Poetas Suicidas Que Te Transmitirán La Desolación En Estado Puro

Las poetas suicidas nunca pasan de moda. Quizá sus nombres e indiscutible talento no estén incluidos en el temario de poesía que te enseñan en el instituto, ni sus versos acompañen las declaraciones de amor de tus amantes. Pero tranqui, existe otra poesía a la de Bécquer y que va más allá de clavar cosas en pupilas ajenas. En este trágico club, el suicidio deja de ser un tabú y se convierte en un viaje consciente hacia la autodestrucción... El drama está servido.

Alfonsina Storni (1892-1938)

Se arroja al mar y nos deja poemarios como Ocre. Antes ya había sentenciado: “La muerte debe ser la salvación”. Apasionada. Su voz femenina se levanta en una época donde las mujeres solamente eran consideradas un adorno o una inspiración para los artistas: “Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido no fuera más que aquello que nunca pudo ser, no fuera más que algo vedado y reprimido de familia en familia, de mujer en mujer.”


Sylvia Plath (1932-1963)

Preparara el desayuno a sus hijos, abre la llave del gas y mete la cabeza en el horno. ¿Impacta, verdad? Es imposible huir de su catarsis personal a través de su estilo confesional. Depresiva y audaz, dialoga con la feminidad tradicional y sus yugos (matrimonio y maternidad), nos muestra su obsesión por el arte de crear y vislumbra una rebeldía difícil de domesticar. Una muestra, este verso de Lady Lazarus: “Herr Dios, Herr Lucifer. Cuidado. Cuidado. Porque yo con mi cabellera roja resurjo de las cenizas y devoro hombres como si fuesen aire”. Fue la primera poeta en recibir un Premio Pulitzer post-mortem. 


Alejandra Pizarnik (1936-1972)

Capta con absoluta maestría la experiencia del dolor y la desolación. Intensa, reflexiva y excepcional. Asume la vida como una belleza oscura: “Esta manía de saberme ángel, sin edad, sin muerte en que vivirme, sin piedad por mi nombre ni por mis huesos que lloran vagando. ¿Y quién no tiene un amor? ¿Y quién no goza entre amapolas? ¿Y quién no posee un fuego, una muerte, un miedo, algo horrible, aunque fuere con plumas, aunque fuere con sonrisas?”. Será una dosis de barbitúricos la que nos arrebate su palpitante sensibilidad.


Anne Sexton (1928-1974)

Sabe cómo convertirse en mito: se coloca el abrigo de su madre, se pone un par de vodkas y se dirige a su coche para inhalar el anhídrido carbónico del motor… Su poesía habla del aborto, la sexualidad femenina, la masturbación, la relación de amor-odio con la maternidad y por supuesto, la locura. Insólita y adictiva: “Conozco su sexo de macho y lo recorro con mi dedo índice. Su boca y su ano son uno. Estoy en el centro de la sensación. (…) Él es mi mal y mi manzana y lo acompañaré a casa”.


Martha Kornblith (1959-1997)

Tristemente, es la gran olvidada. Sus versos son escandalosos como los sonidos de su psiquiátrico. Encarna la pérdida y la locura, sobrecoge la rigurosidad de su lenguaje y la tranquilidad con la que narra su fatal destino. Su magistral estilo destaca en Oraciones para un Dios ausente: “Suelo volar como una paloma herida en una playa interminable y dejar rastros de sangre ante el tin tin ausente de tu teléfono, llamarte es confrontarme con la realidad inexorable de un fracaso”. Fue una bella bestia desangrándose… después de saltar desde un quinto piso.