Carta Abierta A Todos Los Clientes Que Me Trataron Mal

Querido cliente:

Todavía recuerdo el día en el que nos conocimos. Recuerdo la cara de tremenda ilusión que llevabas en el momento que entraste por la puerta con la cartera llena y dispuesto a gastarte los ahorros que tardaste meses en conseguir.

Aquel día todo eran risas, venías feliz y estabas encantado de que te ayudara a decidirte, pues ibas a comprarte un trasto que estaba de moda pero no tenías ni idea de todas las posibilidades que podía ofrecerte. A pesar de todo ello, yo tengo que hacer mi trabajo, y te ayudé a escoger aquel que se ajustaba más a tu vida y a tus gustos. Vamos, que metafóricamente te pusiste a cuatro patas y dejaste que me introdujera dentro de ti descargando toda mi habilidad y simpatía. Después te marchaste encantado, y como muchas relaciones en mi vida, nunca más volví a saber de ti. Hasta ayer.

Ya no venías tan contento, podía ver en tus ojos y, sobre todo, en tus ojeras, que algo no iba bien. Llegaste pegando gritos y ya no pidiendo, sino exigiendo que te resolvieran tu problema. La paciencia te la habías dejado en casa, así como la capacidad para reflexionar y darte cuenta de que igual la culpa era tuya.

A pesar de todo eso, como buen trabajador y mejor persona, yo estaba encantado de ayudarte y solucionar el problema de la manera más amable y rápida posible. Pero parecía que no te acordabas de lo bien que podía tratarte, y esta vez el que pretendía ponerme a cuatro patas eras tú; pero no.

Quiero que tengas algo en cuenta: nadie, y cuando digo nadie es ninguna persona aparte de mí, va a poder ayudarte, por lo tanto lo único que te pido es que tengas paciencia y sobre todo respeto. Con esa cara de pedo y con esas maneras de kinki de extrarradio no es que no pueda ayudarte, sino que no voy a poder ayudarte de la mejor manera. Porque sí, quizás el cliente siempre tiene la razón, pero si lo que pretendes es darme por el culo, lo único que voy a hacer es quitarme de encima el problema rápido, y rápido no significa bien.

Piensa que no es nada personal, yo estoy haciendo mi trabajo, al igual que tú lo haces cuando vas a tu oficina o donde sea, y sabes lo mucho que jode que cuando estás trabajando alguien venga a tocarte las narices cuando, probablemente, sea culpa suya.

Y para acabar te doy un consejo: Encuentra el camino de la empatía porque es la única forma de encontrar la justicia, el equilibrio, el respeto, la compasión, la bondad… Ser otro, por un rato.

Atentamente,

La persona que te atendió aquel día.