Happy End es la película que retrata la ceguera social de los europeos

El director austriaco Michael Haneke denuncia la falta de empatía de los europeos en un contexto tan desgarrador como el que supone la crisis migratoria

Mientras 10.000 hombres, mujeres y niños luchan por sobrevivir en La Jungla, el mayor campo de refugiados de toda Europa, una familia de Calais vive su particular drama burgués. Es la ácida puesta en escena que el director austriaco, Michael Haneke, propone en su última película Happy End (‘Un final feliz’). Un retrato de nuestra ceguera social en un contexto tan desgarrador como el que supone la crisis migratoria en Europa.

"La actualidad es terrible. La película va sobre nosotros, sobre nuestra ceguera, sobre nuestro autismo social. Era imposible para mí hacer un trabajo sobre la inmigración, porque no soy experto en el tema. Pero vivo en el mundo, leo lo que ocurre, aprendo de lo que me rodea. Como artistas, es de eso de lo que debemos hablar”, explicó Haneke en una de sus entrevistas promocionales durante el festival de Cannes. 

La familia Laurent —Isabell Huppert, Jean-Louis Trigtignant, Mathieu Kassovitz, Franz Rogowski y Fantine Harduin—, no son solamente el reflejo del egoísmo de la Europa más rancia y autocomplaciente, sino el retrato de la triste realidad de que somos incapaces de empatizar con algo que no sea nosotros mismo o el dinero. “Esa familia es como nosotros. Todos somos egocéntricos, falsos e hipócritas. Y, a la vez, unos resentidos, tristes y solitarios”, resumió Haneke

A través de los ojos de su pequeña protagonista, una niña con serias dificultades para sentir y mucho menos para padecer, se va desarrollando una compleja trama en torno al triángulo formado entre el patriarca de la familia, la tía de la niña y su madre ingresada en el hospital tras ingerir unas pastillas para la depresión. 

Una historia a tres bandas en la que las nuevas tecnologías juegan un papel esencial a través del iphone de la pequeña. "La historia de Eve, esa adolescente, ya estaba en el guion de Flashmob, mi proyecto frustrado precedente. Leí en un periódico un artículo sobre una chica que había envenenado a su madre y que contó el proceso en Internet”, apuntó Handke que aseguró no tener redes sociales ni ganas de tenerlas. 

En definitiva una reflexión necesaria aunque tremendamente pesimista sobre la superficialidad, el egoísmo y la falta de empatía en un mundo cada vez más interconectado pero en el que las personas se sienten más separadas. Una ironía tan cruel como el propio nombre de la cinta: Un final feliz.