Jane Austen empezó a escribir las más bellas historias de amor para salvarse de la miseria

A la pobre Jane Austen (1775-1817) se le ha colgado el sambenito de autora cursi, de escritora ñoña, de novelista para "chicas". Y, la verdad, esa es una catalogación bastante injusta. Este 2017 se cumplen 200 años de la muerte de la emblemática autora de una Inglaterra georgiana que iniciaba su transición a la época victoriana. Cuando la mayoría de la gente piensa en Jane Austen, le vienen a la cabeza vestidos repolludos, reverencias, bailes en grandes salones, tipos a caballo bajo una tormenta y estanques con patos. La mayor parte de la población, ante su mención, arruga la nariz y sacude la cabeza.

Los sentimientos son absurdos. Y si piensas en el sexo de aquellos a los que se dirigen, son una auténtica locura.

La realidad es que, si de algo pecó Jane Austen, fue de revolucionaria. Tanto en sus libros como en su vida. Para entender por qué, hay que tener en cuenta en qué tipo de sociedad creció. La Inglaterra de finales del siglo XVIII fue una época de grandes cambios. El imperio británico se había expandido a causa de la adquisición de colonias y, además, había empezado la revolución industrial, provocando el auge y expansión de la burguesía. Sin embargo, gran parte de la sociedad del momento seguía anclada a los antiguos valores aristocráticos, a pesar de que la nobleza estaba de capa caída debido al éxodo rural y la emergencia de los nuevos ricos.

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La familia de Jane Austen pertenecía a esa aristocracia rural obsoleta, y contaban con escasos recursos económicos. Los únicos ingresos que percibían provenían del trabajo de su padre como reverendo de la iglesia y como profesor particular. Jane tenía una hermana y seis hermanos. En esta época, las mujeres de clase alta no tenían permitido trabajar; si no se casaban, estaban condenadas a la ruina.

El amor es deseable. El dinero es absolutamente indispensable.

Sin embargo, ni Jane ni su hermana Cassandra se casaron nunca. Por eso, cuando su padre murió en 1805, entraron en un periodo de absoluta miseria. No tenían ingresos ni propiedades. No tenían forma de vida. Tuvieron que acogerse a la hospitalidad de sus hermanos hasta que, por fin, en 1810 un editor aceptó imprimir una de sus novelas, Sentido y Sensibilidad. Rápidamente, se hizo muy popular y Jane Austen pasó a ser una de las escritoras más leídas. Eso sí, nadie sabía quién escribía esos libros ya que se publicaron de forma anónima. Tres años después, con la publicación de Orgullo y Prejuicio, sí que empezó a conocerse la autoría de las novelas que la sociedad victoriana devoraba. Jane Austen no se hizo escritora solo por pasión (que también) sino por supervivencia. La escritura le otorgó independencia económica.

Hay en mí una obstinación que me impide doblegarme ante la voluntad de los demás. Mi valor aumenta cuando tratan de intimidarme.

Y así fue cómo Jane Austen logró labrarse un modo de vida en un momento en que cualquier tipo de trabajo manual estaba mal visto. En el momento que le tocó vivir, las mujeres no tenían acceso a la educación. Durante el siglo XVIII, muchos filósofos abogaban por la educación como método para mejorar la sociedad (es el caso de Rousseau y su Emilio), pero solo se contaba con la educación de los varones. Las mujeres debían preocuparse de aprender las labores que las convirtieran en buenas esposas. Podían saber tocar algún instrumento o aprender idiomas, costura, caligrafía y, sobre todo, modales. Debían convertirse en buenas compañeras.

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Sin embargo, Jane y Cassandra tuvieron la fortuna de crecer en una casa llena de hombres con un padre profesor y una amplísima biblioteca. Las hermanas Austen eran unas eruditas en comparación con el resto de mujeres. Y, seguramente, por eso las heroínas de sus novelas siempre son jóvenes inteligentes que, pese a haber visto poco mundo, pese a no haber desarrollado los "talentos" que se exigía a sus coetáneas, han alimentado su cerebro gracias a la lectura. 

Hay algunos tan bien informados y razonables de por sí que no desean para la mujer nada mejor que la ignorancia.

La investigadora y editora Miriam Ascarelli defiende en su estudio A Feminist Connection: Jane Austen and Mary Wollstonecraft, que las novelas de Austen (siguiendo la propuesta de Wollstonecraft) defienden una educación liberal para las mujeres. La diferencia está en que ella lo hace mediante el ejemplo de sus personajes y con su narración amena y amable.

No quiero que la gente sea agradable, así me ahorra el problema de cogerles cariño.

Porque ese es el segundo prejuicio respecto a las novelas de Jane Austen: como tratan siempre sobre el tema del matrimonio, se entiende que son reaccionarias. Sin embargo, si atendemos al humor con que escribe sobre el tema, es fácil leer la crítica que hace hacia su sociedad. Jane Austen creció en un mundo en que una mujer tenía una única salida en la vida: el matrimonio. Y ella, por una parte, parodia a las mujeres que buscan atraer la atención de forma vanidosa, desesperada o ridícula. Por otra, permite a sus heroínas decir que no a las propuestas de matrimonio que no las convencen. Ella hace que prime la voluntad de sus personajes femeninos por encima de la necesidad social. Y, sí, los finales felices requieren boda. Pero es que, en su mundo, sin boda solo restaba la tragedia.

Las mujeres solteras tienen una propensión terrible a ser pobres. Lo cual es un argumento muy fuerte a favor del matrimonio.

Así que, doscientos años después, hay muchos motivos por los que rescatar a Jane Austen. Su radiografía, teñida de humor y buen talante, de la sociedad del momento. Sus personajes fuertes y llenos de personalidad. Su acertada descripción de situaciones cotidianas con las que aún podemos identificarnos. Y, sobre todo, su actitud ante el mundo. La sociedad no tenía hueco para una mujer soltera y pobre, así que se lo construyó ella misma sin dejar, jamás, de bromear.

Las tonterías dejan de serlo cuando son realizadas de forma atrevida por gente con sensibilidad.