10 Películas Demasiado Atrevidas Para Llevarse Un Premio Goya

A Dani Rovira se le está poniendo cara de funcionario: no hay quien lo eche del puesto de presentador de la gala de los Goya. El próximo sábado, el monologuista protagonizará otro déja vu para los espectadores que sigamos el espectáculo en directo. De hecho, no será el único que hará que te frotes los ojos ante la pantalla preguntándote en qué año estamos. Almodóvar, Bayona, Tosar o Cruz son apellidos que se repiten edición tras edición, contoneándose orgullosos por la alfombra rosa —no, ni siquiera es roja— y acaparando las estatuillas. Para estar, hay que haber estado. Más allá de los pocos valientes que se han abierto paso a codazos en las nominaciones —lo de Nely Reguera y Bárbara Lennie en la refrescante María (y los demás) es para quitarse el sombrero—, en la lista reina a sus anchas la endogamia.

Vaya por adelantado una aclaración: la de 2017 ha sido una buena cosecha de cine comercial patrio. El mismísimo Scorsese podría haber firmado El hombre de las mil caras, y Fincher, Que Dios nos perdone. Aun así, no tan lejos de los focos del mainstream, ruge un cine español diferente. Salvaje. Excitante.

Por eso, lo que sigue son diez muestras de este efervescente cine que la Academia no quiere reconocer, pero que tiene mucho que decir:

Entrando ya en materia, este año hay dos olvidos flagrantes: La muerte de Luis XIV, de Albert Serra, y La reconquista, de Jonás Trueba. Ambas son películas en las que el paso del tiempo es denso y amargo. En ellas se contempla, respectivamente, el último suspiro del Rey Sol –por si no te acuerdas de aquellas clases de Historia, es éste- y las brasas aún crepitantes de un romance adolescente. Dos propuestas que juegan en el difícil terreno de los tiempos muertos y que ocultan tempestades bajo apariencia de calma.

La propuesta de Albert Serra tiene también bastante que ver con otra de las grandes olvidadas: la co-producción con Chile Neruda, de Pablo Larraín. Cintas que tienen en común la desmitificación de un tótem —en la de Larraín, el poeta chileno que da título a la obra— y el sangrante contraste entre el desprecio nacional a sus directores y la alabanza fuera de España. Mientras que a Serra —que nunca ha sido nominado a un Goya— se lo rifan en Cannes con cada nuevo film, la película de Larraín competía de tú a tú con Elle o Toni Erdmann en los Globos de Oro.

Otro cine ninguneado por la Academia es el independiente. Ya sabes a lo que me refiero, ese de “aquí tienes tu cámara, rueda una película”. Cine hecho sin presupuesto, como Amor tóxico; sin grandes expectativas, como Las amigas de Ágata, o sin vergüenza, como Esa sensación.

Éstas tres obras —que por desgracia sucumbieron al filtro de ‘amiguetes’ de los Goya— son, por orden: una crítica desesperada de Norberto Ramos del Val al egoísmo que impera en la mayoría de citas ‘románticas’, una carta a cuatro manos a la amistad y al fin de la adolescencia y, por último, un triple viaje surrealista en el que, entre otras historias, una mujer se enamora perdidamente de una rotonda. Cine amargo, dulce, salado. Independiente.

En esta liga juegan también los últimos films relegados. Dead Slow Ahead es una experiencia hipnótica y extraña, como si la ciencia ficción se casara con el documental pero tuviera un hijo bastardo con el videoarte. La pols es una pequeña obra teatral convertida en película que condensa ante la pantalla muerte, cinismo y claustrofobia. La academia de las musas es el último divertimento de José Luis Guerín, un ejercicio que cabalga la realidad y la ficción de un aula universitaria para reflexionar sobre las facetas del amor.

Y ya está. Habrás notado que dije diez y han sido nueve —bien, perspicaz—, pero eso es porque la última olvidada es la muy negra Berserker, de Pablo Hernando. Ocurre que a su director, un vasco con las ideas muy claras, le importan tan poco los premios Goya que ni siquiera la presentó a concurso. Espíritu apache para un cine de frontera.

¿Y tú, conoces alguna otra película española que merece ser más reconocida?