La doparon forzosamente desde los 7 años y ahora tiene el cuerpo roto y una mente psicótica

Lo que empezó con la imagen de una niña subiéndose a unos patines y haciéndolo realmente bien, ha acabado con la fotografía de una mujer psicótica y marcada de por vida por culpa de aquellos a los que consideraba entrenadores y mentores, los estandartes tramposos del ganar a toda costa. Esta es la historia de la alemana Marie Katrin Kanitz.

Marie tiene cinco años. Es una niña normal, con las aficiones que tiene cualquiera a su edad, pero con una facilidad natural para el patinaje sobre hielo. Sus padres lo saben; ya lo notaron meses atrás, cuando vieron por primera vez cómo su hija se calzaba las cuchillas y se deslizaba unos metros sobre el hielo en su ciudad, Berlín. Son ellos mismos los que deciden apartarla de sus amigas, del día a día de una niña, de su propia infancia. Se dedicará profesionalmente al patinaje, ya se han puesto en contacto con dos entrenadores. Marie tiene que hacerse famosa, tiene que sacar a la familia de la pobreza.

Marie tiene siete años. Lleva dos entrenando entre 6 y 8 horas cada día. Los entrenadores de la selección de Alemania Oriental han empezado a obligarla a que se tome unas pastillas justo antes de entrenar. Lo único que ella pregunta es “¿qué son?”. La respuesta que recibe es: “unas vitaminas”. Tampoco le da muchas vueltas, todas sus compañeras las toman. “Será para que tengamos más opciones de ganar”, piensa. Al fin y al cabo, algo tienen que hacer bien los responsables de la selección: en los últimos 41 años el país ha conseguido casi 800 medallas entre Juegos Olímpicos de Invierno y de Verano.

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Marie tiene 16 años, y por primera vez se da cuenta de que su vida no le pertenece. Un día se reúne con uno de los responsables de la selección nacional; no quiere continuar. Siente que se ha perdido demasiadas cosas, quiere ser una chica normal y corriente con una vida normal y corriente. Para su sorpresa, él se enfada, se levanta y la acusa de traidora a la patria. Cuando Marie rompe a llorar él, impasible, sólo dice una frase más: “ahora vas a volver a salir y a seguir entrenando”. Con el alma y el cuerpo rotos, ella vuelve a salir al hielo. Su cuerpo de deportista va a aguantarle un año más; su alma nunca conseguirá recuperarse.

Marie tiene 26 años. Hace casi nueve tuvo que dejar el patinaje porque su cuerpo dijo basta. Dos títulos nacionales, un bronce en el europeo de Sarajevo, dos operaciones de rodilla y una lesión crónica en la espalda es el palmarés de una patinadora que dedicó casi dos décadas al deporte y a su país. Un día le llega una carta: según una investigación de la policía de Turingia, Marie y otros tantos deportistas alemanas han sido víctimas de dopaje forzoso y continuado por parte de los que fueron sus entrenadores. Ocurrió a diario, y duró años. Fueron aquellas pastillas, aquellas malditas “vitaminas”.

Marie tiene 30 años, y empieza a notar los primeros efectos secundarios graves de aquellas pastillas. Tiene brotes psicóticos, los ruidos más leves se reproducen en su cabeza como si dos trenes estuvieran echando una carrera, y comienza a vivir en una paranoia constante: cree que los nazis la vigilan secretamente. Es el año 2001. Pierde su trabajo, y durante los 5 años siguientes sólo es capaz de hacer dos cosas: sobrevivir a los brotes psicóticos y acudir a terapia con un psiquiatra que descubre el nombre del origen de todo: Oral-Turinabol, un esteroide que los responsables de la federación alemana oriental, los doctores Höppner y Ewald, habían estado dando a más de 10.000 atletas durante décadas.

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Marie tiene 45 años. Es una mujer atormentada por su pasado, traumatizada por los recuerdos y marcada física y psicológicamente para siempre. Pero está viva, algo que otros compañeros no pueden decir. Además, su experiencia sirve para ayudar a otros: trabaja para una ONG que asiste a supervivientes de dopajes forzosos. Y si un día escuchas una de sus charlas, como la que recoge The Guardian, una idea te quedará grabada de por vida: “mi país no sólo me robó la infancia; también hirió profundamente mi cuerpo y mi mente. Pero, incluso viendo los Juegos Olímpicos de este año, me he dado cuenta de que, como sociedad, no hemos aprendido nada. Lo único que importa es ganar, cueste lo que cueste”.