nos han visto siempre como objetos. Desde piropos por la calle que nadie reclamó, pasando por exhibicionistas que enseñan sus partes íntimas en público, hasta brazos que rodean una cintura que no quiere ser tocada, son algunas de las que recuerda. Algo que años atrás la mayoría veíamos normal, pero que en estos momentos, esta reportera y un incontable número de mujeres de todo el mundo no pensamos tolerar más.

“Ahora me enfado mucho con estas cosas, y estoy muy segura de que no quiero que mi hija y mi hijo crezcan en un mundo así”, asegura Sarah, que al mismo tiempo, insiste con marcado optimismo de que nos encontramos en un momento insólito que podría marcar un cambio sin precedentes. Aunque, eso sí, opina que para conseguirlo es crucial educar a las nuevas generaciones. Hacerles entender que no deberían querer acostarse con una persona que no tiene unas ganas locas de compartir la cama con ellos y que, por mucho que nos hayan enseñado lo contrario, todos somos iguales.

Un discurso que, según la reportera, tenemos que enarbolar con intensidad para combatir las actitudes que, en estos momentos, están socavando los logros de la lucha feminista. "Muchos jóvenes tienen sus primeros conocimientos sobre sexo a partir de un porno que cosifica y toda esta cultura del selfie y Tinder hace que se juzgue a la gente por su apariencia", dice sobre unos hábitos que desconoce dónde nos llevaran y cómo afectarán a la lucha de las mujeres por la igualdad. De momento, lo único de lo que está segura Sarah es de que esta lucha solo acaba de empezar.