Odio Halloween con todas mis fuerzas (y tu disfraz más)

Mi odio hacia Jalogüin’ (me ha dado por castellanizarlo) comenzó un 31 de octubre de cuyo año no quiero acordarme. Iba yo feliz y contenta paseando de noche por la Gran Vía en Madrid, en un pre-festivo maravilloso cuando, de pronto, sentí un ruido extraño, acompañado de un temblor en la acera, que me hizo estremecer. Una decena de zombis en patines me rodearon en cuestión de segundos, gritando y haciendo “buhhhh, buhhhh”. Yo, que nunca fui miedica, me llevé un susto de órdago, agarré el bolso y apreté los puños por si me tenía que liar a mamporros. No hizo falta, pasaron de largo muertos de risa.

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"¡¿Pero qué hacéis, pedazo de idiotas?! ¡¿Qué tenéis quince años, desgraciaos?!", les dije. No entendía nada, luego entré en un bar y tuve que atravesar un pasillo de telarañas teniendo cuidado de dónde pisaba porque todo estaba oscuro y había adornos de calabazas y tarántulas por todas partes. Y para remate, cuando fui a pedir a la barra, no me ponían un gin tonic, sino un 'Ghost-tonic'.

— ¿Pero qué narices está pasando aquí?

— Hija, es que hoy es Halloween.

— Ah, y yo pensando durante toda la semana que hoy era jueves…

No soy aburrida, es que paso de hacer el friki

Así fue como un día cualquiera me di cuenta de que el Jalogüin se había colado en nuestras vidas para siempre. De esto hace tiempo ya, eran los primeros avisos de una moda americana que yo sólo había visto en series y pelis, pero que jamás, never and ever, pensaba que iba a llegar a España. Para instalarse de tal forma que ahora, unos 10 años después, tengo que ir a clases de zumba disfrazada de niña del exorcista, precisamente para no llamar la atención.

Resultado de imagen de the exorcist costume gif Y me mira como si fuese la persona más aburrida de este planeta. Yo, que llevo 30 años sin celebrar el Jalogüin este de las narices, yo, que aborrezco las pelis de miedo y las novelas de Stephen King, yo, que la calabaza me la tomo en puré y con calabacín, cebolla, zanahoria y un quesito, que le da muy buen toque. Y es que, siendo andaluza como soy, siempre he asociado el 1 de noviembre al día en que mi barrio se vendían flores en cada esquina y en el que mi abuela hablaba más bajito y se iba al pueblo a visitar la tumba de mi abuelo.

El comienzo de noviembre me traía recuerdos de olor a castañas, a buñuelos y huesos de santo. El color no era el naranja: era el de las flores, los crisantemos, las margaritas, los claveles que inundaban las tumbas de nuestros familiares… recuerdos de un festivo en el que, pese a ser el día de los muertos, siempre salía el sol, ese que calienta en los primeros coletazos del frío recién estrenado. Me recordaba que, en pocos días, llegaba mi cumple y era tiempo de ir pensando cómo iba a celebrarlo: si con fiesta en casa a la que invitaba a toda la clase para pavor de mi madre, que compraba pan de molde y mortadela para un regimiento, si con botellón con vodka Yurinka y KAS de limón o si con que nos pedimos unas pizzas en casa, que hay dos por uno en Domino’s.

Resultado de imagen de halloween party gif Pero, de pronto, esta fecha se convertía en una fiesta nocturna, en cadáveres y Walking Dead, en truco o trato, en brujas y escobas, en maquillaje de sangre, colmillos, máscaras, cicatrices, calabazas y velas, en sprays de telarañas y en galletas con forma de monstruos. Madre mía, los yankees estos

¿Y de dónde diablos viene Halloween?

Reconozco que todo lo que rezuma americanismo tipo hermandad alfabetagamma me tira para atrás. Y ya estoy echando pestes de los americanos, el consumismo y la infantilidad de los adultos, cuando descubro que esto del Jalogüin, ni es un invento yankee, ‘ni ná de ná’, sino que es una tradición que procede del pueblo celta. Sí, fueron los irlandeses que emigraron a Norteamérica a mediados del siglo XVIII los que introdujeron allí esta festividad. Una tradición que arranca siglos atrás, cuando los pueblos celtas celebraban el Samhain, “el fin del verano”, una fiesta en la que se daba la bienvenida al otoño, al tiempo de las cosechas. Entonces se creía que esa noche tan mágica, el mundo de los vivos y de los muertos se acercaban, y para ahuyentar a los malos espíritus por la noche se encendían hogueras y se dejaba comida en las puertas de las casas para que los buenos encontraran el camino hacia el Más Allá. Era una noche de vigilia, y los celtas vaciaban nabos para meter velas dentro y proteger las llamas del viento.Resultado de imagen de halloween gif

Cuando los irlandeses llevaron con ellos estas costumbres a EE.UU y Canadá, se mezclaron con ritos indios y se sustituyeron los nabos por calabazas, que eran más grandes y fáciles de vaciar. El naranja pasó a convertirse en el color típico de esa festividad, junto al negro y al morado. Así se asentó este "Halloween" que hoy entendemos como una fiesta que genera un merchandising por encima de toda lógica y un consumo descomunal. "Halloween", palabra que, por cierto, procede de la contracción del inglés ‘all Hallows' Eve’, es decir, “víspera de todos los Santos".

Así que ya no puedo arremeter contra los americanos porque nos impregnen de sus modas y tontunadas. No, no puedo... porque, en realidad, la culpa de que en la noche del 31 de octubre tenga ganas de liarme a mamporros con zombis en patines, es de los irlandeses. Y a mi los irlandeses me caen muy bien. Y me gusta su cultura, su color verde, sus tréboles, sus pubs y las cervezas que me bebo celebrando el Día de San Patrick. Por que ese día… ese sí que lo celebro.