Mamá, por favor, no llores más

Cuando mi madre, tras pasarse la noche llorando, me decía "ojalá irme para no volver" imaginaba que se iba de viaje a los lugares en los que fuimos felices

Está sentada sobre la silla de mimbre del comedor. Tiene la mirada fija, perdida en la pared. Obviamente, no la está mirando: su mente está en otro lugar. Como de forma automática, sus manos van rompiendo una servilleta en pequeños trozos que caen sobre el mantel de cuadros azules y blancos. El sol de mediodía entra por el cristal de la puerta de atrás, ignorándola y apuntando directamente a una de nuestras plantas de interior, como si fuera un foco teatral buscando la poca vida que hay en el salón. 

Quizá está imaginándose que nos hemos ido de picnic. Al fin y al cabo, están aquí todos los ingredientes imprescindibles. Por ejemplo, para tumbarnos sobre el césped, tenemos el típico mantón de tela de cuadrados azules y blancos, con esa estética tan Mary Poppins, su película favorita. También las plantas de nuestro comedor, verdes como la vegetación que rodea el lugar que habríamos escogido para comer. O el mimbre de las sillas, que podría representar el cestito que siempre aparecía en los picnics de cine. O, incluso, mientras rompe la servilleta, quizá en su imaginación está partiendo en cachitos una barra de pan para alimentar a los patos del lago. 

O quizá no estamos de picnic, sino en nuestro pueblo de Andalucía, en esa pequeña casa aislada perdida en el campo, donde solo reina la tranquilidad. Recuerdo un día en concreto. No teníamos tele (acabábamos de llegar de Barcelona y los plomos no funcionaban), y mientras mi padre miraba por qué no funcionaban, mi madre me distraía con papiroflexia, guiándonos con un libro que me habían regalado mis tíos. Rompíamos en cuadrados las rectangulares A4, cuyos fragmentos caían sobre el mantel, como la servilleta que ahora trocea entre las manos.

Toda la casa estaba decorada con objetos de mimbre, que les daban calidez a las paredes blancas. Las cortinas de plástico de la cocina, que se veía desde el salón, eran de cuadrados azules y blancos. Y mi abuela, que vivía seis meses en el pueblo y seis en la ciudad, colocaba cuidadosamente las plantas que acababa de sacar del coche (una de las cuales heredó el salón donde mi madre se sienta para contemplar el vacío) y que habían aguantado todo un viaje de Barcelona a ese pequeño pueblo de Granada que, en seis meses, tendrían que repetir, “porque si me las dejo en Barcelona, no me las cuidáis y se me mueren”.

Me pregunto si es ahí adonde viaja cuando se queda mirando a la nada. Al menos, eso es lo que me imagino que hace: viajar. No en vano, es lo que quiere. O eso es lo que pienso que quiere decirme cuando me repite a mí, a su hijo de diez años, “ojalá irme y no volver”.

Suena un ruido en la calle y da un pequeño bote en la silla. Se despierta de su ensoñación diurna y va a la cocina, abre el grifo y deja el agua caer. De nuevo, su mirada se pierde, esta vez contemplando el chorro. Viajo con ella a los valles de Teruel, a aquellas vacaciones donde fuimos toda la familia a bañarnos en las aguas del río Matarraña que, como el chorro de agua, corría sin parar. Subimos por montañas, laderas, comimos en la roca, nos mojamos los pies hasta las rodillas (no era demasiado profundo en las zonas aptas para niños), éramos muy felices.

Mi madre cierra el grifo en cuanto se llena el vaso, se lo bebe de un trago y se tumba en el sofá. Se queda mirando el techo, lleno de luces empotradas, y pienso en las estrellas que veíamos en el cielo puro del camping al que solíamos ir en verano. Me pregunto si es ahí donde viaja. Me gusta pensar que sí. Que, como yo, viajamos juntos a los lugares donde la vi sonreír por última vez, ahora que se olvidó de cómo hacerlo.

Tengo diez años, pero me entero de todo. Sé que mi madre ya no juega conmigo. Que las horas que pasaba dejándose vencer al ajedrez ahora las dedica a llorar y a quedarse en la cama tumbada, sin hacer nada. También recuerdo que antes iba a dormir con mis abuelos porque mis padres se iban a cenar, reían y llegaban tarde, felices. Ahora ya nunca voy a casa de mis abuelos, pero porque mis padres nunca salen y no necesitan unos niñeros. También sé que mi madre me daba un beso antes de ir a dormir. Y que ahora soy yo quien se lo da mientras la deja en el sofá y piensa: “mamá, por favor, no llores más”.

CN