Por Qué Los Mileniales Somos La Generación De Walt

Arriesguémonos a aparcar el cinismo por unos momentos. No voy a hablar de que la vida no es como nos la contó Disney ni de las expectativas creadas por finales felices y animales parlantes. Me considero heredero de la teoría de Chesterton, aquella de que los cuentos de hadas superan a la realidad, no porque digan que los dragones existan, sino por afirmar que estos pueden ser vencidos. Y si naciste y creciste en la era mileneal, la necesidad de vencer dragones quedó tatuada en tu mente a base de cintas VHS que rebobinabas hasta la saciedad. Por eso somos la generación de Walt, y rebobinar una vez más la película se vuelve una necesidad si queremos saber lo que somos y lo que pasamos por alto.

Desde los años treinta, los niños crecieron con la animación en las pantallas de cine (Blancanieves). Con la invención de la televisión, la expansión del género se volvió una realidad, pero no fue hasta la llegada del vídeo cuando las películas pudieron repetirse una y otra vez al gusto del espectador. Y la psicología nos dice que no hay espectador al que le guste repetir más una y otra vez las mismas historias que a un niño. Quieren saber lo que va a pasar, probarse a sí mismos, sentir el poder de la premonición mientras dure el filme y pueda tatarear canciones y repetir diálogos.

La generación previa al vídeo solo contaba con la aleatoriedad de la televisión y la que no ha llegado a conocerlo se ve bombardeada con la masiva oferta de descargas que sus padres llevan a cabo para no ver siempre lo mismo. En los noventa, raro era el niño que no tenía su colección de vídeos de la factoría Disney o similares (Dreamworks, Pixar, Fox…). Eran los que eran, muchos o pocos, algunos desgastados de tanto verlos y otros más o menos indiferentes, pero eran los que eran. No había más novedades y tampoco hacía falta, pero el mensaje quedó grabado.

Fue quizá por ello que esa época implica una era dorada del cine de animación. Sí, antes ya existían los clásicos, esos que revolucionaron los años cincuenta con princesas a todo color (Cenicienta y La Bella Durmiente) y niños perdidos (Alicia en el País de las maravillas y Peter Pan); los sesenta que volvían la mirada a Gran Bretaña (Merlin el Encantador, 101 dalmatas o Mary Poppins), y los setenta con ese género tan loco y animado como la década en la que se suceden (Robin Hoodlos Aristogatos); pero no fue hasta la llegada del vídeo, que más o menos coincide con el estreno de La Sirenita en 1989, cuando Disney y la animación alcanzaron una visibilidad continua en las pantallas internacionales.

En el 91 ve la luz la historia de una joven diferente enfrentada a los prejuicios, propios y ajenos, antes de romper el hechizo de un monstruo (La Bella y la Bestia), primer filme de animación nominado al Oscar a la mejor película. Al año siguiente, Aladín frotaba la lámpara para presentarnos una realidad y una cultura diferentes. En el 93, Tim Burton dejó su sello en la factoría con un esqueleto amante de la Navidad (Pesadilla antes de Navidad) y un año después El Rey León revolucionó las salas mundiales con una adaptación animal de Hamlet que fue galardonada con el Oscar a la mejor banda sonora. Año 1995, Pocahontas conoce a John Smith y nuestros juguetes cobran vida en forma digital a través de Toy Story, y en el 1996 Quasimodo rescata a Esmeralda frente a la catedral de Notre-Dame (El Jorobado de Notre Dame). La base de la cultura occidental se vio homenajeada con la adaptación del mito griego de Hércules en el año 1997; y en 1998 Disney se deshizo de sus etiquetas machistas con la historia de la mujer que salvó China (Mulán). La década dorada toca a su fin con Tarzán y su impresionante banda sonora interpretada por Phil Collins en una historia épica que echa el cierre a toda una generación de obras maestras.

Puede que la llegada del DVD cambiara de alguna manera los objetivos y apuestas de la compañía, o puede que la inspiración sea una musa caprichosa que decide cuándo llegar y cuándo marcharse, pero con la entrada del nuevo milenio, la calidad, para muchos, se vio disminuida y no ha sido hasta la llegada de Enredados cuando los críticos han visto resurgir esa chispa que un día convirtió Disney en el catalizador de nuestros sueños y nos enseñó, como dijo Chesterton, que los dragones, sean cuales sean, pueden ser vencidos.