La película que te dice sin juzgarte si estás bebiendo demasiado

'Otra ronda' es un retrato preciso sobre lo normalizado que está el alcohol en nuestra sociedad y sobre lo difícil que es marcar la línea de cuánto deberíamos beber

Hay una teoría que dice que los seres humanos hemos nacido con un déficit de alcohol en la sangre del 0,05%. Esto es lo que explicaría la brillantez de Ernest Hemingway o Winston Churchill, uno de los principales escritores y uno de los políticos más importantes del siglo XX, famosos también por ser unos bebedores empedernidos. Esta teoría, que no acabamos de saber si fue real para algún autor, es por lo menos el punto de partida de Otra ronda, una película danesa dirigida por Thomas Vinterberg que concurre como favorita a los Oscar a mejor cinta extranjera. Y tiene por qué.

La peli transcurre en un instituto anodino de Dinamarca y desde la primera escena te das cuenta de que el alcohol tal vez ocupa un papel demasiado importante en nuestras vidas cuando ves a unos adolescentes matándose a juegos de beber. Pero a medida que pasan los minutos lo que piensas es que tal vez tampoco es para tanto. Que igual juzgas muy rápido el alcohol, cuando en realidad, en su justa mesura, es insuperable: te vuelve más creativo, más abierto, más energético o más cariñoso. Pero la pregunta del millón es: ¿dónde está la justa mesura?

Para averiguarlo, los protagonistas, cuatro profesores del instituto (cada uno de ellos con un contexto personal y familiar muy diferente... esto es importante) deciden hacer un experimento. Deciden vivir de acuerdo con esa teoría que asegura que nos falta un 0,05% de alcohol en sangre. Ahí empieza una historia delirante en la que vas sintiéndote identificado. La copa que te tomas por inercia cada vez que sales a cenar, la botella de champán que se abre para celebrar cualquier ocasión, los juegos de beber del instituto o de la universidad hasta que alguien pierde el conocimiento... todo eso se va convirtiendo, mediante el experimento, en una experiencia que permea el día a día.

Contar más sería caer en inútiles spoilers, pero la película, que presupone que no vas a ir borracho al cine, te pone en la tesitura de acudir en primera persona a las borracheras de estos cuatro tipos. Te ríes cuando toca reírse, porque en varios momentos sí, quisieras estar allí, en esas fiestas que derivan en bailoteos y momentos memorables de cuatro tipos que no hacen más que divertirse. Pero poco a poco vas pasando por la vergüenza ajena, la lástima, la pena... y sin embargo, Vinterberg consigue de manera magistral que no te sientas una mierda por haberte pasado con el alcohol más de una vez en tu vida.

En el trasfondo de toda la película es que ante una vida cuanto menos aburrida, lo normal es buscar formas que nos ayuden a hacerla más llevadera. ¿Hay que caer en el alcoholismo? Obviamente, no. Los problemas no se solucionan con alcohol, sino que hay que trabajar la inteligencia emocional. Dicho esto, si algo te ayuda a dar un empujoncito o a divertirte en un momento concreto: pide otra ronda, pero cuidado con tus fantasmas. Nadie es perfecto.