¿Quién No Recuerda Los Maravillosos Veranos En El Pueblo?

La libertad de los pueblos en verano se escucha a través de las carcajadas de los abuelos jugando la partida en la plaza, los frenazos de las bicicletas y el aire, perfumado de albahaca, colándose por las puertas abiertas.

¿Quién no recuerda los veranos en el pueblo? Estos días, cientos de municipios de todo el Estado doblan su población. Son los tíos de Madrid, los abuelos que viven en la capital de provincia o esos foráneos del barrio de Sant Andreu que, enamorados del paisaje, fijaron su residencia de verano.

Si tienes o has tenido pueblo, seguro que fuiste a bañarte al río, construiste algún refugio con cañas o pasaste noches contando historias de miedo, bailaste un pasodoble en las fiestas patronales y el baile del farolillo se convirtió por un día en deporte nacional. Recordarás noches estrelladas, sobre todo del 9 al 15 de agosto, cuando se produce la lluvia de Perseidas. La bicicleta sería tu compañera inseparable, a la que sacarías la cadena tropecientas veces y tunearías con pegatinas, una BH para los ochenteros y para la década de los 90 quizás una Orbea o MSC. Definitivamente, las bicicletas son y serán para el verano.

El tour por las fiestas de los pueblos cercanos era obligatorio y cuadrar quién te llevaba o cogía el coche era un rompecabezas. Las orquestas eran malas, pero a la vez todas buenas, porque nunca se ha coreografiado tanto Los pajaritos o Paquito el Chocolatero. Estarías unos días para montar el chamizo, la peña o la bodega, en cada sitio se llama de una forma diferente, pero a la práctica es lo mismo, un lugar para reunirte con la cuadrilla y compartir.

Si tu pueblo es de esos que las riveras tienen zarzales, pasarías veranos cogiendo moras y bayas para luego hacer mermelada o pegarte un empacho que te costaría algún día que otro en cama. No hablemos de los higos, un placer inexplicable.

Los abuelos y abuelas cuando llegabas te hacían el tercer grado y tenías que hablarles hasta de tu tía la de Pekín, que en realidad ni la conoces, pero asentías con la cabeza. Ahora, si vuelves y no están, los echas de menos y añoras frases como: “¿y tú de quién eres?”.

Jugarías a las canicas, al bote botero, al fútbol, al pilla pilla, al conejito de la suerte o a la botella, porque sí, sabes como nadie que los besos de verano serán inolvidables, con 10 o 15 años, da igual, siempre los recordarás.  Seguramente, al “pequeño Thomas” querrías ahogarlo al año siguiente, pero cuando tengáis 20 haréis un remember.

El fresco o la fresca era una cita indispensable. Salir con tu silla a la puerta a las 10 de la noche y charlar, jugar al parchís o recordar leyendas autóctonas. Lo mejor de los pueblos es que hasta debajo de una piedra hay una historia.  El cine de verano, el butanero, melonero, afilador, las mallas ajustadas y los tops, las borracheras precoces y cigarros de Ducados negro que robabas a tu padre (eso igual solo lo hice yo), coger lagartijas y cometer maldades varias.

Uno de los dramas posibles pudo ser que te picara una abeja o que te hicieras un esguince y no te bañaras en todo el verano, allí seguramente quisiste que se acabara el mundo. Pero, cuando llegabas a la ciudad, te sentías con un máster en agricultura ecológica y medioambiente y mirabas con desdén a los urbanitas.

Vuelven esos días, en agosto los pueblos se llenan de vida, el paisaje cambia y la tierra florece con los girasoles en campos de Castilla y Aragón. Son tiempos de siega, espigas, viento y sol. Conversaciones cubren los densos parajes de soledad y las campanas en domingo suenan con más fuerza.

Aunque los coches que llegaron esta semana en septiembre se irán, y el pueblo quedará otra vez en silencio, esperando que al año que viene vuelvan todos y todas otra vez, hay que visibilizar que en las últimas décadas el despoblamiento rural es un factor a combatir. El principal problema según la mayoría de expertos es la falta de infraestructuras y servicios en los pueblos. Proyectos como Abrazalatierra intentan luchar contra la despoblación en los núcleos rurales y asesoran a emprendedores y emprendedoras en los pueblos para potenciar el medio.

La despoblación no solo es un problema social, también afecta a la pérdida de valores culturales, a las señas de identidad, desequilibrios territoriales y riesgos medioambientales.

Fernando Collantes Gutiérrez, Profesor Titular de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Zaragoza, experto en la despoblación en las montañas de España, hizo un estudio desde finales del siglo XIX y principios del XXI, publicado en 2004, donde  advierte que la despoblación es un proceso extremo y que a partir del desarrollismo de los años 60 se acrecentó. En  una comparecencia en el Senado el 12 de enero de este año señaló: “La despoblación continua y si comparamos España con otros países europeos es una media verdad de que lo que está ocurriendo en España es algo normal”.

El proceso de despoblación de las zonas rurales se debe en parte a un problema de las economías de montaña, no había suficientes alternativas de empleo fuera de la agricultura y a “la penalización rural en el bienestar”, que relaciona los cambios demográficos con la existencia de infraestructuras. A principios de julio, Miguel Angel García Vega, redactor de El País, alertaba sobre la nueva normativa de la Admnistración local, que despoja a los Ayuntamientos de gobernabilidad y traspasa las competencias a las Diputaciones. “El 85% del territorio de Guadalajara tiene la misma densidad de población que Siberia o las Tierras Altas escocesas”, apuntaba García Vega.

Una buena lectura para el verano, para transportarte a pueblos universales, podría ser  la novela de Julio Llamazares, La lluvia amarilla, o clásicos como Las ratas de Miguel Delibes; o las historias del Café de la Rana, de Jesús Moncada.

Si, con esto, no te han entrado ganas de regresar, aunque sea en verano, intenta recordar y transmitir esas memorias. Por todas aquellas personas que un día tuvisteis que emigrar o dejar vuestro pueblo, como decía el poeta y cantautor aragonés Jose Antonio Labordeta: “Si en algún camino encuentras gente con la casa acuestas no les hables de su tierra, que te mirarán con rabia, con rabia en la voz y el viento, con la rabia en las palabras, con la rabia que produce abandonar lo que se ama”.

Tenemos las imágenes grabadas en las retinas, los que nos quedábamos y los que se iban, cuando a mitad de la tarde, observábamos cómo recogían  las sillas, cerraban las ventanas y en un golpe final, sentenciador del verano, el maletero se cerraba, y el pueblo volvía a quedar en silencio.