Soy de esas personas que siguen viendo Anatomía de Grey 14 temporadas después

Anatomía de Grey es uno de mis guilty pleasures seriéfilos y no me avergüenzo de ello. Lleva conmigo media vida, literalmente. La serie creada por Shonda Rhimes (Scandal, Cómo defender a un asesino) es como esa gente un poco pesada que no te aporta mucho pero con la que te lo pasas en grande cuando no te apetece más que relajarte, dejar de pensar y cotillear un rato. Y con esta serie, además, aprendes cositas de medicina. ¿Que no? Prueba a ver una serie de médicos trece años seguidos y luego me dices si, aunque sea, no has aprendido lo que es un bypass

Anatomía de Grey entró arrasando en nuestras vidas adolescentes en el año 2006. Entonces no existía Netflix, Movistar + ni el acceso tan fácil a cualquier página ilegal donde, no nos engañemos, se siguen viendo muchas series. Por no existir, no existía ni la TDT. Así que ahí, en Cuatro, en LA TELE con mayúsculas, en el canal más nuevo que teníamos —Cuatro comenzó sus emisiones en 2005—, conocimos a Meredith Grey.


Anatomía de las desgracias de Grey

De hecho, esta serie comenzó a la sombra del doctor House, la primera gran apuesta de Cuatro junto a la serie de Shonda Rhimes. Quién iba a pensar entonces que Anatomía de Grey sobreviviría más de seis años —por ahora— a ese doctor cascarrabias tan adorable. De todas formas, la palabra 'sobrevivir' es bastante relativa en esta serie, porque la mayor parte de sus personajes originales y muchos de los que se integraron por el camino han pasado a mejor vida.

Luego dicen de George R.R. Martin, pero ojo con la pluma de Shonda y su séquito de guionistas, que le hacen la competencia pero bien a las espadas de Poniente , y no lo decimos precisamente por los pacientes que se quedan en el quirófano... Incendios, tiroteos, accidentes de avión y cualquier desgracia que te puedas imaginar se ha cargado sistemáticamente al personal médico cada vez que algún actor decide que ya no cobra suficiente.

De todas formas, y aunque nos duela, lo pillamos, debe ser difícil pegarte ese porrón de años disponible para un rodaje de 22 capítulos por temporada. Además, si sigues, sabes que tu personaje se va a estirar como un chicle para terminar sufriendo, como mínimo, un divorcio y una catástrofe médica —véase un aborto o una pierna amputada—, porque sobrevivir a tanta desgracia no sale gratis.

Pensemos en todo lo que le ha pasado a Meredith, además del incendio, el tiroteo y el macro-accidente de avión. Se le ha muerto su madre, su medio hermana —aunque luego le aparece otra—, su marido, ha sufrido varios accidentes de tráfico, casi se ahoga, le ha explotado una bomba en la cara, un paciente enajenado casi se la carga y, la única vez que la pobre se vuelve a abrir al amor, se queda sin el maromo porque, atención, la novia ‘supuestamente-muerta-en-combate’ de su nuevo novio resulta estar viva no sé cuántos años después. Aunque en este caso no sea Meredith la que ha desafiado a la muerte, también es una gran putada. Como es normal, en un momento dado también se intentó suicidar, y ni ella pudo consigo misma. Por lo que a mí respecta, la Grey es inmortal. Solo por eso hay que aguantar hasta el final.


El salseo del Seattle Grace

ATENCIÓN SPOILER. Oh wait, del Seattle Grace Mercy West. Oh, wait again, del Grey Sloan Memorial. Entonces, ¿por qué seguimos consumiendo esta serie cual droga dura después de catorce temporadas? Si todo se estira, se maquilla y se repite en bucle, ¿qué nos ata a ella más que las esposas del señor Grey a Dakota Johnson? La respuesta es el drama, pero el drama sentimental. Ojo, que si nos hemos tragado todas las tragedias habidas y por haber es porque están bien distribuidas y porque había mucho tiempo para dosificarlas, pero ese no es el pegamento que nos pone tontitos con la serie, qué va, es lo guapos y folladores que son todos.

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El mundo de la medicina es perfecto para las relaciones endogámicas, y es precisamente la endogamia, junto a la promiscuidad, la receta ideal para generar tramas sinfín y tenernos pegados a la pantalla babeando. Pensemos en Jackson, esa belleza mestiza de ojos verdes justo aquí encima, una razón en sí misma para seguir viendo la serie. He aquí su kill list amorosa: Lexie —que en paz descanse—, Edwards —ojalá le vaya bien en la vida tras dejar la medicina—, April —en caída libre de borrachera y a punto de abandonar la serie— y la última de la lista, Maggie. Sabemos que los encantos de Jackson Avery son muchos, pero amiga, corre. Este hospital es amar o morir. Si trazamos la red amorosa de todos los personajes sobre una pared, haría falta un crossover con True Detective para desenredarla.


La danza de la muerte

De todas formas, emparejar personajes no lo es todo. Sus dimensiones están bien trabajadas. Los personajes, algunos más que otros y todos más que Owen Hunttienen carisma e historia, los queremos. Hay diversidad de todas las formas y colores y es fácil empatizar con ellos. Médicos de origen multimillonario, como Jackson, otros que vienen de la nada, como Alex o Jo; una devota como April que se niega a tener sexo antes del matrimonio frente a un personaje como Callie, que pasa de llorar por George a estar casada con Arizona.

Pero, ¿cuál es el carácter que marca la diferencia entre tanto drama sentimental? Rebobinamos. La muerte. O mejor dicho, el amor vs la muerte. Eros-thanatos, como diría Freud. Anatomía de Grey enfrenta las dos pulsiones básicas que mueven al ser humano y las hace estallar en mil historias. Historias que, además, están muy bien contadas. Si así lo quiere Shonda, aguantaremos la temporada 15, y la 20.