Idolatrar a Bob Marley es olvidarse de que era un homófobo y un misógino

Con sus dreads al viento, el ritmo pausado de su música reggae y sus emotivas letras a rebosar de mensaje político, Bob Marley se convirtió en el mayor icono de la Jamaica de finales de los 70 y en símbolo del buen rollito de millones de occidentales. Todavía hoy consumimos su música (y su imagen) sin pararnos a pensar quién era realmente ‘Bobby’, qué quería decir en las letras de sus canciones y cómo consiguió amasar el éxito que ningún jamaicano de ghetto había soñado hasta entonces.

Más allá de ser un genio musical con 10 discos de platino a sus espaldas, el mayor exponente del reggae, era una persona profundamente misógina que tuvo 13 hijos con nueve mujeres (y numerosos bastardos) y que, sobre todo, odiaba haber nacido bajo el estigma de ser mulato —su padre Norval Marley fue un oficial de la marina británica de 50 años que dejó embarazada a su madre de 18, Cedella Booker— algo que explica porqué abrazó firmemente las creencias del movimiento rastafari.

En 2005, en su libro No Woman No Cry, su viuda Rita Anderson, quien le acompañó durante toda su vida, explicó cómo tuvo que pasar de vivir en una choza y lavar el único par de calzoncillos que Bob poseía —en sus inicios en The Wailers la precariedad era el día a día de la banda— a soportar como el músico la dejara atrás para encerrarse en una mansión en el barrio más rico de Kingston donde se pasaba el día jugando a fútbol con sus amigos, fumando hierba y acostándose con mujeres de clase media y alta. De hecho, el actual músico Damian Marley fue el fruto de su relación con la modelo Cindy Breakspeare que acabaría por convertirse en Miss Mundo.

Pero más allá de ser todo un completo mujeriego y de algunas excentricidades como conducir un BMW por la isla, lo que probablemente le cortaría el rollo a más de uno de sus seguidores eran las estrictas creencias de Bob basadas en los principios de la religión o filosofía rastafari. Bob creía firmemente que el emperador etíope Haile Selassie I (1892-1975) era el último representante de la estirpe salomónica en la Tierra y que, como tal, era el Dios viviente que conduciría al pueblo negro desde su exilio en Jamaica a la ‘Tierra Prometida’ en Etiopía, el único país africano que sobrevivió a la colonización europea. Además, pensaba que la sodomía (homosexualidad) era uno de los peores pecados que se podían cometer.

Sus anécdotas homófobas fueron muchas y muy variadas aunque los medios de comunicación de la época no le dieron la importancia que tendrían hoy día. Una vez, cuando estaba de gira por Estados Unidos en 1979, su manager intentó presentarle al artista Prince durante una fiesta, sin embargo, en cuanto lo vio llegar Bob salió poco menos que corriendo para evitar una más que incómoda foto junto al ‘butty man’, un término despectivo para los homosexuales muy empleado en Jamaica.

Nada extraño si se piensa que en Jamaica sigue vigente una ley colonial (el artículo 76 de la Ley de Delitos contra la Persona de 1864) que pena hasta con 10 años de prisión y trabajos forzados el delito de la sodomía. Una situación denunciada por ONGs de todo el mundo, el Parlamento Europeo y que llevó a la revista Time a considerar a Jamaica como el lugar más homófobo del mundo. Un resquicio de la era colonial que Marley no ayudó precisamente a borrar.

Ni siquiera la actual primera ministra por el Partido Nacional del Pueblo, Portia Simpson-Miller, se ha atrevido a derogar la polémica ley y se ha limitado a afirmar que “nadie debería ser discriminado debido a su orientación sexual”. Una tibieza imperdonable para un partido que se vende como socialdemócrata y que contrasta con los 1.600 homosexuales que murieron asesinados en el país en 2012 y que, evidentemente, tiene su reflejo en la música reggae.

Aunque iconos del estilo musical como Capleton, Sizzla o Buju Banton firmaron en 2007 la Reggae Compassionate Act, un acuerdo para evitar cualquier tipo de “odio o prejuicio, incluyendo racismo, violencia, sexismo u homofobia”, otros la rechazaron frontalmente. Uno de ellos fue el grupo T.O.K que se negó a firmar el acta que condenaba canciones como Chi Chi Man, en las que se promovía el asesinato de homosexuales. Por suerte, la banda reculó y en 2009 se comprometió a “no hacer declaraciones o interpretar canciones que inciten la violencia contra cualquier comunidad”.

Como ves, aunque Bob Marley cantó al mundo mensajes de amor, paz y fraternidad en canciones como One Love, en realidad, sus letras ocultaban el profundo tufo a homofobia, misoginia y demás perlas que no le harían demasiada gracia a todos aquellos que hoy día defienden su figura a capa y espada. Bob Marley fue un genio de la música cuyo mensaje de liberación tuvo un fuerte impacto en la sociedad de la Jamaica post-colonial, pero como persona no era ningún ejemplo y mucho menos un icono (al menos para lo parámetros de hoy día). Lo demás es puro marketing.