Mireia Belmonte hace magia en el agua y gana la plata en 400 estilos

Conforme pasa el tiempo y las noticias se vuelven habituales, dejan de sorprender. Se convierten en una costumbre, en un 'Claro, es normal, no puede ser de otro modo'. Pero conviene detenerse un instante y permitir que, de nuevo, el asombro tome el control. Mireia Belmonte vuelve a España del Mundial de Natación de Budapest con tres medallas. La última, en la prueba que, dicen, consagra a los nadadores más multidisciplinares, en los 400 estilos. En esta ha quedado segunda, una plata que se suma a la del 1.500 libre y al oro en el 200 mariposa. Tres presas que avalan la idea, ya extendida, de que Mireia ha logrado convertir en propio un elemento para el que el ser humano no nace, que ha logrado conquistar el agua. Y por eso, por si alguien ya lo da por 'asumido', no está de más hacerlo notar.

#sacrificio #esfuerzo #satisfacción 🏊

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Alcanzar la plata de los 400 estilos no ha sido tarea sencilla. Porque todo empezó mal, al menos aparentemente. Por un momento, llegó a tener por delante hasta a cuatro competidoras: las japonesas Ohashi y Shimizu, la canadiense Pickrem y la que finalmente se alzaría con el oro, la húngara Katinka Hosszu. Pero Mireia no perdió el control: mantuvo su ritmo hasta llegar al estilo libre cuando, de repente, un impulso casi sobrehumano recorrió su cuerpo hasta colocarla en segunda posición. Magia.

Y así ha cerrado su mejor actuación en un mundial. Ella, que empezó a nadar con solo cuatro años, cuando le diagnosticaron una escoliosis. Al principio, se trataba más de una cuestión de salud, pero hoy Mireia entrena unas nueve horas al día, siete días a la semana, alternando la natación con el boxeo, la bicicleta, el crossfit y las sesiones de fuerza. "Ha puesto la natación por delante de su vida. Es su prioridad. No habrá otra como ella", constataba su entrenador, Fred Vergnoux, aquel que siempre la espera en la orilla de la piscina para compartir con ella sus éxitos y sus medios-éxitos. Y desde la grada, sus padres: él granadino y ella jienense, trabajadores que se instalaron en Cataluña hace unas décadas y que regalaron al mundo, el 10 de noviembre de 1990, a una de las mejores nadadoras de la historia. Un título que se ha ganado a pulso –o, más bien, a braza–, y que ha construido sobre los cimientos del esfuerzo y la dedicación. Una ganadora 'normalizada'. Pero no por ello menos increíble.