La película que cuenta las 4 estaciones de tu Erasmus (o del que te perdiste)

A pesar de todas y cada una de las minúsculas particularidades que hacen de cada experiencia Erasmus una película diferente, hay un guión que late con la misma fidelidad bajo cada una de ellas. Un guión que desmembra la aventura en cuatro actos, en cuatro estaciones marcadas por estados de ánimo tan dispares que la identidad se ve zarandeada sin piedad. Del gélido invierno al otoño melancólico, el Erasmus obliga a casi cualquier humano a someterse a los dictados de la naturaleza. Elena Martín, directora de la película Júlia Ist, basada en su propia vivencia de intercambio en Berlín, conoce bien el inapelable ciclo de la experiencia. Hemos podido hablar con ella por teléfono y de su mano, y de la de su personaje, Júlia, hemos ido de viaje a través del tiempo para escudriñar cada período.

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Invierno

Salvo que hayas estado de Erasmus en Punta Cana, el invierno del Erasmus es metafórico y literal. La cara y el alma lloran por un pedacito de sol. Es la época del gris, del aturdimiento y de lo que Elena llama el self consciousness. Como apunta la realizadora barcelonesa, los inicios del Erasmus representan la etapa de mayor inseguridad, de prestar atención detallada a cada cosa que se hace o se dice, de sentirse ridículo, de medirlo todo, de no fluir en absoluto. "Por eso la cámara está tan cerca de ella y resultan planos tan asfixiantes. Porque así se siente Júlia. Mirándose mucho porque se siente pequeña y ridícula", añade la autora.

Durante estas semanas, además, expectativa y realidad chocan como dos rinocerontes alfa. La identidad cargada desde casa, en apariencia sólida, se va debilitando en medio de la soledad (los primeros amigos nunca acaban siendo los amigos), la culpa (ese ser que has abandonado y que te ata irremediablemente a España) y el existencialismo (qué carajo hago aquí). La fotografía de la ciudad es distante. Pero cuando piensas que no hay lugar para ti entre los grados bajo cero y las sílabas impronunciables, brota la primavera con su pintalabios y su ingenua confianza.

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Primavera

La época de la euforia. El tótum revolútum de fiesta, sexo y decisiones cuestionables. La cámara se aleja un poco y permite entrar en el encuadre a todo tipo de personas y de esquinas nuevas de la urbe. La identidad está difusa, gaseosa, pero no importa en absoluto: son las semanas de búsqueda, de acción no reflexiva, de romper la morriña contemplativa y tomar las riendas de la situación, aunque sea de forma caótica. Hay más color en la fotografía, hay más vida, más cafeína en la sangre.

El punto clave en la historia de Júlia (interpretada por la propia Elena Martín), en palabras de su creadora, lo representa la ruptura del lazo emocional que le esposa a Barcelona. Es el momento sin el cual nada de lo que viene después podría haber sucedido. "Es ahí cuando el florecimiento entra en escena. De pronto ella se siente libre, alterada, acelerada y descuidada. Se abre a los demás, aunque siga sin saber exactamente lo que quiere", confiesa Elena. Entre risas y algo de pesar, la joven catalana reconoce que su ópera prima no dejará muy contentas a esas parejas que afrontan una futura relación Erasmus a distancia.

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Verano

La calma chicha. Tras la crisis identitaria y el caos, la pequeño forastera ha encontrado su lugar: su manada, su propósito y su serenidad. Los planos se amplifican y profundizan, incluso dejando a Júlia fuera de algunos de ellos. El egocentrismo ha dado paso a algo más generoso, armónico y colectivo. Ya no hay frío ni ballet de hormonas. La escena la dominan la solidez emocional y una lección bien aprendida tras meses de vaivén: no existe una identidad, no somos nada en concreto.

Esta lección es, para la cineasta, la idea nuclear que palpita tras la hora y media de Júlia Ist. "Aunque pueda parecer la historia de una chica que intenta encontrarse a sí misma, en realidad es la historia de una chica que ha comprendido que no tiene sentido alguno encontrarse a sí misma", explica con la convicción de quien lo ha vivido en carne propia. Que lo que necesita, agrega, es irse ubicando en cada nueva situación. Un spoiler ya no del film, sino de la misma vida, que la protagonista descubre tras esa primavera anárquica.

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Otoño

Lapso de añoranza. Lo que has dejado atrás y lo que has traído contigo a cuestas. La vuelta al refugio familiar, que no ha cambiado nada pero que ha cambiado por completo. Tras tantos y tantos meses de metamorfosis, regresas y te preguntas: ¿he sido mi verdadero yo todo este tiempo, una vez liberado de los condicionamientos, o solo era una versión de mí circunstancial y caduca que irá muriendo en mi memoria como todos esos 'recuerdasmus' y 'amigasmus'?

La que fuese protagonista de Las amigas de Ágata niega que sea posible volver al punto de partida. Sin prisa, saboreando un discurso que ha debido meditar y experimentar (Júlia es, después de todo, un personaje semiautobiográfico) decenas de veces, Elena se lanza hacia una última gran reflexión: "Una vez que abandonas esa idea de que eres algo definido y te enfrentas a la desorientación, abrazas esa sensación de pérdida para siempre. El aprendizaje final es descubrir que no existe esa cosa llamada zona de confort. El confort lo vas construyendo y en cada momento necesitas un confort diferente". Y eso, sostiene para acabar con cristalina alegría, es algo hermoso.

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Júlia Ist, ganadora de dos Biznagas de Plata en el pasado Festival de Málaga, se estrena en cines el próximo 16 de junio. Una película honesta e íntima que recoge el pulso anímico de toda una generación.