El día que descubrí que mis músculos ya no impresionaban a las mujeres

Era un sábado por la noche más y, como solía hacer en aquella época, había pasado la tarde poniendo mis músculos a tono en el gimnasio. Ese era mi secreto: tener los pectorales bien congestionados para impresionar a las chicas a lo pecho palomo. Un buen “toca, toca” a cualquiera de mis víctimas y la magia estaría servida.

Al menos así era en la Valencia de principios del año 2000. Los ciclados continuaban cosechando éxitos en las discotecas de la capital del Túria y, entre ellos, me sentía como un verdadero triunfador. No porque hubiese alcanzado la mágica cifra de 40 centímetros de bíceps (que también) sino porque era capaz de alternar mis demostraciones físicas con cierto “palique” de universitario.

Toda una novedad en el universo del polígono y que me diferenciaba claramente de mis competidores nocturnos. Algo así como una rara avis de la noche valenciana, un rayo de luz entre ligones cuyo diccionario se limitaba a las novedades del tuning, la droga que debía consumirse según el caché de la discoteca (no era igual esnifar en el párking de The Face que comerse una pastilla en el 'Chocola') o la última frase de Rafa Mora, el dios de los valencianos durante años, en MHYV.

Y así, completamente inconsciente del despropósito de mis acciones, pasé años y años hasta que un día una chica me devolvió a la realidad: “Tío, das mucha pena. Que te toque los musculitos tu puta madre”. No me partió el corazón, pero sí que me hizo replantearme ciertos valores. Quizás un torso definido no era la solución a todo. Una epifanía que me reveló que existe algo más allá de los batidos de proteína.Resultado de imagen de rafa mora gif

Lo cierto es que el tiempo le dio la razón a esta encantadora chica del barrio del Carmen. Con el paso de los años los auténticos ciclados se fueron extinguiendo y se transformaron en metrosexuales, runners o crossfitters. Ya no se trataba de ser más grande sino de estar más fit. A nadie le importaba cuantos kilos podía levantar en el press banca sino cuantos en cuanto tiempo corría la media maratón y si me apuntaría a la próxima Spartan Race.

Pero no fue eso lo que realmente me cambió la visión del mundo. En realidad, lo que me enseñó aquel día es que lo que realmente conquistaba a las chicas de las discotecas no eran mis bíceps o mi “pechete” sino el palique que lo acompañaba. Aquel tipo simpático, ocurrente y graciosete que luchaba por asomarse bajo kilos y kilos de músculo y de puro ego valenciano, además de toneladas de machismo. Que todavía pesaba más que mis músculos. Resultado de imagen de spartan gif

Ahora, con el pasar de los años (y la calvicie) la cosa la tengo bastante más clara. Cuidarse, e incluso estar un poco cachas, mola bastante pero no se puede ir por la vida juzgando a las personas por su índice de masa corporal. Y muchos menos establecer eso como referente de seducción. Por suerte, mi tipo de estupidez fue pasajera y, aunque me he negado a bajar de los 38 centímetros de brazo, he entendido que mis músculos no tienen porqué deslumbrar a nadie. Mucho menos a una mujer.

Suponer que lo único que va a interesar a una mujer es mi aspecto físico es infravalorarla y lo mismo digo para ellas respecto a los hombres. Esa es mi mayor lección. Sí, soy un exciclado feminista y me siento orgulloso de serlo.