El Equipo Al Que Deberían Aspirar A Parecerse El Real Madrid Y El Barça

John Lennon afirmó una vez que había nacido en Liverpool, pero había madurado en Hamburgo. En la portuaria ciudad alemana empezaron su carrera The Beatles, tocando en locales del barrio de Sankt Pauli para una juventud mayormente socialista, comunista o anarquista y rodeados de un ambiente que destilaba cultura punk, arte y sexo. Así era y sigue siendo la Reeperbahn, la principal calle de uno de los barrios rojos de Europa. Y, cómo no, allí tiene su sede uno de los clubes deportivos más peculiares del planeta, el FC St. Pauli.

Un equipo pequeño que ha pasado la mayor parte de su historia entre ligas regionales y la segunda división alemana, pero que cuenta con una masa social enorme, sumando varios cientos de clubs de fans alrededor del mundo y teniendo una de las mayores tasas de asistencia a su estadio de toda Alemania. Las casi 30.000 localidades del Millerntor-Stadion suelen estar llenas en cada encuentro, algo que choca teniendo en cuenta que el barrio tiene 27.000 habitantes.

Un club con alma rebelde

Los jugadores son recibidos en cada encuentro con los acordes de Hell's Bells de AC/DC mientras en las gradas ondean la Jolly Roger, adoptada como emblema no oficial, y banderas con la cara del Che. El equipo se convirtió en símbolo de culto durante los 80, cuando trasladó sus instalaciones cerca de los muelles de Sankt Pauli y los habitantes del barrio, en su mayoría trabajadores portuarios y okupas, empezaron a asistir a los partidos como un acto más de su rutina.

El club supo captar el ambiente social que se respiraba en la zona, y en esa década forjó una identidad izquierdista, comunista y antifascista que estrechó el lazo no sólo con los vecinos, sino con parte de una Alemania aún dividida por el muro de Berlín y en la que el nacionalismo era habitual en los campos de fútbol (especialmente en el otro equipo de la ciudad, el Hamburgo, cuyo estadio estaban tomando los neonazis).

La decisión de prohibir en su feudo símbolos fascistas, racistas y homófobos fue recibida de buen grado tanto en Alemania Federal como fuera de sus fronteras, ganando rápidamente un gran número de adeptos a su causa. Pese a estar jugando en la Oberliga Nord, la tercera división germana, la afluencia de público al estadio se disparó llegando a una media de 20.000 aficionados por partido.

Volcados con la sociedad

Desde entonces, y más destacable que su poco habitual carga política, el club ha adquirido una gran dimensión social que ha aprovechado para llevar a cabo obras de ayuda y concienciación. En 2009 aprobó una carta de principios fundamentales, siendo la primera entidad deportiva alemana en redactar dicho texto. Campañas de apoyo al colectivo LGTB o la más reciente, de ayuda a los refugiados sirios, son la constante de un club que aprovecha su tirón mediático para comprometerse con la gente. En definitiva, hace lo que todos deberían hacer.

El club y la afición se retroalimentan de este espíritu reivindicativo. Su variopinta hinchada tiene el mayor número de mujeres tiene en toda Alemania, algo que enorgullece a un colectivo al que le gusta romper estereotipos.

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Odio al fútbol moderno

En su línea de rebeldía, a su espíritu antiracista, antifascista y antisexista se une el anticapitalismo que demuestra en su filosofía deportiva. Apenas gasta dinero en fichajes, lo que le permite acabar cada año con beneficios sin perder su competitividad ni atracar a los aficionados con el precio de las entradas.

Así es el FC St. Pauli, un club de barrio que se ha convertido en todo un fenómeno de masas gracias a su actitud política y social, distinta a todo lo que se suele ver en el mundo del fútbol. Un equipo hecho por y para sus aficionados.