4 Lecciones Sobre El Éxito Del Futbolista Profesional Que No Sabía Jugar A Fútbol

Dicen que si eres lo suficientemente listo te puedes ganar la vida sin hacer demasiado, y hay personas que nos han enseñado cómo. Carlos Henrique Raposo es un brasileño que logró tener una carrera de más de veinte años como futbolista profesional durante los 80's y 90's usando solo su cabeza, y no precisamente para rematar. La verdad es que no tenía ni idea de jugar a fútbol, pero su descaro, capacidad de improvisación y su intelecto le sirvieron para ir de un equipo a otro hasta en cinco países diferentes sin necesidad de jugar.

El mayor estafador conocido de la historia del fútbol tenía un sistema bien sencillo que nos deja varias lecciones sobre cómo llegar al éxito -ojo, las extraemos para que las apliques bien, no para que copies su ejemplo y engañes a todo dios-.

Trata bien a todo el mundo

Su sistema se resumía en lo siguiente: se hacía amigo de futbolistas, les convencía para que lo incluyesen en un traspaso, fingía lesiones para no jugar y cuando acababa el contrato tiraba de contactos para ir a otro equipo.

Pero no bastaba con caerle bien solo a los jugadores. Aunque por aquel entonces los medios de comunicación no tenían la facilidad para informar ni la influencia que tienen ahora, Raposo sabía que siempre le podían echar una mano. Por esa razón, nunca tuvo malas palabras con ningún periodista, asegurándose un buen titular si necesitaba darse a conocer en algún nuevo equipo.

Los médicos también eran parte importante de sus relaciones, ya que le falsificaban informes para dar credibilidad a sus lesiones inventadas.


Nunca creer que todo está arreglado para siempre

Tenía claro que cuantos más amigos hiciese y más contentos estuviesen, mejor. Por eso, aunque ya hubiese afianzado sus sistema, nunca dejaba de 'trabajar' para asegurarse la lealtad futura de sus compañeros. Cuando viajaban, llegaba al hotel de concentración unos días antes, alquilaba habitaciones unos pisos por debajo de donde estaría el equipo y las llenaba de prostitutas para que los jugadores no tuviesen que moverse del edificio. Era todo corazón.


No querer pasarse de listo y hacer más de lo que sabes

En este caso, la lección viene de un error que cometió. Para asegurarse de que su imagen como futbolista no dejaba de crecer, y así seguir creando interés en los clubes, iba a entrenar con un teléfono móvil (que por aquel entonces eran muy raros), y aprovechando el poco conocimiento de inglés de los que le rodeaban, fingía estar hablando con clubes europeos. El problema era que él tampoco hablaba inglés, y un día le escuchó un preparador físico llegado de Inglaterra y les dijo a todos que lo que estaba diciendo Raposo eran frases sin sentido. De hecho, hasta el móvil era falso.


Aprende a improvisar

En dos ocasiones estuvo a punto de que todos se diesen cuenta de que no sabía jugar. La primera de ellas en 1989, cuando su entrenador en el Bangú decide convocarlo para un partido y, no contento con eso, en la segunda parte lo mandó a calentar. Raposo fue a la desesperada: se peleó con un aficionado para que lo expulsasen. A priori, malo para su imagen, pero aún tenía un as en la manga. Antes de que el míster le pegase la bronca le dijo: "Dios me ha dado un segundo padre -el técnico- y no dejaré que nadie le insulte". Y así se pasa de villano a héroe.

La segunda vez que estuvo contra las cuerdas fue al llegar a Europa. Fichó por el Ajaccio francés y el día de su presentación, con el estadio lleno de aficionados, los dirigentes habían preparado algo a lo grande y el césped estaba lleno de balones para hacer algunos ejercicios. Pero otra vez el 'jugador' encontró una salida. Sin previo aviso fue cogiendo todas las pelotas y regalándoselas a los aficionados, que obviamente se enamoraron automáticamente de él.


Lo más gracioso de todo es que al final sí llegó a jugar. En sus más de veinte años de carrera disputó una treintena de partidos, eso sí, sin estar en ninguno de ellos más de veinte minutos sobre el césped.