Su Primera Misión Como Espía Fue Seducir A La Secretaria Del Hombre Al Que Tenía Que Matar

Se han cometido muchos crímenes en nombre de la ideología, pero pocos le pegan tanto a un thriller de espionaje como el caso de Ramón Mercader, el barcelonés que en 1940 asesinó al último comunista que se atrevía a poner en jaque a Stalin. Este mes se ha estrenado la película El Elegido, dirigida por Antonio Chavarrías, que nos acerca a una realidad tan curiosa como poco comentada: el asesino de Trotski era un joven español que llevó una doble vida durante más de 20 años. Las razones por las que tienes que verla, son las siguientes:

La pedazo de historia que te cuenta

Europa, 1937. Tenemos un ambiente de entreguerras caldeado, la Unión Soviética consolidándose y Stalin cargándose a todo aquél que no le bailase el agua, haciendo purga ideológica por doquier. Su autoridad estaba amenazada desde fuera por Hitler pero también desde dentro por sus detractores: León Trotski había sido organizador clave de la revolución rusa y ayudó a los bolcheviques a tomar el poder en 1917. Pero si no estabas de acuerdo con los métodos del majo de Stalin, te mandaba al exilio y te hacía la vida imposible.

Trotski seguía oponiéndose desde el extranjero (mediante publicaciones y comunicados) al régimen sádico y totalitario de la URSS, hasta que Stalin decidió cargárselo. Y se dijo, ¿de dónde saco yo a un joven tan comprometido con el Partido Comunista que esté dispuesto a todo pero al que Trotski no haya visto en su vida? Ni más ni menos que de la España del momento, en la que rugía la Guerra Civil donde el joven Ramón Mercader luchaba como oficial republicano contra el fascismo.

Así que Ramón es reclutado por el NKVD (agencia de servicios secretos soviéticos) y deja atrás todo lo que le une a España, preparándose durante meses en un campo de entrenamiento en Rusia para adquirir otra identidad y convertirse en espía. A partir de ese momento pasa a ser un burguesito belga vividor bajo el nombre de Jacques Mornard, un papel que nunca más dejaría de interpretar.

Lo primero que tuvo que hacer al mudarse a París fue seducir a Sylvia Ageloff (Hannah Murray), una joven seguidora de las ideas de Trotski. No es de extrañar que la muchacha cayera rendida a sus pies (si él se parecía en algo al actor Alfonso Herrera) y se lo quisiera llevar a México, donde se mudaba para ser la nueva secretaria de... Trotski. El resto es Historia y está ahora en el cine.

Los actores

Al mexicano Alfonso Herrera puede que lo conozcas (otra cosa es que lo vayas a confesar) si has visto la serie adolescente Rebelde, pero también ha aparecido en la serie de Netflix Sense8 y diversas películas. Esta vez pasa de rebelde a revolucionario, y la complejidad de su personaje hace que su interpretación sea admirable: ¿te imaginas tener que meterte en la piel de alguien que está fingiendo a su vez ser otra persona mientras que finges tú un acento que no es el tuyo - el peninsular - o te toca hablar inglés con toque afrancesado?

Hannah Murray es conocida por su papel en Juego de Tronos como Gilly (Elí) y encarna también de forma interesante la ingenuidad y la inseguridad de Sylvia, la trotskista americana que se enamora irremediablemente del supuesto Jacques Mornard. Por otro lado tenemos a Henry Goodman (Los vengadores: La era de Ultron) superando dignamente el reto de interpretar al polémico Trotski y a Elvira Mínguez (Truman) actuando con toda la fuerza de su personaje: la radical y calculadora madre de Ramón Mercader.

Las reflexiones a las que te invita

El filme nos transporta a una época no tan lejana en la que el comunismo todavía era una opción respetada y defendida por intelectuales y ejércitos por doquier, antes de que su puesta en práctica desilusionara al mundo. No sabemos cómo habría sido la historia si Trotski no hubiese muerto entonces, porque recordemos que el régimen sanguinario que él quería cambiar, la URSS, mantuvo al mundo dividido en la Guerra Fría hasta el 1990.

Nos invita también a pensar en la irracionalidad de seguir órdenes sin cuestionarlas hasta las últimas consecuencias. ¿Cómo llegó Ramón Mercader a abandonar su identidad, a pasar años al lado de una mujer que no amaba y a convertirse en un frío asesino? ¿No le inundaron las dudas? Sea por los métodos seguidos en su entrenamiento o por sus principios de acero, Ramón nunca dijo quién le había mandado matar a quien defendía su mismo sueño proletario.