Poli Díaz llegó a lo más alto a base de puñetazos pero cayó en picado por su adicción

Aunque le llamaban el Potro de Vallecas, en 1990 Poli Díaz ya traspasaba muchas más fronteras. Con 23 años acumulaba 46 combates de boxeo, de los que había ganado 44. Nadie en el mundillo comprendía cómo el cuerpo de una persona había podido pelear tantas veces en tan pocos años. Pero lo que le falló a Poli no fue el cuerpo; su debilidad estaba en la cabeza. Algunos dicen que fue por culpa de una infancia muy difícil. Otros aseguran que la adicción a las drogas le destrozó por dentro. Lo cierto es que Poli Díaz llegó a lo más alto para acabar cayendo a los sótanos del mundo, aquellos de los que pocos pueden contar que han conseguido salir.

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Ya desde pequeño tenía pocas opciones de vivir bien: era el penúltimo hermano de nueve en una familia muy humilde del barrio de Palomeras, en Vallecas (Madrid). Antes de cumplir los 12 años ya había dejado de estudiar para ayudar a sus padres llevando algo de dinero a casa. Pero a los 14 descubrió el boxeo y la vida le dio una bombona de oxígeno que él iba a aprovechar.

Los siguientes 5 años nadie consiguió ganarle encima de un ring, y el éxito le abrió las puertas de la fama. Fue imagen de campañas publicitarias, asiduo a programas de televisión y protagonista de canciones. Había nacido para pelear, y ahora la vida le permitía vivir bien haciendo lo que mejor se le daba. En su biografía oficial A Golpes Con La Vida reconocía: "Peleaba para estar lejos. Me iba a Las Palmas o a Sevilla como un crío que se va de excursión".

Y fue ahí, en el Olimpo, en el punto más alto de su carrera, donde todo comenzó a resquebrajarse. Empezó con un porro de hachís. Continuó con una raya de coca. Y terminó con una jeringuilla de heroína. Su evolución en las drogas iba de la mano de su ascenso social. En los noventa no había discoteca que no acabara cerrando él, no había puta que no le conociera, y no había camello que no le sacara dinero. Pero el cuerpo le acompañaba, los puños le funcionaban, y Poli seguía en lo más alto.

El 27 de julio de 1991, el Potro de Vallecas llegaría a la cumbre de una montaña que en la bajada le iba a destrozar la vida: el campeón europeo se iba a enfrentar al norteamericano Pernell Whitaker por el cinturón de campeón del mundo. Sería en Estados Unidos y con una norma de peso máximo permitido que Poli Díaz, una semana antes, no cumplía. Decidió dejar de comer, dio el peso y acabó pagando su debilidad física en el combate.

En el ring de Norfolk todos creyeron que el español simplemente había perdido una batalla, pero aquella noche Poli perdió mucho más: su vida le estalló en la cara, y la razón huyó al laberinto de una mente perturbada, ahogada por las drogas, las noches y los excesos.

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Después de aquella noche entraron los millones del contrato, pero salieron de su vida las personas de confianza que le habían mantenido por el camino del boxeo. Durante los años siguientes, la profesión se perdió en la bruma, y en su lugar aparecieron los problemas con la justicia. Fue detenido por conducción temeraria y agresión a un policía; desapareció de la vida pública y un programa de televisión descubrió que estaba viviendo en una tienda de campaña en el poblado de La Rosilla, uno de los centros de la droga en Madrid; tuvo que acudir al cine porno para pagarse las dosis, y aunque intentó dejar la heroína en varias ocasiones, los problemas no dejaron de surgir por culpa de una cabeza trastornada: una agresión a un ladrón en su barrio acabó en una multa que Poli no pudo pagar, y una cárcel que no pudo evitar. En 2012, en deuda con una banda, acabó recibiendo dos puñaladas. En 2013 fue detenido por trabajar de 'kundero', llevando a yonkis a por su dosis. En 2014 intentó agredir a dos policías en plena operación contra el robo de vehículos.

Hoy, tanto Poli como Eva, su novia, siguen repitiendo lo que llevan años asegurando: que el Potro de Vallecas está limpio, que ya no hay drogas en sus venas, que su vida ha vuelto al camino de la esperanza.

Una esperanza que muchos ya no tienen por él. Hay demasiado dolor. Hay demasiadas fracturas. Hay demasiado maltrato a una cabeza que hace 25 años dijo “basta” y se fue para no volver jamás.