¿Por qué aprendemos a vivir sin nuestras madres?

Así es ‘Jane por Charlotte', la primera película dirigida por Charlotte Gainsbourg en la que la actriz reflexiona junto a su madre, Jane Birkin, sobre la frialdad que se ha establecido entre ambas

Salí del cine pensando en cómo tratamos de huir de nuestras madres, en todos los sentidos. En cómo las buscamos ferozmente en nuestros primeros años de vida para luego demostrarles que ya sabemos hacer las cosas por nosotras mismas. Al principio, parece que no las necesitamos. Viajamos de aquí para allá sintiéndonos libres. Nos mudamos a otra ciudad, cambiamos de hábitos. Somos conscientes de que todo depende ahora de nosotras y que ellas, probablemente, no serán más que un punto pequeño de la Bretaña o de cualquier otro territorio ajeno al nuestro. Un lugar o una figura que quizá ya no influye tanto en nuestras decisiones. También ahí estábamos equivocadas.

Hasta que ocurre algo, quizá la muerte de un familiar, como le sucede a la actriz y cantante Charlotte Gainsbourg, y eso nos descubre a nosotras mismas y también a ellas. Tras el suicidio de su hermana Kate, la confianza que Charlotte tenía con su madre se desvanece. Se muda a Nueva York y comienza una nueva vida sin más explicaciones. Con el tiempo, el vínculo con su madre, la famosa cantante Jane Birkin, reaparece más fuerte que nunca y confiesa: “Mi idea es mirarte como nunca me he atrevido”. 

Un retrato íntimo entre madre e hija

Así comienza a tejerse Jane por Charlotte, la ópera prima de Charlotte Gainsbourg como directora en la que vemos cómo la actriz intenta acercarse a su madre cámara en mano. Se sienta frente a ella y charlan tranquilas. Quiere saberlo todo, o casi todo, entender por qué su relación se ha enfriado o, por qué, como le pregunta directamente en una de las primeras escenas, el trato con ella era diferente al que tenía con sus hermanas.

“Me intimidabas, me sentía privilegiada de estar en tu presencia”, responde Jane frente a una enorme cristalera que deja entrever el verdor del paisaje japonés, donde Birkin está de gira. Allí comienza el documental que se verá interrumpido durante un tiempo tras las primeras preguntas de su hija, bastante directas.

“Se asustó con mis preguntas, no se las esperaba, habrá pensado que la iba a acusar de algo, se negó a continuar, me dijo que dejara de seguirla, y yo me sentí tan avergonzada que durante mucho tiempo no quise ni siquiera ver aquella primera charla”, explica Charlotte en declaraciones para El Español.

Mientras el film avanza en escenarios como la casa en la que Birkin vive junto a un maravilloso lago en la Bretaña francesa, no solo vemos el rostro de una mujer viva y optimista, como ella misma se define, sino que también descubrimos las dificultades de una madre que no puede deshacerse de la culpa. “No fui una madre responsable. Era una madre infantil, como una amiga. No pensé bastante en vosotras”.

Un peso que recorre la película sin excesivo dramatismo. Charlotte consigue viajar con su madre por diferentes espacios, incluida la casa en la que vivieron durante doce años con su padre, el famoso cantante Serge Gainsbourg. La vivienda parece un auténtico museo. Está llena de trastos viejos, colonias que todavía huelen a Jane, cuadros, instrumentos y hasta pitillos en los ceniceros. Un lugar suspendido en el tiempo en el que todo se amontona (también los silencios entre ambas, muchos todavía sin resolver).

Al verse en esa casa repleta de recuerdos, la propia Jane bromea con esa “otra vida” que ya no le pertenece. La cantante, símbolo erótico de los años 60 y 70 y referente de la cultura pop de la época, es consciente de que sus labios están a punto de desaparecer de su rostro. La vejez le abraza. Charlotte también lo sabe, y por eso no pierde ni un solo detalle de su madre, a la que graba con una cámara Super-8 desde diferentes planos. Vemos las manos, los pies y los ojos de una mujer que todavía está aprendiendo a perdonarse ciertos errores, o que convive con el insomnio desde los dieciséis años.

La carta de una hija a su madre

La cinta, y aquí viene un pequeño spoiler, termina con una carta de Charlotte hacia su madre en la que la actriz dice todo lo que piensa sobre ella:

“Siempre te he amado, pero hoy lo entiendo muy bien, necesito que me enseñes a vivir, que me vuelvas a enseñar como si no entendiera”, y añade: “¿Por qué aprendemos a vivir sin nuestras madres?”. Y de pronto todas nos lo preguntamos. Ellas se abrazan y la escena termina en una playa. En el aire quedan algunas dudas. No sabemos si este documental actuará como un punto de inflexión entre ambas, pero lo que es seguro es que nos vamos a casa pensando en el vínculo que tenemos con nuestras madres, en esa idea de “liberarnos a toda costa de ellas”. Pero yo no quisiera desprenderme de nada, y parece que Charlotte tampoco. Eso es algo que queda bastante claro: “Yo no quiero liberarme. Quiero ser como tú”, concluye la voz de la actriz.

Ya se sabe que no somos más que una extensión de ellas, por mucho que tratemos de desanudar la historia maternofilial. El vínculo vuelve, mucho más íntimo y certero, como observamos con Jane y con Charlotte. Dos mujeres que tratan de superar los conflictos de una relación que, por fin, pueden ver con otros ojos.