Con el nuevo libro de Bolaño entenderás por qué su literatura es tan adictiva

El mal. La violencia. La Historia. Y, sobre todo, mucha literatura. Esta vez, el mensaje que envía Roberto Bolaño desde el más allá tendrá forma de tres novelas cortas. El 14 de septiembre saldrá a la venta Sepulcros de vaqueros, su próximo libro póstumo, que integra tres nouvelles que recuperan todas las obsesiones que vertebran la obra del autor chileno. Bolaño decía que "hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear". De lo que no advertía es de que su obra hace las dos cosas a la vez. Su literatura te da una paliza a golpe de poesía. Y sigue haciéndolo aunque dejara de escribirla hace casi 15 años.

La primera novela se llama Patria y se desarrolla en el Chile de los años setenta. Una novela autobiográfica con la dictadura de Augusto Pinochet como telón de fondo. La segunda, Sepulcros de vaqueros, tiene como protagonista a Arturo Belano (el trasunto de Bolaño, poeta marginal, que también aparecía en Los detectives salvajes). La tercera, Comedia de horror en Francia, es una obra surrealista que tiene lugar en Guyana del Sur y París y que trata sobre un grupo surrealista clandestino (algo que, seguro, sonará a todos los fans del visceralrealismo). Todas ellas, por lo que parece, fueron escritas justo antes de Los detectives salvajes, la obra magna del que es considerado “el último clásico”.

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Roberto Bolaño se convirtió en un hito literario porque su vida fue tan bohemia como sus letras. Nació en Chile en 1953, donde residió hasta los quince años, edad en la que se trasladó a México con sus padres. Fue un lector incansable; devoraba la biblioteca pública y se sacaba un dinero trabajando de lo que podía (lo mismo escribía para un periódico que vendía lámparas). Con veinte años, volvió a Chile para colaborar con las reformas socialistas de Allende, pero al poco de llegar se produjo el golpe de estado de Pinochet. Llevaba solo dos meses en el país cuando lo detuvieron y lo metieron en la cárcel. Un amigo lo ayudó a salir y decidió volver a México, donde continuó con sus estudios. Allí, conoció a su mejor amigo, Santiago Papasquiaro, junto a quien fundó el Movimiento Infrarrealista, una posvanguardia que mezclaba el cinismo beat, la experimentación surrealista y el malditismo francés.

En otras palabras, estos jóvenes poetas estaban en contra del sistema de todas las maneras posibles. Muchos años más tarde, el movimiento infrarrealista se convertiría en el visceralrealismo y Papasquiaro en Ulises Lima cuando Bolaño escribió Los detectives salvajes. Ya en México, Bolaño empezó a escribir a diario. Dedicaba la noche entera a sus poemas y a sus primeros relatos. Con los años, su horario pasaría a ser diurno, pero jamás perdió esa constancia. Convirtió la literatura en un trabajo, en una forma de vida y en una rutina diaria. Sus textos están llenos de pobreza, de personajes marginales, de prostitutas entrañables y bohemios que no está claro si son unos vagos drogadictos o unos genios incomprendidos.

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En 1976 se mudó a Barcelona con su madre enferma. Como desde que era un niño, trabajó de lo que pudo. Fue vigilante nocturno en un cámping, lavaplatos, camarero, descargador de barcos, vendimiador, basurero o vendedor. Fundó algunas revistas literarias que tuvieron muy pocos números y aún menos éxito. De vez en cuando, ganaba un concurso literario de alguna ciudad de provincias y podía tomar café a diario durante una temporada. Otras veces, tenía que robar libros. 

En 1986, Bolaño se casó con Carolina López (hoy, su viuda y albacea) y tuvieron dos hijos. Trabajó en la tienda de bisutería de su suegra para mantener a su familia. El resto del tiempo, se dedicaba a escribir y a leer sin descanso. Se dio cuenta de que la narrativa daba más dinero que la poesía, así que se volcó en sus novelas. Empezó a publicar, poco a poco, sin mucho ruido, con pocos lectores. Los perros románticos, Monsieur Pain, La pista de hielo, La literatura nazi en América… En 1992 le diagnosticaron una enfermedad hepática, que muchas veces descuidó por forzar la máquina volcando en papel lo que tenía en su cabeza.

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En 1998, por fin, llegó la oportunidad: Los detectives salvajes ganó el premio Herralde de novela y llovieron las críticas elogiosas y los lectores. Se vendió masivamente y generó ingresos. Se le entrevistó en medios de todo tipo y empezó a ser un autor reconocido. Y, cuando por fin el mundo se dio cuenta de que era un escritor gigante, su enfermedad se agravó. En 2003, después de diez días en coma, Roberto Bolaño murió. Y, al morir el hombre, nació la fama del escritor.

De alguna manera, la vida de Bolaño parece narrada por él mismo. Hoy, es un escritor de renombre. Pero hace 20 años era solo un inmigrante que no tenía donde caerse muerto y que no dejaba de escribir. Pese a los rechazos de las editoriales y los fallos de concurso poco favorables, pese a la pobreza, a la enfermedad, a los trabajos precarios, Bolaño siempre se supo escritor. Y esa lección de vida es tan atesorable como su literatura.