Una fiesta pandémica no es una fiesta

El cierre de las discotecas ha dejado miles de personas en el paro pero también a otros tantos jóvenes huérfanos que necesitamos ir a bailar para desconectar

Un día fuiste a una discoteca, te bebiste unos cubatas, bailaste mal, intentaste ligar con alguien sin mucha suerte, y te fuiste dando tumbos pasadas las 4 de la madrugada, sin saber que esa iba a ser la última vez. Esto puede sonar un poco dramático teniendo en cuenta que estamos en una pandemia. Lo sé, hay otras prioridades. Pero así, a lo tonto, hace ya más de seis meses que los grandes clubs bajaron la persiana, sin saber ni cómo ni cuándo podrían volver a abrir.

Desde que empezamos esta especie de simulacro de normalidad, las idas y venidas del ocio nocturno han sido un no parar. Primero fue ese intento de reapertura de las salas, pero con sillas en la pista de baile. Luego que si en Extremadura sí, pero Cataluña no. Ahora no hay bares de copas, ahora sí, ahora solo con 9 amigos. Criminalizar las fiestas y a los jóvenes. Manifestaciones de la gente del sector del ocio. Y finalmente, el cierre indefinido, a partir de mediados de agosto, de cualquier espacio de ocio nocturno (discotecas, salas, bares y cualquier cosa que os podáis imaginar) pasadas la una de la madrugada. Un circo, vamos. Y claro, esto no solo ha afectado a casi 25.000 empresas de toda España, que a su vez dan trabajo de manera directa a 200.000 personas, e indirectamente a 100.000 más, según la patronal del sector. Y súmale perdidas millonarias y ayudas y rescates europeos que no llegan. El problema es que también ha roto algo en nuestra cultura, que parece que nadie tiene la más mínima intención de arreglar.

En un momento tan incierto como el que vivimos, uno necesita una especie de válvula de escape, un ¡que le jodan a todo! y olvidar, ni que sea durante unas horas, la realidad. Antes, ir a bailar rodeada de tus colegas, y un montón de desconocidos, era algo casi terapéutico, sanador, y lo hemos perdido. Un verano devastador para los que basábamos nuestra personalidad de fin de semana en ir a las discotecas. Pero como todo en esta vida, siempre queda esperanza. Después de treinta mil readaptaciones a las medidas del gobierno, Les Nits del Primavera (Sound), puso ante nuestros ojos lo que parecía prácticamente un espejismo. Durante la tarde-noche del 11 de septiembre, en Barcelona, no solo se iba a celebrar la catalanitat, sino que la sesión club que se daba viernes y sábado en la sala Apolo tomaba el Parc del Fórum. Por fin volvíamos a Nitsa.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

¡Por fin volvemos! ⁠ ⁠ Esta tarde #NitsaalForum abrirá sus puertas a las 19h. Entradas en la bio.

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Así que de cabeza. Íbamos a salir de fiesta. Jamás fue tan fácil convencer a los colegas de ir a algún sitio. Era casi una obligación moral. No te puedes pasar meses lloriqueando, porque echas de menos los clubs, y luego no ir. Además, era el mejor plan. Seguramente porque no había otro plan. Así que, con esa entrada, no solo compramos el acceso al recinto, sino también la esperanza de que, durante un rato, las cosas serían un poco mejores, un poco como antes. Pero, ¡oh boy! qué equivocados estábamos.

Decir “me voy de fiesta” a las 7 de la tarde, ya de por sí, chirría. No porque no sea hora de beber, o bailar, o disfrutar de la música, sino porque es un poco el horario de las discotecas light. En lugar de entrar con la apertura de puertas, hicimos una señora previa en el bar de en frente. Una birrita por aquí, una copa por allá. Y a esperar que fuera un poco de noche para poder camuflar nuestros torpes pasos de baile en la oscuridad. A nadie le gusta ser excesivamente consciente de su corporeidad cuando intenta moverse al ritmo de la electrónica. Y entre una cosa y la otra, nos dieron las nueve y decidimos entrar. Ahora diréis “claro, pero es que os perdisteis una parte de la sesión, no lo puedes juzgar entonces”. Okey, ya te vimos. Seamos sinceros, cuando las discotecas abrían a las 12, la norma era entrar a las 2. Así que, por esa regla de tres, respeto. Pero la cosa empezó a oler. Mientras subíamos la cuestecita hacia nuestro placebo de discoteca, un par de grupos de chavales, podríamos decir que miembros de la tribu urbana tetesikos, nos dijeron que nos fuéramos a casa, que era un timo, que eso no era una fiesta. Intenso. Pero no pasa nada. Seguimos a lo nuestro y fuimos hacia la puerta. ¡Merecíamos esa noche más que nadie! Una poquita de gel hidroclórico, distancia social y una sonrisa para el tío que te pasa el código de la entrada, pero que no ve, porque llevas mascarilla, y todo se queda en una mirada incómoda. Estábamos dentro.

Pero en lugar de oír unos bajos ensordecedores o ver marabuntas de gente saltando, ante nuestros ojos, una fiesta que no acababa de serlo. ¿Dónde estaba la euforia colectiva? ¿Por qué no había un solo subidón en la música si ya llevábamos 10 minutos dentro? ¿Y la gente apelotonada en las barras? ¡¿Qué habían hecho con toda la gente apelotonada en las barras?! Exacto. Medidas anticovid siendo cumplidas. De golpe, el castillo de naipes se desmoronó. No estábamos en una discoteca, ni en una sesión de antes. Nadie iba a restregar su cuerpo sudoroso contra el tuyo. Distancia entre amigos, entre supuestos grupos de amigos, entre el camarero y la chica guapa que te pide tu entrada para acceder a tu sillas de plástico. Y es que hasta la gente que había encontrado el valor de ponerse de pie delante de su sitio, para marcarse unos contoneos estáticos, tenía que abrazar el baile de la mascarilla. Ahora me la bajo un poquito, ahora me la subo que me miran mal, ahora me la vuelvo a bajar para dar un sorbo al cubata y, vaya, mejor subirla de nuevo que creo que ese segurata se acerca. Afortunados los fumadores que siempre tienen el salvoconducto de los pitis. Pero aun así, cada uno de nuestros movimientos estaba encorsetado en las normas pandémicas. Podríamos haber sido los extras en la escena del bosque de The Lobster. ¿Qué íbamos a hacer con toda esa energía? Las revoluciones habían bajado tanto que hasta alguien llegó a comentar que no sabía si pedir un cubata o un tratamiento facial de lo relajado que era todo. ¿Y quien tenía la culpa de todo eso? Pues la verdad es que nadie. Quizás, como mucho, ese tipo que decidió abrazar a un maldito pangolín hace unos meses. La música estaba bien, y el concepto podía funcionar. Dj Fra y Marc Piñol siempre han sabido lo que se hacen. Pero lo que habíamos ido a buscar era otra cosa. Jodidos ilusos. 

Aun así, fuimos a nuestros respectivos puestos, siempre con las mascarillas, e intentamos hacer lo mejor de esa noche. El ambiente era incomodo. Todo el mundo parecía esperar algo más. Se cruzaban miradas, pero nadie se acercaba a hablarte. La distancia era un imperativo. A cada tema, las vibras calaban menos. Todo se quedaba en intenciones. Ni tan siquiera el chico, que te había fichado al entrar, vino a ponerte la mano en el hombro para tontear. El ambiente etílico-festivo al que estábamos acostumbrados se había desvanecido. No había emociones. Nadie se atrevía a dar el primer paso, romper la norma. Pero todo el mundo parecía desesperado por formar parte de algún giro de los acontecimientos que no llegó. La música siguió durante las siguientes horas sin pena ni gloria. Y la sensación de vacío, de que las cosas no eran como antes, lo empapó todo. Esta vez, los seguratas no tuvieron que echarnos al finalizar la sesión. Ya nos íbamos solitos. Tampoco había ningún after al que ir, o simplemente faltaban ganas para encontrarlo. Todo acabó alrededor de las 12, con poca cosa que contar a los colegas que no habían estado. Y aun así, podría haber sido peor.

Supongo que no fue una mala noche, pero no era la noche que queríamos. Los ingredientes estaban ahí, pero la fórmula pandémica se lo cargó todo. Está claro que revivir los clubs con distancia, mascarillas y la imposibilidad de contacto social, no acaba de funcionar. Si no puedo sentirme totalmente libre entre una marabunta de gente absurdamente sudorosa, mientras que me revienta la cabeza a base de beats, creo que no vale la pena que vuelvan las discotecas. Aun así, espero que para cuando puedan abrir de nuevo sus puertas, no las hayamos dejado morir. En Berlín hayan convertido las discotecas en galerías de arte hasta que todo esto pase. La cultura club, también es cultura.