Red Army: Cuando La URSS Usó El Deporte Como Arma Contra Estados Unidos

Esta es la historia de cómo el estilo soviético conquistó Estados Unidos. La empezaremos por el final, concretamente con la Stanley Cup de 1997. Aquel año, los Detroit Red Wings ganaron la NHL con gran superioridad, y tenían una peculiaridad: sus cinco jugadores estrella eran soviéticos. Fetisov, Konstantinov, Kozlov, Larionov y Fedorov pusieron punto y final feliz a una historia que, sin embargo, tiene más sombras que luces.

El origen de todo tiene lugar en plena Guerra Fría, con la Unión Soviética y Estados Unidos intentando perpetuar cada uno su modelo de vida. Cada detalle contaba, y el deporte tenía un peso especial por la cantidad de personas a la que movilizaba. Así que la URSS, de la mano de Anatoli Tarasov, inició el reclutamiento de los mejores jugadores de hockey sobre hielo de la Unión, dando lugar a un equipo conocido como Red Army, controlado por el Ministerio de Defensa, y que en la década de los 80 llegó a ser un conjunto invencible. Pero lo que había detrás de este éxito era un régimen militar.

En 1979, Tarasov (que dotó al equipo de un estilo de juego único, basado en el movimiento y los pases, opuesto al juego habitual donde primaba el físico) fue sustituido como entrenador por Viktor Tikhonov, nombrado por el mismísimo jefe de la KGB.

El Red Army llegó a los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980 como gran favorito, pero perdió la final contra una selección de Estados Unidos formada por universitarios. Esta derrota supuso un revés al orgullo soviético, que radicalizó su postura respecto al equipo: concentrados once meses al año, solo pudiendo salir un fin de semana al mes; expulsión de los jugadores veteranos; y hasta cuatro sesiones de entrenamiento al día.

En los JJOO de 1984 arrasaron. Tetryak, Fetisov, Krutov, Kasatonov, Larionov y Makarov formaron un equipo único, que basaba su juego en la movilidad de la pastilla (como les había enseñado Tarasov). Pero esto no sirvió para relajar la presión que recibían los jugadores. Vladislav Tetryak, uno de los mejores porteros de la historia, se vio obligado a elegir entre el deporte y su familia (optó por lo segundo).

Con el inicio del fin de la URSS que significó la Perestroika, los medios para sostener económicamente el hockey se hundieron, y los jugadores empezaron a plantearse emigrar a la NHL. Pero una vez más se encontraron con los límites de un sistema cerrado. Pese a las promesas de libertad tras los JJOO de 1988, las vigilancias 24 horas y las amenazas para evitar huidas eran la realidad. Sintiéndose traicionados, algunos miembros decidieron dejar el hockey, como fue el caso del capitán, Viacheslav Fetisov.

Los jugadores que se iban lo hacían con una condición: gran parte de su sueldo iba directo a la embajada soviética. Además, tenían que lidiar con un problema a nivel deportivo: acostumbrados a jugar juntos, eran incapaces de adaptarse al estilo de juego que se practicaba en la NHL. Esto, sumado a la tirria que había en USA hacia todo lo que provenía de la URSS, les llevó a una situación de marginación.

Eso sucedió hasta que en 1996 los Red Wings tuvieron una brillante idea: volver a juntar a aquellos componentes del Red Army que estuviesen en Estados Unidos. El último en unirse fue el propio Fetisov, que tras años de lucha y persecución había conseguido permiso para abandonar la URSS. Juntos, y con libertad para jugar a su estilo, esos cinco jugadores cambiaron la historia, y es que a partir de ahí el desembarco de soviéticos en la NHL ha sido una constante.