Pequeñas putaditas que entiende bien el que ha tenido que volver a casa de sus padres 

Se ha acabado la pasta, el Erasmus, la relación… o todo a la vez. El caso es que estás de vuelta en tu cama de 90 y no pinta que la situación vaya a cambiar pronto. Así que vamos a escoger (por una vez en la vida, que siempre hay que innovar) la opción madura: aceptar la realidad y buscarle el lado bueno.

Al principio, parece que estás de vacaciones: te hacen la comida (comida de verdad, no esa mezcla al tuntún de alimentos baratos de cuando vivías solo), vives rodeado de un tipo de limpieza que tu piso nunca conoció, alguien cambia las sábanas y saca la basura mágicamente cada día, y recibes amor y cariño cada vez que entras por la puerta. Antes lo más que recibías eran a los amigos guiris de tus compañeros de piso.

Pero este arcoíris te ha durado unos 10 días, y ahora tu existencia está marcada por todas estas cosas.

1. El aburrimiento. Por más que intentes ayudar, en tu casa hace más de 20 años que lo tienen todo bajo control, y de repente tienes bien poco que hacer.

2. Como agotadora táctica para pasar el mayor tiempo posible fuera del hogar familiar, quedas cada día con alguien diferente. Te da igual con quién y para qué, la cuestión es salir de ahí. Ya no te acordabas de lo agotador que es tener que avisar a tu madre cada vez que sales (y a la hora a la que vas a volver).

3. Llámanos adivinos, pero estamos bastante seguros de que no vives en una mansión, ergo, todo el mundo puede oír lo que pasa en tu habitación. Genial.

4. Lo cual elimina uno de los pequeños placeres de la vida: hablar por teléfono sin medir cada palabra y al tono que quieras. Te están escuchando, y encima tu madre vendrá a meter baza cuando hayas colgado.

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5. Evidentemente olvídate de masturbarse/sexo. Esto está reservado solo para alumnos aventajados o hijos de padres con un apartamento para los findes.

6. Estar solo en el sofá se convierte en una utopía.

7. Cuando recuerdas que a tu madre le encanta Alejandro Sanz y que lo pone a toda hostia cada sábado por la mañana se torna rosa.

8. Pasar una resaca en familia: ‘dream come true’. Vomitar discretamente a las 6 de la mañana es algo que simplemente nadie ha conseguido aún. Y no pinta que tú vayas a ser el pionero.

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Así que comienzas a echar de menos cosas que antes te parecían un coñazo.

1. Hacer tu propia compra. Porque qué gusto da abrir la nevera y verla llena de tus cosas favoritas (aunque sean medio limón y 5 latas de Nestea).

2. Comprar un friegasuelos que no huela a pino, o lo que sea que desprenda eso con lo que se friega en casa de tus padres.

3. Cenar leche con krispies porque no tienes ganas de hacer la cena. Y tan a gusto, oiga.

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5. Pasarte la mañana viendo la tele en el sofá sin que sea pecado mortal.

6. Estar rodeado de tus cosas. Ese cuadro de caballos que tus padres colgaron en el comedor en 1987 te trae buenos recuerdos, pero qué ganas tenías de perderlo de vista...

Pero no te preocupes, porque todo volverá. En menos de lo que piensas podrás recuperar tu vida independiente, tu piso, tu cama de 1,50… todo. Solo hacen falta dos meses de fianza, otro para la agencia y el mes entrante. ¿Fácil, no?

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Crédito de la imagen: Lee Materazzi