Él No Sabía Que En Cada Combate Que Ganaba Enviaba Al Perdedor A Una Cámara De Gas

Jamás, por más tiempo que pase, podremos dejar de sorprendernos con las historias de los héroes judíos anónimos que sufrieron los horrores más inenarrables en los campos de concentración nazis. Esta es una de tantas biografías olvidadas en los libros ante la magnitud de los acontecimientos que se vivieron aquellos años, pero que no deja de ser digna de contar. Se trata de la vida de Salamo Arouch, el judío que salió vivo del campo de concentración de Auschwitz gracias a su don para boxear.

Arouch nació en Salónica (Grecia), territorio que cayó bajo el dominio alemán y del que partieron miles de judíos, arrancados de sus casas y sus raíces, hacia las cámaras de gas o hacia los centros de trabajos forzosos. Este segundo fue el destino del boxeador, ya por entonces campeón de peso medio, y considerado por los nazis como un hombre capaz de soportar las más duras condiciones.

Los soldados alemanes, no contentos con someter a los presos a crueles torturas, gustaban de organizar espectáculos para su distracción por las noches en campos como los de Auschwitz. Por eso, un día, uno de los oficiales entró al barracón de Arouch y preguntó si alguno de los presos sabía pelear. Tentado de no exponerse demasiado al salir a la palestra, el judío decidió ofrecerse como voluntario ante la recompensa por participar en el juego: una barra de pan que podría compartir con sus compañeros.

Desde ese momento, se sucedieron más de 200 combates de los que todos salió victorioso. No sin cargo de conciencia: pronto se dio cuenta de que esas peleas, sin otro final que el KO de uno de los dos contrincantes, confinaban al perdedor a la cámara de gas. ¿Qué hacer entonces? Él siempre supo que, de dejar ganar a su adversario, sería él quien acabaría asesinado.

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Durante su estancia en el campo, y conocedor de las tripas de las instalaciones por haber sido destinado a las cocinas como ‘premio’ por deleitar a los oficiales con entretenidas veladas, a punto estuvo de ser llevado a la cámara de gas por colocar una carga de dinamita en uno de los hornos crematorios. Como castigo, fue trasladado al campo de Bergen-Belsen, donde conoció a la que más tarde sería su mujer, y donde fue condenado de nuevo a los trabajos forzosos, a la espera de la ejecución. Afortunadamente, la liberación de los presos llegó antes que su sentencia de muerte.

Tras ser liberado, el boxeador colgó sus guantes y se trasladó con su nueva familia a Palestina, por entonces bajo dominio inglés. Pronto supo que todos sus familiares de Salónica habían sido asesinados. En su nueva ciudad pasó una vida tranquila y dedicada a los negocios, tratando de olvidar todos los horrores que vivió durante su cautiverio. Esta decisión fue interrumpida solo en 1988, cuando recibió la llamada del director de cine Robert M. Young, quien le propuso contar su historia para que no pudiera ser olvidada. Así lo hicieron, filmando la película El triunfo del espíritu (1989), protagonizada por Willem Dafoe. Arouch tuvo que volver a las instalaciones de Auschwitz, aunque encontró las fuerzas para hacerlo con la idea de poder contar todo lo que allí le sucedió de la forma más veraz posible.

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Salamo Arouch falleció en Tel Aviv (Israel) en 2009 a los 86 años rodeado de sus hijos y nietos. Tranquilo, en paz consigo mismo y con la seguridad de haber cumplido su parte. La de haber hecho, primero, todo lo posible por dinamitar el régimen nazi y, segundo, por contar al mundo todo lo que sus ojos, que terminaron presentando una mirada triste y cansada, vieron durante su encierro.