Racismo, drogas y cáncer: el infierno de un futbolista negro entre ultras ingleses

Imagina que tienes veinte años, vas a debutar en la liga inglesa, en uno de los grandes. Es el momento de tu vida, has estado esperando cuatro meses desde que te ficharon. Estás en el banquillo, hay un cambio, el único que podía hacerse por entonces, y el entrenador te manda calentar. De pronto, los ultras, sí, los de tu equipo, empiezan a gritar “vuelve a casa, negro”. No solo eso, cánticos peores, siempre con ese matiz que tiene nigger.

Porque eres negro, claro. Eres Paul Canoville, el primer futbolista negro que juega en el Chelsea, allá por los años ochenta, ante una de las aficiones con los hooligans más racistas de Inglaterra, cercana a la extrema derecha inglesa. Menos mal que Pat, Pat Nevin, el compañero que ha metido único gol del encuentro contra el Cristal Palace, te ha defendido después del partido. Eso sí, aún no imaginas, ni de lejos, que lo peor está por llegar.

El fútbol inglés ha sido siempre una cantera inagotable de personajes cuyo impacto va más allá de su talento futbolístico. Todos estamos de acuerdo en que George Best fue un fuoriclasse, que dirían los italianos, pero también que su personalidad le convirtió en un mito pop. O qué decir de Beckham, otro gran jugador, pero con un peso mediático que trasciende su imagen como futbolista. Lo de Canners, el apodo por el que es conocido Canoville, es diferente en cuanto a lo futbolístico, nunca fue una estrella, pero también ha sido un icono. Un icono contra el racismo. Eso sí, con sus caídas y sus redenciones.

Un origen difícil

Su infancia en un barrio del oeste de Londres no fue fácil. Su padre abandonó a la familia, aunque años después, ya como futbolista, y tras su memorable partido contra el Sheffield, se reencontraría con el viejo y, cuando Paul pensaba que no iba a reconocerle, se dio cuenta de que era el único negro en la sala.

Sí, su vida ha tenido esa clase de altibajos. Sus años en el Chelsea fueron complicados, demostró talento, aprendió a manejar esa presión de los silbidos, letras racistas y abucheos, tenía un gran aplomo, pero también el problema de las lesiones. Al final, cuatro años después de su mal trago en aquel debut, le traspasaron a un equipo de segunda, el Reading. Allí fue la estrella, y ayudó al equipo a ganar el título en esa división. Entonces llegó ese otro momento, el de la lesión en la rodilla y su retirada del fútbol. Al menos del fútbol profesional, porque siguió jugando algún tiempo en eso que los ingleses llamaban la Non-League. Por la pasta, claro. La depresión tras su frustrada carrera le había llevado al coqueteo con las drogas, y necesitaba dinero, más dinero.

La caída en desgracia

Comenzó su declive. Siempre con una vida excesiva, como esas diez mujeres y los once hijos que ha tenido, a principios de los noventa la desgracia se vestiría de tragedia: mientras acunaba a su hijo de apenas nueve días, éste moría entre sus brazos. Tenía una enfermedad congénita en el corazón, pero el dolor de Canoville se convirtió en debilidad, y comenzó a robar a su novia y a su madre para costearse el crack.

Sin duda este fue el momento más bajo de su vida, pero además de con las drogas, Canners también ha lidiado con tres cánceres en diferentes momentos de su vida. Siempre ha contado que en el primero de ellos vio desde la cama del hospital cómo su querido Chelsea, dirigido por un entrenador negro, el mítico Ruud Gullit, ganaba la FA Cup ante el Middlesbrough. ¿Hubiera sido posible que esto ocurriera, o que un jugador como Drogba haya sido el estandarte de los Blues sin el camino abierto por él?

Ahora, cuando ya es un tipo que se dedica a dar charlas sobre superación, previene contra el racismo a los más jóvenes, ha escrito su premiada autobiografía, el documental sobre su vida es todo un éxito, o ha puesto en marcha su propia fundación, todo puede parecer lejos. Pero todo comenzó superando semana a semana que unos cavernícolas le insultaran en un campo de fútbol. Por ser negro y vestir azul, los colores que ha defendido siempre.