Lo de Munch no era ansiedad, sino desesperación por la miseria humana

No está gritando. Está tapándose los oídos porque no puede más con el sufrimiento del mundo

Una figura con las manos sobre los oídos y la boca bien abierta, gesticulando horrorizada. Es el archiconocido El grito (1893), la obra más famosa del expresionista noruego Edvard Munch, ese cuadro que hemos visto en dosis casi diarias (aunque sea por su Emoji) y que tan bien simboliza el sentimiento de desesperación y la ansiedad que tantos jóvenes sufrimos.

Pero, contrariamente a lo que se suele creer, el cuadro no representa a una persona gritando. Al contrario, los gritos es lo que oye y se tapa los oídos para no escucharlos, es un personaje inundado en una profunda ansiedad por todo el sufrimiento humano que le llega. “Además, el personaje en la imagen aparece sin rasgos faciales y de género neutro, y por lo tanto desindividualizado, posiblemente una de las razones por las cuales se ha convertido en un símbolo universal de ansiedad”, explica el museo de Munch, en Oslo (Noruega), lugar donde está expuesta la obra.

Boceto inicial de 'El grito' | Museo de Munch

El grito, además, refleja muy bien, no solo la ansiedad, sino la perturbada psique del autor, erosionada con el dolor que sufrió toda su vida. Como dejó constancia en una carta escrita en su lecho de muerte: “Enfermedad, locura y muerte fueron los tres ángeles que velaron mi cuna”. El historiador del arte Josep Gavaldà busca en National Geographic los motivos que llevaron a Munch a escuchar “el grito de la naturaleza” que lo obligó a taparse los oídos, ese sufrimiento constante que le generaba la ansiedad, principal motor de su vida: “la más que probable bipolaridad de Munch –que lo condujo hasta un psiquiátrico–, su desmedida pasión por las mujeres, sus relaciones tormentosas, el afán obsesivo-psicótico […], un alcohólico crónico, graves depresiones, estaba arruinado”, detalla en un artículo, en el que también lo compara con el perturbado Vincent Van Gogh.

Las comparaciones se hacen solas. No solo por lo alcohólico, obsesivo y psicótico, también porque acabó mutilado por su turbia relación con las mujeres. Estuvo con una rica heredera llamada Tulla Larsen, de la cual se cansó e ingresó en un sanatorio para librarse de ella. Resentida, se inventó una enfermedad, Munch se sintió culpable y le pidió matrimonio, pero se arrepintió y ella lo denunció. Tuvo que empeñar sus cosas para pagar los costes del juicio y no rompieron el contacto hasta una violenta pelea en la que Munch perdió un dedo con un balazo, aunque todavía no se sabe quién disparó, detalla el historiador.

Otra versión de 'El grito' | Museo de Munch

Todo este cóctel emocional hizo que el pintor tuviera constantes delirios ansiosos y fuera especialmente sensible al dolor del mundo. Por eso escogió el expresionismo para pintar sus cuadros, un movimiento que se basa en reflejar con intensidad los sentimientos del artista, y por eso su cuadro nos habla tanto a todos: porque todos tenemos momentos en los que creemos que somos malas personas y queremos gritar. Pero no solo refleja este sufrimiento que en mayor o menor medida hemos padecido todos, no. Nos habla de la profunda desesperación de la miseria humana, cuando los gritos de todos nos persiguen y no podemos más. Esa sensación de desasosiego en que la ansiedad se queda corta, porque no solo la sientes dentro de ti, sino que quieres taparte los oídos porque sientes que todos estamos igual de disgustados con nuestra vida. Un sentimiento que, con el coronavirus y el confinamiento, es generalizado y muy actual.