Carolina Rodríguez, La Gimnasta Que Creció En Silencio

¿Cuál es un reto mayor, ser sordo o que tus padres lo sean? Poca gente puede responder a esta pregunta, y nosotros hemos encontrado a una chica que nos puede resolver la duda. Carolina Rodríguez es nuestra gimnasta rítmica más veterana, va a hacer historia participando en los Juegos Olímpicos de Río con 30 años (serán sus terceros después de Atenas y Londres) y, a pesar de todo, sus mayores retos los ha superado en la vida, y no sobre el tapiz.

Ella misma reconocía en una entrevista a Canal + que la sordera de sus padres “más que un problema, ha sido una ventaja. Me ha dado la posibilidad de desenvolverme ya desde pequeña”. Desde que empezó a hablar, Carolina se ha visto obligada a crecer más rápido que otras niñas: si surgía alguna emergencia, era ella la que tenía que coger el teléfono y avisar, explicar y contar lo que pasaba. Si quería comunicarse con sus padres, tenía que aprender desde niña el lenguaje de signos. Si quería compartir con ellos su pasión, la música, tenía que ingeniárselas para expresarla de una manera que llegara más allá de los oídos. Y así es como todo comenzó.

Pilar Ballesteros y Tomás Rodríguez empezaron a ver cómo su hija, con 7 años, les sentaba en el sofá y bailaba al ritmo de una música que en aquella habitación sólo la pequeña Carolina podía escuchar. Y a pesar de todo, conseguía que el ritmo llegara a sus ojos, a su piel. “Con la música, sus manos parecen signos en el aire. Siempre que la veo bailar me emociono”. Tomás sigue llorando a día de hoy cuando ve a su hija expresar con el cuerpo algo que ni él ni su mujer consiguen captar por sí mismos: la música.

Una forma de comunicarse, una pasión mezclada con una afición que consumía sus horas muertas, acabaría convirtiéndose en el modo de vida de Carolina Rodríguez. No había llegado a los 8 años cuando Ruth Fernández, entrenadora de gimnasia rítmica, descubrió en ella un diamante en bruto. Tenía elasticidad, tono muscular y muchas ganas de hacer los movimientos que tiene que hacer una gimnasta. Ruth le abrió las puertas de este deporte y ha acompañado a su pupila hasta hoy. Desde aquel 1993 hasta el 2016 de Río han pasado más de 20 años en los que Carolina ha sido campeona de España con 10  y participante olímpica con 18, con 26 y ahora en Brasil con 30. Una carrera que muchos deportistas envidian, pero pocos querrían pagar el precio vital que ella ha tenido que aceptar.

En 2003, en plena concentración para el Mundial de Gimnasia en Budapest, su hermano murió en un accidente de tráfico. Quedaban diez días para competir, y ella fue la primera en enterarse: la llamaron para que diera la noticia a sus padres. Lloró, se lo dijo a Pilar y Tomás, hizo las maletas y participó en el Mundial.

Dos años después de conseguir un diploma olímpico en Atenas 2004, cuando tenía 20 años, desde la selección dijeron que la tendrían que sustituir por alguien más joven. Ahí, su vida volvió a dar un bandazo existencial: ¿y ahora qué? No vio otra opción que retirarse, pero después de 6 meses dando clases a niñas, conviviendo con las mazas, los aros y las cintas que tantas horas habían compartido con ella, y con la insistencia de Ruth, que volvía a estar a su lado, decidió volver a competir en un campeonato de España; esta vez, de forma independiente e individual. Debió hacerlo bastante bien, porque el equipo nacional volvió a llamarla.

En su segunda etapa en la gimnasia, ahora ya como veterana, ha conseguido clasificarse para dos Juegos Olímpicos más, y todo a pesar de su tobillo derecho, en el que arrastra un ligamento roto desde hace años. Ningún médico aconseja a Carolina hacer grandes esfuerzos con el pie así, pero ella, con 30 años en sus piernas, va a hacer historia en los Juegos de Río.

Los periodistas especializados reconocen que Carolina Rodríguez es una de esas maravillas de la naturaleza que da el deporte cada muchísimos años: una gimnasta que desde que era una niña ya tenía condiciones, tipo y sabía expresar con su cuerpo la música que estaba escuchando. Algo único. Pero cuando la conoces, cuando consigues hablar con ella unos minutos, acabas dándote cuenta de que es una chica normal y corriente que ya desde muy pequeña tenía las ganas y la necesidad de comunicarse con sus padres de una manera diferente a la del resto de niñas. Carolina hizo de su cuerpo una máquina perfecta que traducía el lenguaje de la música para que Pilar y Tomás pudieran percibirla; no sabía entonces que con los años iba a conseguir algo mucho más grande: que todos acabáramos emocionándonos con ella.