'Call me by your name', deseo de una mañana de verano

La historia del cine está plagada de romances. De clásicos como Amanecer o Luces de Ciudad a obras maestras recientes como Deseando amar, La vida de Adéle o Lost in Translation, hay historias de amor de muchos tipos: trágicas y optimistas, fabulosas y realistas, tópicas y extravagantes. Pero, sobre todo, hay muchas. El afán por mostrar un pedazo de vida tan universal colisiona con la saturación y, en cierta manera, el desprestigio que vive el género hoy en día. Es por eso que, cuando una película romántica es acogida con igual entusiasmo por crítica y público, vale la pena preguntarse por qué. En este caso, ¿qué tiene Call me by your name que resuena con tantas personas?

La premisa es sencilla. Año 1983, Elio (Timothée Chalamet) es un adolescente que está pasando el verano en la casa de campo que tiene su familia en Italia, ocupado en algo que todos hemos tenido que hacer alguna vez: llenar los días y las noches de un verano que no parecen terminar nunca. En el primer caso, entre libros y partituras muestra de un entorno familiar burgués, judío y políglota, en el segundo, con bailes al son de Battiato e inocuos escarceos amorosos. Es entonces cuando sucede lo (in)esperado. A este apacible entorno llega Oliver (Armie Hammer), un estudiante del posgrado en arqueología que imparte el padre de Elio, con el que entablará una compleja relación en la que el deseo y las apariencias se contraponen.

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El éxito de la película bien podría ser debido a la palpable entrega de su equipo a la hora de retratar la educación sentimental del joven Elio, la nostalgia del primer amor o la sexualidad en ebullición de un adolescente. El tándem conformado por el guionista británico, James Ivory, y el director italiano, Luca Guadagnino, se encuentra rodeado de grandes aciertos, desde los intérpretes escogidos (entre los que destaca Chalamet, que imprime una naturalidad pasmosa a su personaje), a su colorida fotografía, o la banda sonora a cargo del genial Sufjan Stevens.

Hay algo verdaderamente sugerente en la atmósfera del film, en la recreación de las tardes inacabables de un verano tan idílico como sofocante. El ritmo es lánguido y voluptuoso, acompañando perfectamente al deseo intoxicante de Elio con una dirección sutil y elegante. Dos secuencias centrales de la película dan buena muestra de ello: aquella filmada en la plaza de Piave, en la que el joven se confiesa por primera vez, y la archicomentada escena del melocotón. En sus mejores momentos, Call me by your name logra irradiar la misma energía que otras cintas de Bertolucci, Almodóvar o Apichatpong.

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Compartimos el entusiasmo por la película con ciertas reservas. Y es que, en ocasiones, resulta evidente que Ivory y Guadagnino van por caminos diferentes. Al guionista le gusta recrearse en reflexiones un tanto verbosas y poco inspiradas acerca del deseo, amén de que su retrato complaciente de la burguesía puede resultar bastante antipático. Al director, en cambio, le interesan tanto las emociones, la parte epidérmica del relato, que por momentos cae en una superficialidad que bien puede estar dada por su trabajo como publicista.

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Volvamos a la pregunta inicial: ¿qué hace de Call me by your name una historia especial para mucha gente? Está claro que su tema, que no es otro que el deseo adolescente y los fuertes lazos que establece, nos resulta muy común. Todos hemos sido Elio, perdidos y enamorados, extenuados sobre nuestra cama a la hora de la siesta. Quizá también sea por el empeño de la película en no arriesgar, en no ofrecer un elemento diferenciador realmente importante, que haga de esta una película más singular o memorable. Quizá este error juega a su favor, y hace de ella una historia de amor tan común que es capaz de traspasar la pantalla.