Carta Abierta A Las Princesas Disney

Corría el año 1937 cuando Blancanieves nos enseñaba que lo necesario para llamar la atención de tu príncipe era rodearte de siete minimaromos, tomarte una manzana envenenada e voilá, habemus príncipe; y, ¿amor verdadero? Míster Walt Disney, ese gran maestro, ese visionario, ese tío enrrollao que supo darle a los niños y a las niñas lo que necesitaban, un ejemplo a seguir en tiempos convulsos, que pasó, que descubrió que esto podría tener tirón, y he aquí el comienzo de todo.

Estas aparentemente nada complicadas historias de amores y desamores han traído más de un disgusto, y gracias a Dios que tenemos Pixar y a Katniss para suavizar el percal. Este es el particular manifiesto que desde Código Nuevo les escribimos a Blancanieves y compañía, para agradecerles, o más bien desagradecerles lo que han hecho por la sociedad milenial.

Queridas princesas Disney, lo primero daros la enhorabuena, sois las tías que mejor envejecéis de todo el panorama del cine, y todo sin retoque alguno. Mi más profunda felicitación, ni Uma Thurman con “mil capas de maquillaje” lo habría logrado. En segundo lugar, comentaros algo histórico, y es que habéis conseguido que el horterismo, los lazos, las flores y los brillos no pasen de moda; gracias a vuestros complicados estilismos, pasarán las generaciones, pero Blancanieves y su amarillo seguirán presentes en carnaval, tanto como la Bella Durmiente y su rosa chicle. Gracias de nuevo.

He aquí la prueba de todas las cosas buenas que nos habéis aportado, sin embargo, no estaríamos aquí si no hubiese un PERO. Así, PERO ¿en qué estabais pensando cuando decidisteis meternos en la cabeza la idea del príncipe azul, del amor verdadero y del fueron felices y comieron perdices? Seamos claros: ¿a qué persona normal le gustan las perdices? Dejando de lado el tema animal, y centrándonos en lo que nos incumbe, a todas nos habría ido mucho mejor sin tanta parafernalia alrededor de vuestras historias de vida, si Ariel no hubiese renunciado a su cola por conocer a Eric, si Pocahontas no hubiese pasado de su aldea por irse con John Smith a Londres o si Cenicienta se hubiese quedado en casa en vez de vivir cual mantenida en palacio. ¿Qué clase de ejemplos son estos? ¿Por qué no fueron ellos los que renunciaron? ¿Somos nosotras las que siempre tenemos que ceder? Es evidente que allá cada cual con su interpretación, pero yo solo digo que aunque la Bestia se vista de seda, bestia se queda.

Así que dejaros de príncipes y princesas, pasaros al pueblo llano y a la plebe, que al final es donde mejor se está. Sin incómodos zapatos de cristal, ni calabazas motorizadas, mucho mejor el metro lleno de gente, y los vaqueros rotos. Y para cualquier problema, como diría Dory en Nemo (que es mi mejor princesa Disney), "sigue nadando, sigue nadando".

Crédito de la imagen: pixshark.com