Los Años Salvajes De Un Surfista Que Acabó Ganando El Pullitzer

La pasión y la obsesión están separadas por una línea muy fina. El periodista y surfista William Finnegan lo sabe y lo cuenta de maravilla en Años Salvajes, un libro que ha dejado con la boca abierta a medio mundo y que a él le ha valido este año el Premio Pullitzer de Biografía. Se trata de una radiografía de su doble vida, desde sus primeras olas hasta hoy. Finnegan es escritor y periodista de la prestigiosa revista americana The New Yorker, pero su verdadera pasión es recorrer el mundo en busca de la ola perfecta. ¿Cómo se ha convertido un chaval que con 20 años vagaba por el globo surfeando y pillando malaria en uno de los mejores escritores americanos de la actualidad?

Las olas hacen al surfista

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Finnegan lo deja bien claro: para convertirte en un surfista con alguna posibilidad en olas de más de dos metros, además de tener suerte más vale que hayas crecido sobre la tabla. Así que si tenías pensado empezar más tarde de los 20, no aspires al estrellato. Este periodista nació en el año 1952 en Nueva York, pero su familia se trasladó a California cuando era pequeño. Allí empezó a tomar sus primeras olas a los diez años, cuando el surf todavía se practicaba con armatostes de más de tres metros.

La fortuna de William Finnegan llegó en el año 1966, al trasladarse con su familia a Hawaii, una de las cunas y mecas del surf a nivel mundial. Fue entonces cuando empezó a comprender lo que significaba tener una pasión que lo arrasa todo, una obsesión que hace que te olvides hasta de tu familia. Después de la escuela, William corría hacia la playa para pillar olas con las leyendas del surf local, y así conseguía olvidarse de las palizas que recibía en el patio del colegio. Fue entonces cuando Finnegan entendió que el surf es mucho más que un deporte: se trata de una forma de vida, es una actividad que te abstrae del mundo y a la vez te concreta en el momento.

Surfari por todo el planeta

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Este es el mapa de un loco apasionado. Se trata nada menos que de la vuelta al mundo que dio William entre 1978 y 1983. Ahora cada vez son más las personas que lo hacen, pero en aquella época no era tan sencillo y prácticamente eran cero los chiflados que tenían el mismo propósito de viaje que él. Tras abandonar la universidad, Finnegan se fue de Los Ángeles con el objetivo de llevar a cabo un surfari. ¿Un qué? En los ochenta y los noventa el surf ya se había extendido por el planeta, pero todavía se consideraba una actividad minoritaria. Existían cuatro revistas frikis sobre el tema, y muchos surfistas en California (frecuentemente perseguidos la policía) lo eran porque tenían una ola delante de casa. Pero Finnegan, junto con su colega Bryan Di Salvatore, se lanzó a hacer un surfari (viaje alrededor del mundo en busca de la ola perfecta).

Viajaban guiados por los vientos o allá donde los lugareños decían que había rompientes enormes, y pasaban semanas enteras acampados en la playa. El viaje los llevó a pasar por islas diminutas del Pacífico Sur, por Australia y el Sudeste Asiático, donde los amigos se separaron. En Sudáfrica el escritor ejerció como profesor de instituto en la época del apartheid, luego se movió por otros países africanos y finalmente llegó a Europa. Fueron años intensos en los que William solo vivía por y para descubrir, estudiar y surfear nuevas olas. Junto con Di Salvatore fueron dos de los primeros en surfear Tavarua, la que para algunos es la mejor ola del planeta, en una isla paradisíaca llena de serpientes de mar venenosas.

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El fin del verano eterno

Un gran viaje comporta un duro aterrizaje. Cuando Finnegan regresó a Estados Unidos perdió poco a poco el interés por el surf. Más bien deberíamos decir que se calmó su obsesión, y que estaba harto de ser un apátrida. Dejó la idea de encontrar la ola perfecta y en 1984 empezó a escribir mientras vivía en San Francisco, donde surfeaba con más calma. Según relata en Años Salvajes, desde entonces comprende con más profundidad la esencia de esta actividad acuática. Los primeros registros son del siglo XVIII, cuando algunos misioneros evangelizadores en Hawai intentaron prohibir esta actividad a los nativos.

En este deporte no hay clases sociales, pues todo el mundo es igual de pequeño ante la fuerza del mar que cada año mata a un buen puñado de locos por el surf. Pero ante todo este deporte significa pasarlo bien con los amigos y conectar con el mar. Es por eso que todavía hoy, a punto de jubilarse, Finnegan sigue viajando por todo el mundo acompañado de algún colega y con una tabla bajo el brazo.