Los Estadios Deportivos Del Terror: De Cantar Un Gol A Morir En Las Gradas

Lugar habitual de celebraciones, conquistas y emociones a flor de piel, pero, a lo largo de la historia, los estadios también han mostrado su cara más oscura: en épocas de tensión política, estos recintos se han convertido en escenarios al servicio de la represión y la violencia.  En Código Nuevo hemos recopilado algunos de los casos más llamativos; anécdotas que, en su momento, supusieron el mayor de los golpes al espíritu deportivo.

De campo de concentración a albergar un partido fantasma

Los estadios son nuestras catedrales modernas. El lugar que congrega al pueblo los domingos y que sirve de íntima identificación con las ciudades que los albergan. Acudimos a ellos para disfrutar del evento, para sentir el ambiente y formar parte de un sinfín de sensaciones compartidas. Pero algunos estadios también guardan terribles historias, como la que aún puede palparse en el Estadio Nacional de Chile.

En noviembre de 1973, durante los primeros meses de la dictadura de Pinochet, el Estadio Nacional de Santiago sirvió como lugar de detención y torturas contra los opositores al golpe. Una ignominia a la que se sumaría un acto más, esta vez, como partido de fútbol fantasma.

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Por aquellas fechas, Chile debía disputar un partido de repesca contra la Unión Soviética para el Mundial de 1974. El de ida, ya con incertidumbre, se jugó en Moscú, resultando en un empate a cero. Ante el partido de vuelta, el régimen chileno desocupó de presos y enmascaró lo que ocurría en el estadio para que el partido pudiera disputarse. Sin embargo, la Unión Soviética se negó a jugar, aunque la FIFA obligó a que tuviera lugar el partido. El resumen: uno de los encuentros más vergonzantes jamás disputados y con una duración de apenas treinta segundos. Chile se clasificó y el único momento digno de todo aquello fue cuando, antes de partir hacia el mundial de Alemania, uno de los jugadores de la selección, Carlos Caszely, se negó a saludar a Pinochet.

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El horror en un campo de fútbol

Evitar ese saludo no le costó la vida al delantero chileno, algo que sí sucedió en Libia, hace veinte años, con los aficionados que, tras un penalti injusto señalado por el colegiado, se atrevieron a corear cánticos contra el presidente del club contrario. Lo malo es que el mandatario era también hijo de Muhamar el Gadafi, dictador todopoderoso que no dudó en utilizar las fuerzas de su régimen para neutralizar el alboroto: al menos cuatro personas murieron acribilladas en el estadio, aunque la persecución continuó incluso fuera de él.

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Pero los años noventa traerían más atrocidades que viciarían los espacios y terrenos de juego. En lo más sangrientos, las lapidaciones y ejecuciones que tuvieron lugar en el Estadio Nacional de Afganistán, en Kabul, en su época bajo control talibán. Las escenas fueron dantescas: de las porterías llegaron a colgar restos de piernas y brazos cortados, convertidos en mudos testigos de una horror sin límites.

La supervivencia y los fantasmas del pasado

Afortunadamente, algunos estadios se han convertido también en un símbolo para la esperanza: En Ruanda, durante la guerra civil que desembocaría en el genocidio tutsi por parte del poder hutu, muchos civiles se refugiaron en el Estadio Amahoro, en Kigali, sector protegido por las Naciones Unidas. Un enclave para la seguridad que, por una vez, fue también un campo de salvación contra la violencia.

Y es que siempre hay espacio para enterrar viejas disputas, algo que se vivió de forma intensa en 2007, en el estadio dublinés de Croke Park. Allí se enfrentaban las selecciones irlandesa e inglesa de rugby, en el marco del torneo de las 6 Naciones. Pero lo fundamental no iba a tener lugar durante el partido, sino poco antes; en el espacio de tiempo que duraría himno en honor al equipo inglés. El encuentro se celebraba más de setenta años después de aquel Domingo Sangriento, cuando la policía británica, durante la guerra de la independencia irlandesa, entró en el estadio y disparó hacia la masa, asesinando a catorce civiles, mientras se disputaba un partido de fútbol gaélico.

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Nadie sabía qué podría pasar cuando empezase a sonar la partitura de God Save The Queen. En los días previos, todo el mundo en Inglaterra e Irlanda recordaba el carácter simbólico del encuentro: un equipo inglés de rugby volvía a jugar en el bastión sagrado de los deportes gaélicos. Y  lo más importante: volvería a sonar el himno, ese himno que durante tantos años había sido visto casi como una afrenta nacional para los irlandeses. ¿Lo pitarían, lo abuchearían? ¿Habría algún tipo de protesta, de altercado?

No. El estadio guardó un silencio absoluto y dio una auténtica lección de respeto al contrario. Puede que, más allá de lo ideológico, aquí se esté hablando, una vez más, de ese comportamiento que hace único al rugby: Porque todo el mundo sabe que, a este deporte, solo juegan caballeros.

Créditos: GaelicFC, Marca, NBCnews