‘Langosta’: La Sociedad Donde Ser Soltero Es Delito

¿Qué pasaría si viviéramos en una sociedad donde los solteros son arrestados y enviados a un hotel en el que tienen que encontrar pareja en un plazo de 45 días, y que, de no lograrlo, serían convertidos en un animal que ellos mismos han elegido para de nuevo ser útiles?

Bajo esta premisa, propia de un mundo distópico, pero no tan alejada de las convenciones sociales que existen, el director Yorgos Lanthimos nos presenta una atípica reflexión sobre la soledad, el miedo a morir solo, y también al temor de vivir con alguien. Muchas incógnitas, algunas sin respuesta, en una película cínica, surrealista y divertida, donde experimentamos un Colin Farrell no visto hasta la fecha.

Langosta muestra una visión honesta de las relaciones humanas, en un continuo debate entre su lado más romántico y su cara más hipócrita, todo ello a través de unas reflexiones muy peculiares que ayudan a sanear el concepto del individuo respecto al del amor:

El amor es antisocial

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El amor es etiquetado peyorativamente o es criminalizado, ya que esta conducta se considera como perjudicial o peligrosa para la sociedad. Una vez el protagonista consigue huir del hotel, donde se ha visto que la unión en pareja es el símbolo más frívolo del amor, recae en otra sociedad opuesta, pero con la misma opresión. Ninguno de los dos bandos quiere el amor, pues este sentimiento es el mayor desestabilizador del ser humano.


El amor nace en su prohibición

¿El amor existe o es una relación convencional de intereses? Para la sociedad en contra de las relaciones es algo ficticio donde, ante la presión, el individuo siempre se elegirá a sí mismo, antes que a su pareja. Para la sociedad a favor de las relaciones, la unión es una obligación para vivir en armonía. Sin embargo, por mucho que fuerces a dos personas a estar juntas, no es sinónimo de romance. Es precisamente en su prohibición donde los dos protagonistas encuentran la atracción. El deseo humano se ve incrementado ante la censura desencadenando en un amor que no cede ante la presión, y que sigue hacia delante por muchas trabas que le pongan.


Las discapacidades son algo que une a las parejas

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Los humanos siempre intentamos buscar similitudes en los demás. Queremos tener algo en común que nos una. En Langosta pasa por las discapacidades que tiene cada uno. La chica que le sangra la nariz busca a uno que le suceda lo mismo que a ella; en el caso de los protagonistas, su discapacidad mutua es la miopía. El ser humano es de por sí defectuoso, y hay que encontrar en ello algo que nos haga particulares y que nos fusione con nuestra pareja.


Las relaciones no se pueden construir sobre mentiras

Para ser aceptado y encontrar pareja hay que aparentar ser quien uno no es y hacer lo que sea necesario para agradar a tu compañero/a. Pero solo nos estamos engañando en la desesperación. Las recriminaciones acabarán llegando. La traición de lo que le has vendido que eres queda al descubierto provocando una gran crisis de la que no conseguirás salir ileso. ¿Puede una pareja sobrevivir sin mentirse nunca?


¿Solo o acompañado?

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Si estás solo, no podrás ponerte crema en la parte de la espalda a la que no llegas. Si estás solo, y te da un ataque al corazón, morirás al no tener a nadie que te auxilie. La compañía es necesaria, pero ¿a qué precio? La soledad te da libertad, pero también un sentimiento de vacío. La convivencia exige que dejes tu egoísmo a un lado y encuentres unos códigos con tu pareja. Un difícil ejercicio que solo es posible si realmente se está enamorado.


El egoísmo es quien nos pone límites

¿Por qué se ejercen las presiones? ¿Por qué somos nosotros mismos quienes nos las autoimponemos? La convivencia hace necesaria una estructuración de poder. Esa estructura requiere de reglas, y estas reglas acaban por corromper al individuo. Hasta los que huyen de este marco legal crean sus propias reglas para convivir en lo prohibido. Y es que nuestro confort recae en los límites que nosotros mismos nos ponemos, en pro de sentirnos seguros en la sociedad a la que pertenecemos.