Novatadas En Residencias Universitarias Que Demuestran Que Hay Mucho Cabrón Suelto

Enhorabuena, has decidido embarcarte en el trepidante mundo de las carreras universitarias. Y, como eres un suertudo, después de escoger la que más te gusta -un brindis por ti si das con ella a la primera-, te das cuenta de que la universidad a la que quieres ir no está en la ciudad donde vives. Así que te toca mudarte y convertirte en un adulto independiente, así, de un día para otro.

Al ser tu primer año fuera de casa, tus padres no se fían tanto de ti como para dejarte vivir, a tu libre albedrío, en un piso con gente que no conoces (ni ellos, ahí está el tema). Ya sabes, se cuentan leyendas terribles sobre historias de compañeros de piso que se han ido de fiesta y se lo han pasado bien... Así que te vas a una residencia universitaria y papá y mamá se quedan tranquilos, pensando que allí no vas a perder el control ni va a pasarte nada malo. Já. Ilusos. Lo que no saben es que vas a ser casi peor, porque los estudiantes que se atreven a vivir en esas casas de locos con fachada amable deben sobrevivir a algo mucho más cruel: sus propios compañeros.

Diego, (Madrid). El chico de los recados

"Yo ya sabía que en una residencia, el primer año, te hacen novatadas. Es la forma de ir conociendo a los estudiantes que llevan más tiempo y crear piña. Pero los veteranos no se conforman con colgarte una “L” de novato... Durante un mes entero me tocó ir a comprar tabaco, cervezas y gominolas cada vez que me mandaban. Los veteranos llamaban a mi habitación de madrugada, me encargaban el pedido, tenía que salir por un hueco de la alambrada, ir al chino, volver a colarme arrastrándome, y entregar el recado. En ese tiempo ya me había espabilado y como no podía volver a dormirme me quedaba con ellos a beber cerveza. Cuando me dejaban..."

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Miriam, (Zaragoza). Cambio de look

"Las novatadas a las chicas son lo peor. Sobre todo a las que van siempre monísimas. Yo tuve suerte y me libré, pero mi compañera de habitación siempre estaba preocupada por llevar el pelo perfecto, la raya del ojo igual en los dos y las uñas a juego con los zapatos. Y claro, se cebaron con ella.

Le pusieron mechas nuevas con pasta de dientes y la maquillaron como si fuese Kourtney Love a las 7 de la mañana de un lunes después de llevar de farra desde el jueves. Y así tuvo que salir en la primera noche de botellón de la residencia. Por suerte no era la única, se lo hicieron a todas las chicas presumidas, y en grupo se pasa mejor el mal trago."

Luis, (Badajoz). En plan comando

"Yo no sabía ni usar la lavadora, y por eso en mi primer año de residencia pensaba que era normal que cuando hacía la colada perdiese los calcetines y los calzoncillos. Eran mis compañeros del apartamento en el que vivía, que se ofrecían amablemente a ayudarme con esas tareas y aprovechaban cuando sacábamos la ropa para ir separando y escondiendo mi ropa interior.

Cuando yo luego intentaba buscar parejas a los calcetines me volvía loco, hasta que no tuve ni uno solo con su compañero. Siempre los llevaba diferentes. Pero con los calzoncillos fue peor, porque ni siquiera me quedaban gayumbos limpios y la mayoría de los días iba a clase 'en plan comando', con los huevos colganderos. "

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Laura, (Málaga). La residencia de Cenicienta

"Mi primer novio de la universidad vivía en un piso de estudiantes, y yo en una residencia. Yo tenía 18 tiernos años y un pavo encima que no era ni normal para mi edad, y él, aunque estaba en mi clase, ya tenía 23.

En la residencia cerraban las puertas entre semana a las 23:00. Si entrabas o salías pasada esa hora tenías que firmar un parte, y cada semana avisaban a tus padres de si habías tenido movimiento nocturno. Un martes, al poco de empezar a salir juntos, estábamos dándonos el lote en su piso. Cuando la cosa se calentaba yo recordé que estaba sin depilar, me hice la estrecha y me fui. Como ya habían pasado las 11 de la noche, y no quería que mis padres supieran nada, no podía entrar en la residencia. Y como me daba corte volverme a su piso y dormir con él estando sin depilar, me quedé toda la noche en el parque de la puerta, hasta que abrieron a las 8 de la mañana. Menos mal que no hacía mucho frío. Ahora he aprendido la lección y luzco con orgullo mis pelillos."

Celia, (Barcelona)

"A nosotros nos habían advertido que esa iba a ser la semana de las novatadas, así que un lunes de octubre nos convocaron a todos en la recepción. Era de noche y hacía ya algo de frío. Nos hicieron salir a la calle y un grupo de 5 chicos nos contaba las reglas del asunto: iba a haber maratones y persecuciones. Batallas de comida en las que nosotros no tendríamos munición, seríamos simples presas. De repente, cuando ya llevábamos 10 minutos allí y a todos se nos había pasado un poco el miedo, empezaron a lanzarnos cubos de agua con hielo desde las ventanas. Un clásico, sí, pero no deja de joder igual."

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Álex, (Madrid). A todo cerdo...

"Un año me tocó vivir con un tipo muy raro. Era su primer año, y no cambió las sábanas desde septiembre hasta junio. Un guarro, vamos. Y aunque en la residencia teníamos servicio de limpieza, los platos no los fregaban. Él acumuló tantos cacharros en la pila que ya le salían hasta moho. Tampoco compraba papel higiénico y siempre gastaba el nuestro.

Para gastarle una broma, mis compañeros de apartamento y yo escondimos todos los rollos de papel higiénico en mi habitación, y compramos un bote de laxante líquido en la farmacia. Se lo echamos en un brick de zumo que tenía en la nevera y nos fuimos a dormir. Aquella noche se desató la tormenta. Desde nuestra habitación intentábamos contener las risas ante el festival de sonidos que nos llegaba.

Por la mañana, el baño estaba lleno de salpicaduras marrones. Pobre limpiadora, no queríamos hacerle esa faena. Pero mereció la pena. Todavía no sabemos con qué se limpió."