Club del Río, el grupo de 7 amigos que ha cautivado a miles de personas con su optimismo

Vivir en la ciudad y salir adelante solo no es la única forma de vida que existe. Hay otras. Como irse a un caserón antiguo en mitad del campo con otros nueve amigos, todos amantes de la música y la literatura, y retroalimentarse los unos a los otros de creatividad hasta que cada pared y esquina de la casa respire arte durante 24 horas al día. En estos casos, es muy probable que acabe naciendo algo especial, algo único, algo verdaderamente libre. Algo como Club del Río, una banda cuyo sonido escapa a todo tipo de etiquetas comerciales. Como todos ellos.

“No teníamos un plan musical: ni de género ni de estilo. Éramos una comunidad de amigos con el arte como medio de expresión. Entiendo que habrá mucha gente que estudie música y tenga una intención muy clara, pero nuestra música ha sido espontánea. Hacemos lo que hacemos porque nos lo pide el corazón. Igual un día dejamos la música y nos convertimos en un colectivo de pintores, qué se yo”, cuenta entre risas Esteban de Bergia, letrista y vocalista del grupo, que ha cautivado a miles de personas con su energía y su optimismo.

Capítulo I: El desfase

Una energía y un optimismo que deben mucho al modus vivendi que ha llevado la banda durante los últimos años. Su primer disco, Monzón (2014, El Volcán Música), nació bajo el abrigo de viajes y viajes por todo el mundo. “Estábamos en la universidad y teníamos tiempo para movernos. Fuimos en coche hasta la punta más al norte de Europa, fuimos a los Balcanes, fuimos de Interrail, dormimos en las calles, nos escapábamos a los ríos a bañarnos y tocar en pelotas... Era todo muy hippie. Son momentos que guardamos con mucho cariño”, explica el músico madrileño.

El segundo disco, Un Sol Dentro (2016, El Volcán Música), nació bajo el techo ruinoso pero palpitante de aquel caserón en mitad de la naturaleza, donde Club del Río se solidificó. Álvaro Ayuso, guitarrista y vocalista también de la banda, lo recuerda con nostalgia: “Alquilamos una casa inabarcable abandonada y nos metimos ahí diez colegas. Teníamos agua caliente, chimenea, jardín, perros y local de ensayo. Acabamos viviendo allí dos años, componiendo y tocando cada día. Fue una etapa muy creativa. Una experiencia recomendada para quienes quieran experimentar emociones fuertes”.

Aquella vivencia fue en cierto modo un desafío al modelo musical y vital que impone la sociedad, siempre animando al individualismo. Dice Álvaro desde la Casa Vasca de Madrid y con la convicción de quien lo lleva tatuado en el alma: “Ninguno teníamos contrato. Hacíamos muchas movidas juntos para salir adelante. Fue una puta locura. Hoy te educan para ser el mejor y hacer la guerra por tu cuenta, pero el éxito colectivo es más satisfactorio. Y salen cosas más creativas porque creas puzzles cojonudos con las ideas de unos y otros”.

Capítulo II: La madurez

Pero aquello quedó atrás. Por razones ajenas a ellos, se vieron obligados a abandonar el caserón. Ahora viven en Madrid, trabajando duramente y viviendo una vida alejada de aquel paraíso artístico que representó la Casa-Club para todos ellos. Y ese paso hacia la madurez, mitad orgánico, mitad forzado, se va a notar y mucho en su próximo disco, Sustancia, que la banda presentará el próximo 17 de mayo en la Sala Riviera de Madrid. Es lo que afirman ambos músicos y lo que puede verse con una simple escucha al nuevo single, Diablo.

Lo instrumental es más maduro y la lírica más cruda. Porque yo, quien escribe principalmente las letras, he tenido un par de años muy movidos psicológicamente. La mayoría de temas tienen ese mensaje optimista de aceptar los problemas y vivir un poco más en paz, como nuestra discografía anterior. Pero Sustancia también tiene otros temas que no buscan dar la vuelta hacia el optimismo sino que se quedan en la sensación amarga. Y estoy muy feliz porque es muy coherente con lo que nos está pasando y suena como queríamos que sonara”, confiesa Esteban.

Precisamente, coherencia es el vocablo que mejor define a Club del Río, formado por hasta siete integrantes. Dice Álvaro que podrían coger sus temas más exitosos y replicar la fórmula para triunfar, “pero eso no es creatividad, eso es empresariales”. Esteban va más allá: “Hay una competitividad tremenda y las reglas las marcan los medios y la industria. No depende tanto de ti, a menos que quieras hacer trap. Y no tenemos nada contra el trap, tiene cosas guais, sino contra la parafernalia mediática y comercial que hay detrás tratando de imponerlo”.

Capítulo III: El futuro

A pesar de que cada año crecen un poquito más, pisan más festivales, llenan más salas y tienen más público, Esteban duda de la posibilidad de dedicarse full time a la música: “Antes sí pensaba que acabaríamos viviendo de esto pero empiezo a rendirme con esa idea. Ojalá. Imagínate tener todas las horas del día para hacer música en lugar de trabajar de 8 de la mañana a 7 de la tarde. Sería una maravilla. Pero tenemos claro que si algo tiene que elevarnos será la gente y no una estrategia comercial o alguien que nos vea potencial y quiera reconducir nuestra música”.

Si triunfan, que ya lo están haciendo, será gracias a su sonido. Ese que la crítica musical ha querido situar entre el folk anglosajón de los 60 y la canción latinoamericana. O, directamente, como ‘neofolk mestizo’. Ese que, en realidad, más vale oír que tratar de entender con palabras grandilocuentes. Porque Club del Río entra mejor por el lado emocional gracias a una frescura y un goce verdaderamente sinceros. Nada de poses. Lo dice Esteban con orgullo y una sonrisa de oreja a oreja: “Hemos intentado e intentaremos con nuestra vida y nuestro arte representar lo que somos y sentimos”.

Y esa libertad y honestidad no abundan hoy día en el panorama musical.