Esta Es La Historia De Amor Que Le Jodió La Vida A Oscar Wilde

En 1895 la vida sonreía al escritor irlandés Oscar Wilde. Su ingenio, su inteligencia y su extravagancia le consiguieron una buena posición en los círculos sociales de la Inglaterra victoriana donde vivía. Y bien cómodamente que vivía, gracias a la dote de su mujer, Constant Lloyd, con quien tenía dos hijos, y a la publicación y representación de sus obras. Éstas le dieron la fama; acababa de estrenar La importancia de llamarse Ernesto con gran éxito y todo parecía ir bien. Sin embargo, Wilde tenía algo que esconder.

Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras que no la ame.

A día de hoy su homosexualidad es conocida, pero en el Londres del siglo XIX era un delito penado con la cárcel (y hasta 1828 con la pena de muerte). Que Wilde estuviera siempre rodeado de jovencitos y fuera profuso en regalos y muestras de cariño hacia ellos, se había achacado hasta entonces a su carácter excéntrico. Pero en 1895 tuvieron lugar los juicios por indecencia y sodomía que dieron inicio a la lenta y dolorosa muerte de esta carismática figura.

La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse.

Cuatro años antes, en una fiesta, Wilde había conocido a Lord Alfred Douglas (cuyo mote era Bosie, 'niñito' o 'mandón'), un poeta de 21 años extremadamente atractivo. Oscar, que tenía entonces 37, quedó prendado de él. A partir de ese momento su amistad se forjó a base de cenas, viajes al extranjero (a los que también acudía la esposa de Wilde), regalos y cartas. Wilde no tardó mucho en darse cuenta de que Bosie era mimado, vanidoso, derrochador, caprichoso e imprudente. Pero tal y como lamenta en De profundis, no podía evitar perdonárselo todo. Lo amaba. Durante cuatro años, Alfred fue el favorito de Wilde, su amante y su pupilo, su amigo y su perdición.

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La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.

Bosie odiaba a su padre, el marqués de Queensberry, un aristócrata pionero del boxeo. El marqués conoció a Oscar Wilde en una cena de la que Alfred se acabó ausentando. Poco después, comenzó la obsesión: temía que su hijo estuviera manteniendo una relación amorosa con el escritor. "No sé si lo es, pero lo parece, y eso es igual de malo", dijo refiriéndose a la homosexualidad de Wilde. Prohibió a su hijo seguir viendo a su amigo y, como se negó, comenzó la persecución.

Todos estamos en la cloaca, pero algunos estamos mirando a las estrellas.

El marqués tomó medidas: amenazó a los dueños de varios restaurantes con que les daría una paliza  si permitían a la pareja cenar en sus establecimientos, intentó boicotear el estreno de La importancia de llamarse Ernesto (Wilde lo impidió apostando policías alrededor del teatro) y llegó a presentarse en la casa del escritor para montar un escándalo. Wilde lo echó de la casa, pero ya estaba perdiendo la paciencia. Por eso, cuando el marqués dejó una nota en un club social ("Para Oscar Wilde, que alardea de sodomita"), azuzado por Bosie, decidió denunciar a su perseguidor por calumnias. No imaginaba hasta qué punto el proceso se volvería en su contra.

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Como no fue genial, no tuvo enemigos.

El caso fue desestimado: para la sociedad victoriana, era lo más normal del mundo que un hombre pasara a las manos si podían estar pervirtiendo a su hijo. Poco después, denunciaron a Wilde por indecencia y sodomía.

La sociedad perdona a veces al criminal, pero no perdona nunca al soñador.

En los juicios contra Oscar Wilde se puede leer cómo el escritor ya había sido chantajeado debido a las cartas que envió a Bosie. Defendió que eran una obra literaria pero el jurado vio otro tipo de intenciones en ellas. A pesar de la gravedad de la situación, el escritor hizo reír a la audiencia con su agudo ingenio. Sus réplicas fueron tan brillantes que Moises Kaufman escribió una obra teatral basada en el proceso, Gross Indecency. También se ha hecho una película al respecto, Wilde, protagonizada por Jude Law (Bosie) y el magistral Stephen Fry (Oscar).

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Pese a todo, Wilde fue condenado a prisión y a trabajos forzados. La sociedad que lo había encumbrado le dio la espalda: se borró su nombre del cartel del teatro, los burgueses dejaron de ir a sus representaciones y se endureció la actitud hacia cualquier conducta que pudiera oler a homosexualidad.

Una sociedad se embrutece más con el empleo habitual de los castigos que con la repetición de los delitos.

Desde la cárcel, Wilde escribió a Bosie una dolida carta, De profundis, donde reconocía que amarle le arruinó la vida: el juicio le llevó a la bancarrota, a la cárcel y a la vergüenza. Por sus caprichos, había perdido su fortuna, su reputación y su vida. La madre de Oscar murió mientras cumplía condena. Su mujer se cambió el nombre y le arrebató la custodia de sus hijos. Pero, sobre todo, Oscar le recriminaba a su amante que no le escribiera ni fuera a verle a la cárcel ni una sola vez. 

Todos matan lo que aman: el cobarde, con un beso; el valiente, con una espada.

Cuando salió libre, Wilde se reunió con Bosie en Nápoles y estuvieron juntos unos meses más. Pero se les acabó el dinero y Bosie lo abandonó. Wilde se cambió el nombre y emigró a París, donde murió solo y enfermo, despreciado y en la indigencia. Tenía solo 46 años.

El único deber que tenemos con la historia es reescribirla.