Richard Brautigan Conquistó A Una Generación Con Su Oda Al Fracaso

Cuando encontraron el cadáver de Richard Brautigan, el escritor llevaba un mes criando malvas. Había dicho a todo el mundo que se largaba a cazar y acabó disparándose a sí mismo con una magnum 44. Hubo un tiempo en que crítica y lectores, que se contaban por millones, lo adoraban. Sucedió después de la publicación en 1967 de La pesca de la trucha en América, que los hippies convirtieron en su libro de cabecera. Aquello que leían les pareció más alucinante que el LSD. Cuando el movimiento hippie perdió adeptos, Brautigan también perdió lectores. Sin embargo, siguió escribiendo. Intentó ahogar sus penas en alcohol, pero también fracasó. Junto a su cuerpo inerte encontraron una botella de Jack Daniel’s.

El éxito de La pesca de la trucha en América fue un oasis en medio de la desgracia que acompañó a Brautigan durante toda su vida. Sus padres se separaron ocho meses antes de que naciera en 1935. Su padre se largó y su madre hizo un amago. Cuando Brautigan tenía seis años y su hermanastra dos, su madre los dejó solos en una habitación de un motel y a los dos días volvió. Los alimentaba con tortitas de agua y harina previamente tamizada para que no se le colasen heces de rata. Harto de pasar hambre y frío, a los 20 años Brautigan tiró una piedra contra una comisaría para que lo encerrasen. Lo hicieron pero en un hospital, donde le diagnosticaron esquizofrenia paranoide y depresión. Recibió doce sesiones de electroshock. Mas tarde, se instaló en San Francisco.

escritor mileniales codigo nuevo

Mientras los Beat lo petaban, a Brautigan le rechazaban manuscritos. Sus poemas debieron parecer demasiado infantiloides para la solemnidad del momento que el “Aullido” de Ginsberg captó. Consiguió publicar su primera novela Un general confederado de Big Sur en 1964, pero el éxito le llegó tres años después con La pesca de la trucha en América. Ambas las escribió durante una acampada en Idaho con su mujer y su hija. Los hippies fliparon. La realidad se mezclaba con la fantasía en una novela fluvial protagonizada por alguien o algo llamado La Pesca de la Trucha en América. Debieron desternillarse con el absurdo de las situaciones rocambolescas narradas con la naturalidad con la que un niño cuenta cómo un obeso consigue bajar por la chimenea para dejar regalos.

Las frases cortas y simples propias de las redacciones escolares fluían puestas una detrás de otra. La voz pueril era también poética. Estrenaba metáforas y comparaciones. Describía el sol "como una enorme moneda de cincuenta centavos que alguien hubiese rociado con queroseno antes de prenderle fuego con una cerilla y decirme ‘toma, sostenme esto mientras voy a por el periódico’, ponerme la moneda en la mano e irse para nunca volver”. Fruto de una necesidad humana, acabó la novela con la palabra ‘mayonesa’. Se había pasado todas las convenciones literarias por el forro y aquella libertad conquistó a una generación.

Brautigan se hizo famoso y empezó a comportarse como tal. Se forró, despilfarró, puso fotos de sus novias en las portadas de sus libros y su número de teléfono en las solapas, empinó el codo y le dio a alguna que otra droga. Pero continuó escribiendo y afinando su estilo. Las novelas que publicó después de La pesca de la trucha en América son también chifladuras pero cada vez más calculadas. Como Tarantino, Brautigan cogió un género, el del western gótico, y lo llevó a su terreno. En El monstruo de Hawkline (1974) dos hermanas idénticas encargan a una pareja de sicarios el asesinato de un monstruo que ha salido de un experimento hecho por un científico loco. Los personajes cambian de apariencia, les entran ganas de follar en los momentos más inoportunos y observan un incendio como si estuvieran de picnic.

El surrealismo y el sentido poético siguen intactos: “Justo en las afueras de Gompville, un hombre colgaba del puente, al otro lado del río. Tenía una expresión de incredulidad en la cara, como si no pudiera creerse que estuviera muerto. Se negaba a creer que estaba muerto. No se creería que estaba muerto hasta que lo enterraran”. Algunos no supieron apreciar este cambio y otros ni se enteraron de que había habido un cambio. Cuando murió su amigo Lawrence Ferlinghetti dijo: “Como editor siempre estaba esperando que Richard creciera como escritor. Me parecía que era esencialmente un ingenuo, y no creo que cultivase ese infantilismo, creo que era natural a él. Parecía que estuviese más en sintonía con la trucha en América que con las personas”.

En 1990 el fotógrafo Todd Lockwood, uno de los seguidores de Brautigan, quiso rendirle homenaje abriendo en Vermont una biblioteca que solo aceptase manuscritos rechazados. La idea se la había dado su ídolo en el libro El aborto (1971). Catalogó los libros según el sistema mayonesa que consta de 13 categorías como aventura, amor o humor. En 2005 la Brautigan Library tuvo que cerrar, pero volvió a abrir en Vancouver en 2010.