La película que te hará preguntarte si quieres ser un humano o una máquina

Lo primero es lo primero: sí, Ghost in the Shell es cine mediocre. Otro blockbuster de ciencia ficción inflado de efectos digitales cuya historia de venganza ya hemos visto mil veces. El equivalente cinematográfico a un bollo industrial repleto de algo cubierto de colorante que queremos creer que es chocolate. Y, aun así, Ghost in the Shell tiene una virtud maravillosa que hace recomendable su visionado: su mundo es un reflejo con esteroides del nuestro, una proyección en 3D de nuestras neuras tecnológicas.

Para quien no sepa de qué estamos hablando, Ghost in the Shell es el estreno acapara-carteles de esta semana: una adaptación en carne y hueso del clásico anime japonés con el mismo título estrenado hace más de 20 años. Dirige Rupert Sanders –mercenario en cuyo revólver solo se cuentan las muescas de una película más, la poco inspirada Blancanieves y la leyenda del cazador– y pilota Scarlett Johansson en la piel sintética de la Mayor, una ciborg al servicio de Hanka Robotics.

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La trama gira en torno a ella y al grupo paramilitar del que forma parte, pero lo realmente jugoso es el espacio en el que se mueve: una urbe híper-tecnológica construida a base de hologramas publicitarios gigantes poblada por ciudadanos volcados en comprar implantes para mejorar sus cuerpos. En el mundo de Ghost in the Shell, la población no se conforma con el cuerpo que la biología le ha dado: desde manos-teclado hasta un hígado ultra-resistente al alcohol, las mejoras biónicas están a la orden del día.

Fantasía, ¿verdad? Lo interesante viene en el momento en que realidad y ficción se cruzan, porque lo que hace Ghost in the Shell es poner imágenes a una corriente de pensamiento a caballo entre la ciencia y la metafísica que tiene ocupadas –o preocupadas– a personas tan diversas como el multimillonario Elon Musk o el Papa Francisco. Ghost in the Shell es una fotografía en movimiento de la ideología transhumanista.

Transhumanismo... ¿eso qué es?

Hace unas semanas se celebró en Barcelona la jornada Inteligencia artificial y transhumanismo, organizada por la Fundación Casa de la Misericordia, y allí se dieron cita médicos, filósofos, ingenieros robóticos y sociólogos para tratar el tema que resuena en la película que nos ocupa. Uno de los ponentes –Albert Cortina, autor de tres libros sobre estas cuestiones– nos explicaba en una entrevista posterior que la base del transhumanismo como ideología es “que el ser humano, gracias a la tecnología, se volverá autónomo de la naturaleza y llegará a diseñarse a sí mismo como quiera”.

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De entrada, parece una premisa nacida de un grupo de guionistas con bastante tiempo libre, pero el propio Cortina se encarga de aclararlo: “Suena a película, pero no lo es: será el final de un proceso. Muchas veces, la tecnología interviene para solucionar un problema patente, como analizo en el libro Singulares. Pero ¿qué ocurre cuando una discapacidad se convierte en una “supercapacidad” gracias a la tecnología? ¿Qué ocurre cuando la pierna que se implanta a una persona que ha perdido esa extremidad funciona mejor que una pierna biológica? La excepción puede convertirse en regla general, y aquí entra el debate ético: el debate sobre los límites”.

Yendo un paso más allá, la World Transhumanist Association señala como premisa básica que la especie humana en su forma actual no representa el final de nuestra evolución, sino una etapa relativamente preliminar. Dicho con otras palabras, el transhumanismo apunta a que el deber de los humanos es trascender al homo sapiens y alcanzar el siguiente eslabón de la cadena: el posthumano. Un ser inmortal, absolutamente desligado de la carcasa humana, falible y limitada.

El fantasma en el caparazón

Transhumanismo, mejora del cuerpo biológico, inmortalidad cibernética... estos son precisamente los temas principales que aparecen de fondo en Ghost in the Shell. Entre explosión y explosión, uno se da cuenta de que el personaje de Kuze –el antagonista de la función– es la encarnación de este ideal: su propuesta es pasar a convertirse en un torrente de datos fluyendo libremente por una red, y evolucionar desde ahí.

Tras él, los pasos previos en esta cadena evolutiva: un compañero de la Mayor se mantiene firme en su convicción de mantenerse natural y sin implantes, la inmensa mayoría de la sociedad se desvive por ponerse unos ojos nuevos y la propia protagonista es –según explican en la propia película– la primera de su especie. El primer intento exitoso de unir una mente humana con un cuerpo puramente tecnológico.

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Como apuntaba Albert Cortina, el transhumanismo abre muchos frentes, pero a un nivel básico la pregunta es –literalmente– más vieja que andar a pata: ¿qué nos hace humanos? ¿En qué momento de la mejora tecnológica dejamos de ser humanos? En la película –que trata el tema con la sutileza de un elefante en una bodega–, hay un momento en el que la Mayor dice “mi espíritu ha sobrevivido para recordar a los demás que nuestra humanidad es lo que nos salva”.

Precioso, pero el dilema sigue ahí: ¿qué es la humanidad? ¿Es la conciencia? ¿El alma? ¿El intelecto separado del cuerpo sigue siendo un ser humano? ¿O la unión con el cuerpo natural va más allá de un mero hecho circunstancial? Todas estas preguntas surgen en cuanto se disipa el polvo levantado por las batallas de la Mayor, pero las respuestas no están en Ghost in the Shell. Ni en este artículo, ya que estamos. Para encontrarlas, en cualquier caso, habrá que mirar en una dirección muy concreta. Una dirección hacia la que los hombres llevan mirando desde que pintaban paredes con tierra roja: hacia dentro.