La industria de la felicidad: lo que nos han contado es una enorme manipulación

La Industria de la Felicidad de William Davies nos deja este impactante dato: cada año la economía de los Estados Unidos está perdiendo 550.000 millones de dólares como consecuencia de algo que nunca llegarías a imaginar. ¿Competencia con China? No. ¿Una mala política de sueldos? Tampoco. Esos momentos con los que tus ojos están fijos en la pantalla del trabajo pero tu cerebro está blanco. Esos en los que miras el reloj y crees que un misterio físico ha detenido el tiempo. Eso es lo que genera pérdidas millonarias en todas las economías capitalistas del planeta. En resumen, que te aburre soberanamente tu trabajo y, por eso, rindes menos.

Según un estudio de la consultora Gallup, la falta de compromiso del 13% de los empleados en sus trabajos hace que la economía americana registre unas pérdidas parecidas al Producto Interior Bruto(PIB) de Francia. Otro tanto sucede en España, así que no te sientas solo. Desde hace décadas, los grandes empresarios tratan de enmendar esta masacre de ganancias, sus métodos ultracientíficos, presentados bajo la falsa promesa de dar felicidad a los trabajadores, son de lo más chungo. Bienvenidos y bienvenidas a la cruel vida de los empleados modernos, un mundo en el que, por el bien del capitalismo y para que seas una persona más productiva, la ciencia te dirá cómo ser feliz.


No tienes ni idea de lo que es ser feliz. Deja que un científico te lo explique

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Desde la Ilustración, la ciencia ha tratado de estudiar a los humanos para comprenderlos más allá de la premisa religiosa que afirma que "todos somos hijos de un mismo dios". Algunos investigadores del siglo XVIII quisieron saber qué es lo que nos movía como individuos, por qué actuamos como actuamos. Tal y como cuenta William Davies, la idea que considera que los hombres y mujeres buscamos el placer personal mientras huimos del dolor es más antigua que el hilo negro. El problema, claro está, surge cuando tenemos que definir qué son esos dos conceptos y cómo podemos medirlos.

Investigadores como Willian Stanley Jevons pensaron que el dinero podía darnos indicadores de lo que nos producía placer, sin embargo, la verdadera revolución ha llegado con la irrupción en el debate de psicólogos, neurólogos y expertos en marketing. Para estos, se puede saber qué es la felicidad y qué es el dolor observando solamente el cuerpo. Déjate de chorradas y reflexiones filosóficas con tus colegas: cuando dices que eres feliz seguramente estás mintiendo y, en realidad, solo un escáner cerebral o un análisis de retina puede determinar lo que sientes.

Esta idea, profundamente extendida hoy día, tiene unas consecuencias más hondas de lo que podrías pensar en un primer momento. Ahora los humanos dejamos de ser dueños de nuestros estados psicológicos, pues siempre estamos bajo sospecha. ¿Nunca te has escuchado diciendo: "Dice que es feliz, pero sé que miente". Esto, a la postre, es una arma perfecta para quienes mandan, pues son ellos los que dictan cómo debe ser nuestra felicidad.


Vamos a darle un empujón a tu vida con una pastillita

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O con algunos ejercicios para que hagas todas las mañanas. Como no tienes ni pajolera idea de qué es la felicidad ¿cómo vas a ser feliz? Los psicólogos, tal y como plantea William Davies, tienen la solución. No se trata de cambiar tu discurso o que en España se cree empleo para todo el mundo, lo que debes hacer para estar contento es modificar tu conducta o tomar una pastillita que altere la función de la dopamina o la serotonina de tu cerebro. ¡Magia! Se acabaron todos tus problemas. O no, pero aun así serás súper feliz.

La felicidad se convierte en una elección no muy distinta a la que tomamos cuando tenemos catarro, gastroenteritis o nos duele la espalda: vamos al médico, comemos arroz o practicamos natación. Del mismo modo, los gurús de la autoayuda nos dicen que cuando estamos tristes podemos tomar antidepresivos, podemos practicar yoga o podemos adoptar una dieta energética que nos harán estar más contentos. Lo más pernicioso de este argumento es que, implícitamente, asume que la infelicidad o la tristeza tienen su razón de ser en uno mismo: No eres feliz porque no practicas mandangas de esta índole.

Puede que haya un 19,2% de paro, un sueldo que no llega a 1.000 euros o que tu jefe te trate como un inútil. Pero escucha, el problema no es social, el problema es tuyo por no ser adoptar los cambios que exige tu cuerpo. Come sano, haz running o practica el 'mindfulness' y ya verás como todo va mucho mejor. ¡Ah! Y aléjate de la gente tóxica que no hace esfuerzos por cambiar. Vaya, aléjate de ella como si tuviera un virus chungo.


La verdad sobre la felicidad que te venden

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La trampa en todo esto es que la definición de felicidad que se nos da no tiene nada que ver con nuestro bienestar. Según William Davies, los consejos de coaches o la hipermedicalización de los problemas psicológicos tienen como objetivo que volvamos a ser productivos cuanto antes, como si fuéramos simples máquinas, que soportemos la presión laboral a la que estamos sometidos sin plantearnos el porqué.

Del mismo modo, esa ola de nuevos jefes superenrollados o la teórica democratización del mundo empresarial intentan evitar que caigas en la apatía que amenaza a la productividad del sistema. Deberías empezar a pensar que, si cobras una miseria, tienes una jornada laboral de 10 horas y un curro que te persigue hasta cuando te vasa dormir, aunque seas muy amigo o amiga de quien manda, probablemente seguirás con ansiedad o depresión.

En resumen, su felicidad, la felicidad sobre la que hablan en el Foro de Davos las personas más poderosas del mundo, tiene por objetivo que seas un individuo productivo y que no te plantees otra forma organizativa de las empresas que no esté basada en las jerarquías verticales.


¿Y hay esperanza?

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La vida con las grandes corporaciones dictándonos qué es la felicidad es verdaderamente jodida. Pero, calma, para el escritor de este libro tiene una solución a todo ello. William Davis propone algo tan sencillo como empezar a escucharnos los unos a los otros. Empezar a creer que lo que nos dice quien tenemos delante, importa; por más que creamos que se equivoca, lo está diciendo por algún motivo. Debemos volver a los tiempos en los que la palabra tenía igual importancia que el cuerpo.