Hice magia negra para recuperar a mi ex pero nada salió como esperaba

Relato de ficción 

Internet es un hervidero y, si buscas, puedes encontrar lo que quieras. Yo lo que quería era encontrar el modo de recuperar a mi novio. Me había dejado hacía dos semanas sin explicación alguna. Había estado raro durante un tiempo: apenas hablaba, cada vez nos veíamos menos y el sexo se había vuelto, simplemente, rutinario. Un día me dijo que me dejaba, que simplemente ya no me quería. Dieron igual mis lágrimas y mis súplicas. Salió de mi casa y no volvió a responderme las llamadas.

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero yo seguía completamente destrozada. Simplemente, no podía entender cómo había pasado ni por qué. Fui a buscarlo a la salida del trabajo y lo seguí hasta su casa y lo único que recibí fue silencio. No sabía qué me desesperaba más, si haberle perdido o no saber por qué.

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Así que fui a mi casa y, con la dignidad y el corazón hechos trizas y tecleé: "Cómo recuperar a mi novio". Me aparecieron un montón de artículos de autoayuda, chamanes que prometían milagros a cambio de dinero y otras tonterías. También encontré un foro sobre magia y hechizos de amor. Al principio no me lo creía demasiado me parecían cosas de persona desesperada y pensé que seguro que no iba a funcionar, pero fui leyendo, leyendo y me empezaron a entrar las dudas. Había muchas personas en situaciones parecidas a la mía que contaban sus experiencias con 'amarres', algo así como hechizos que se podían hacer desde casa y que generaban un vínculo irrompible entre tú y la persona que quisieras.

Contaban que habían tenido resultados, que sus parejas habían cambiado de opinión repentinamente y explicaban paso a paso lo que había que hacer. Pasaron los días y constantemente entraba en el foro a ver qué más contaban esos usuarios, empecé a hablar con ellos y poco a poco me fui convenciendo de que no tenía nada que perder.

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Había varios tipos de hechizos y amarres. De magia blanca, magia negra, vudú, se podían hacer con fotos o incluso con vello púbico. Algunas personas también mencionaban que podía ser peligroso si no se hacía bien, con todos los ingredientes y que los efectos podían ser difíciles de eliminar. Pero me pareció que era un riesgo que valía la pena tomar si tenía alguna esperanza de que volviera conmigo.

Así que esperé hasta la siguiente luna llena. Me pasé ese día cosiendo: como había leído en las instrucciones, hice dos muñecos de tela blanca rellenos de algodón y sobre ellos escribí con tinta roja nuestros nombres. Cuando se hizo de noche, aparté los muebles hacia las paredes de la habitación y me puse en el centro. Tomé un paquete de azúcar y tracé un círculo a mi alrededor. Encendí cuatro velas rojas (el color del amor) e hice un cuadrado alrededor del círculo. Entonces, me arrodillé y puse los muñecos a mi lado. Cogí un cordón de terciopelo rojo y até los muñecos con él mientras recitaba mi oración. "Que vuelva a mí, que no pueda vivir sin mí, que no encuentre paz hasta tenerme a su lado, que este amarre lo una a mí como este cordón a estos muñecos. Que así sea". Cerré los ojos e imaginé que él volvía llorando de arrepentimiento, pidiéndome perdón.

Al día siguiente no noté nada. Miré mi móvil alrededor de veinte veces, pero no hubo noticias. Así estuve como cuatro días hasta que, al quinto, llamaron a la puerta y, al abrir, entró él como un huracán y me besó entre lágrimas. Nos abrazamos tan fuerte que nos crujieron las costillas. Esa noche dormimos abrazamos por primera vez en meses.

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Las primeras semanas fueron bien. No se separaba de mi lado. Todo era como cuando nos conocimos. Pero, un mes después, las cosas empezaron a torcerse. Decía que le dolía mucho la cabeza, que se sentía cansado, que no tenía ganas de nada. Si me iba a trabajar, cuando volvía lo encontraba triste, sentado en el sofá, mirando a la televisión apagada. "No sé qué hacer si no estás tú". Dejó el trabajo para poder estar en casa. Dejó de ver a sus amigos. Si su familia llamaba y yo estaba cerca, no cogía el teléfono para no dejar de atenderme ni un segundo. Llegó un momento en que ni siquiera me hablaba. Tan sólo me miraba.

Y, entonces, pasó.

Un día salí de trabajar y me fui a tomar algo con unos amigos. Se me hizo tarde y, agotada, en el autobús de vuelta a casa, me dormí. Me pasé mi parada y llegué hasta el final de la línea. Cuando desperté, le llamé para avisarle de que me iba a retrasar y no cogió el teléfono. Un horrible presentimiento me invadió. Hice, histérica, el viaje de vuelta y subí a casa a toda prisa. Me lo encontré en el salón, dormido, con un bote vacío de píldoras en una mano y, en la otra, una nota: "No sé cómo hacerlo pero no sé vivir sin ti".

Esa misma noche, mientras él se despertaba en una habitación de hospital, saqué los muñecos de debajo de la cama y, con unas tijeras, rompí el cordón. Nunca he vuelto a verle. Pero prefiero vivir sabiendo que dejó de quererme, que habiéndole transformado en una sombra de sí misma.