Quiero tomarme la libertad de ponerme de mala hostia

Soy consciente, sí, a veces me pongo de muy mala hostia. Y me pongo de mala hostia básicamente porque quiero y porque debo. Con esta reciente oleada de perseguir el ideal del happysmo extremo donde alguien ha decidido que ser feliz es parecerse a la blandita de Amelie, yo lo que quiero es manifestarme en contra de todos los que hacen de tripas corazón y ponerme de los nervios si me da la gana para montar todas las escenitas que correspondan cuando algo me toca los ovarios.

Y es que, de verdad, dejadnos en paz. Tengo un montón de amigos que de tanto guardarse la ira en lugar de expulsarla cuando tocaba ahora están enfermos por dentro. Y con ello quiero decir que vienen a contarme eso de que hay que ser feliz porque la rabia no te lleva a ningún sitio, y al final de lo único que me he dado cuenta es de que de tanto leer a Bucay y otros colegas de estantería se han quedado como medio atontolinaos. Son los que yo llamo ‘los reprimidos infelizmente hablando’. Todos aquellos personajes que en su andadura hacia la felicidad total se les ha puesto la cara verde de tanto aguantar los infortunios sin decir ni .

Y no miento, ¿eh? Yo es que veo que tienen la cara muy rara y desfigurada de tanto respirar hondo, ser súper zen y guardar la calma. Como si se hubieran comido un limón muy ácido pero no quieren que se note, o como si les hubieran impuesto la sonrisa con el mismo mecanismo que a un muñeco ventrílocuo al que una fuerza externa les obliga a sonreír más por imposición que por convicción. Un elemento extraño claramente identificable sobre el que se basan toda clase de teorías exóticas que sustentan el discurso de que todos los días de tu vida tienes que ser feliz.

La dictadura de las mierdas ajenas, así es como yo lo llamo. Un régimen emocional socialmente aceptado y bien visto en el que uno impone sus emociones y el resto se doblega a su voluntad porque ha leído mucho y sabe mucho, y entonces como son intelectuales dicen que la normalidad es eso. Aguantarse y fingir constantemente que todo va bien a pesar de que en la vida las cosas a veces van realmente mal.

Y en esa chorreante felicidad fingida, ¿qué pasa con los que queremos quejarnos, liarla y alterarnos con las cosas que nos parecen injustas? Soy adulta y me lo merezco. Quiero tener el derecho de enfadarme y que se marquen las arrugas de la frente si eso me lleva a estar más cerca de lo que se considera vivir. Quiero decir basta a esa filosofía extraña sobre la que me revelo, porque eso también es saludable. Por eso, y porque la revolución nunca se hizo en silencio. Así pues, que quede claro a los que abiertamente tiran la primera piedra: no es histerismo, es necesidad.