Si tuvieras cámaras en casa, tú también serías una Kardashian

El show entero llega por fin a nuestras pantallas para alimentar los a los humans of late cuarentena en los que nos hemos convertido estos meses

Una mañana te despertaste y sabías quiénes eran las Kardashian. Sabías que tenían un programa de televisión, sabías que eran unas cuantas hermanas cuyo nombre siempre empezaba con K y sabías que eran asquerosamente ricas. Como seres omnipresentes de la cultura pop, su influencia había llegado a ti entrando por los poros, por pies de página de la Cuore, por el relleno en las noticias cuando no había acontecimientos importantes con los que saturar la hora que duraba el programa.

Su legado histórico es potente: Las Kardashian fueron las primeras que sentaron los cimientos para hacer un reality que fuese solo eso. Un reality sobre ellas siendo ellas mismas y viviendo su vida, por primera vez. Nada más. Su más clara predecesora, The Simple Life de Paris Hilton, tenía brochazos de cringecomedia y una maldad que servía de conductora. Nadie habría dado un duro por ellas si no fuese porque América necesitaba contenido de cualquier lado.

Cuando el reality empezó Kim Kardashian era la amiga loser de Paris Hilton a la que le habían filtrado un video sexual con su novio, hijas de un exitoso abogado fallecido, lo que traducido a estándares de Hollywood, quiere decir que no eran nadie. El éxito de las Kardashian es todo un accidente. O un milagro. No son ni talentosas, ni especialmente graciosas, ni listas, ni (por lo menos en las primeras temporadas que las lanzaron al estrellato, con sus rasgos marcadamente armenios que luego han ido difuminando con la cirugía) normativamente guapas. Y van 18 temporadas y contando.

Netflix las trae por fin a España, 12 años tarde, como una ofrenda a nosotros, humans of late cuarentena, sacando la artillería pesada para que digamos que no a la tentación de terracear. “No hoy”, decimos al Dios del Vermut, “Kim ha perdido sus pendientes de diamante y está intentando buscarlos”. La hipnótica magia de las Kardashian es similar al placer que sientes cuando una amiga te recuerda los cotilleos de hace cinco años, viendo cómo los memes y escenas que has visto mil veces van encajando en una narrativa en la que te faltaban piezas triviales que nunca han importado. Miro con nostalgia la ex-cara de Kendall Jenner mientras le dice a su madre que el dinero sí que crece en los árboles porque es papel. Absolutamente icónico.

Su fuerte presencia en las redes sociales creó una especie de cubismo narrativo, la misma historia contada a dos tiempos desde dos perspectivas diferentes: el que te enseñaban los medios a medida que sucedían escándalos y la representación de los mismos escándalos, un año más tarde, en el reality.

Recuerdo con cariño uno de los mejores regalos de Navidad de mi vida. El hermano menor de la primera generación Kardashian, Rob Kardashian, había llegado a casa a finales de diciembre para encontrarse que su entonces novia Blac Chyna se había ido de casa llevándose a su hijo. Rob documentó en una serie de Snapchats que duran alrededor de 5 minutos su inspección minuciosa de la casa. Twitter y Instagram hacían eco instantáneo de esto. Blac Chyna se ha llevado todo. Actualizo mi móvil cada media hora mandandonos memes con una amiga. Blac Chyna se ha llevado una bolsa de patatas abierta y la mampara del baño. Esta fue la cima del humor zillennial: mitad patético mitad absurdo.

(Rob Kardashian en medio del breakdown subiendo memes a su instagram, que luego borraría)

Quedé con amigos para ver el capítulo en el que se contaría esto, un verano medio año después, entre risas, para observar decepcionados que le dedicaban un total de 5 minutos a la trama. Con los años (y ya hablo de 2017) la consciencia de su propia imagen como marca hizo poco a poco que el reality fuese poco más que un publirreportaje para limpiar su propia narrativa, en vez de para complementarla. Todo aderezado al toque de chef con unas pocas escenas impactantes por temporada que sirven como estrategia de marketing para que no perdamos interés en ellas.

Las primeras temporadas se remontan a 2007- 2008, cuando lo más parecido a un perfil en redes sociales que teníamos era un Fotolog en el que poner dedicatorias a nuestras amigas. La de los influencers elegidos por el público y no por los jefes de revistas de moda era entonces una idea tan ajena como abstracta, y Las Kardashian sólo tenían sentido siendo Kardashians en este sistema de celebrities autoimpuestos.

El tiempo ha cambiado el sistema, y con el alza de Instagram la celebridad se ha democratizado. La gente que nos restriega sus privilegios en la cara se pasaron de moda hace tiempo, y las mismas Kardashian se han adaptado a la nueva norma con un intento de hacer cosas útiles: Kendall se ha hecho modelo, Kylie tiene Kylie Cosmetics y Rob… tiene su empresa de calcetines. En el mejor de los casos lo suyo es un intento de legitimización a través de la narrativa #girlboss que ya se quedó obsoleta en 2018, y en el peor de los casos lo suyo es un problemático caso de apoyar a un sistema que oprime a las demás mujeres haciendo de sus propios cuerpos pregoneros de ideales artificiales de belleza. Esto último no lo hacen solo pasivamente remodelando sus figuras con millones de seguidores de acuerdo a las nuevas modas de cirugía estética (que luego atribuyen al ejercicio y a la dieta), sino que lo hacen activamente promocionando productos de pérdida de peso, fajas o maquillaje para brazos que nunca supimos que necesitábamos.

Su fama es ahora la herencia de cuando las cosas funcionaban de otra manera, Maria Antonieta comiendo pasteles mientras el pueblo francés pide guillotina. En 2020, la gente rica solo nos interesa para enfadarnos con ellos cuando dicen estupideces online, inconscientes de su privilegio. Netflix nos ha traído historia de la cultura pop de cuando las cosas eran aparentemente más sencillas, pero solo porque las cámaras apuntaban únicamente a los que estaban arriba. Las Kardashian son ahora las ruinas de una civilización antigua. 

(Resumen de todo)

CN