Estos vecinos de Tarifa lo están dando todo por ayudar a los inmigrantes

Más de cien voluntarios tarifeños han trabajado las últimas semanas para dignificar la situación de los inmigrantes

Mariame, 24 años. Ha atravesado ilegalmente varios países desde su Costa de Marfil natal para poder alcanzar tierras marroquís. En coche, de extranjis, sin garantías, pagando a las mafias. Tras ocho meses en Marruecos, compartiendo zulo con otras quince personas por unos 200 euros al mes, le hacen caminar por las montañas durante dos días agotadores, a veces gateando incluso para no ser pillada. La patera que podría llevarla hasta España le espera. No está sola: otras quince personas comparten sueño. Pero las pedradas de la policía marroquí evitan que tres de ellos suban a la precaria embarcación.

La historia de Mariame la cuenta Laetitia Goffard, una francesa afincada en Tarifa que ha servido de traductora durante la avalancha de migrantes que ha desbordado el municipio gaditano este último mes. Forma parte de un colectivo de voluntariado que el propio ayuntamiento convocó para poder aportar un poquito de humanidad a la desoladora situación de estas personas, aglutinadas durante más de tres semanas en el polideportivo local. Cruz Roja no daba a basto. No había personal ni ropa ni colchones ni mantas suficientes para 600 personas. Y ahí entró en escena la ONG Tarifeños Solidarios.

De la crisis económica a la crisis migratoria

"Tarifeños Solidarios nació en 2012, durante la peor época de la crisis económica, para auxiliar a gente necesitada del pueblo. Pero la avalancha del 17 de junio, durante la cual toda España miraba hacia el Aquarius, fue tan rebosante que una concejala nos pidió que les proveyéramos con los textiles que nos dona la gente del pueblo. No había recursos humanos ni económicos. Hasta ese momento dormían en el suelo del pabellón. Con la segunda avalancha, la del 24 de junio, supimos que teníamos que hacer algo más", me cuenta la portavoz María Luisa Serrano.

Supervisadas por servicios sociales, María Luisa y el resto de voluntarios, más de 100 personas, organizaron turnos para entrar al pabellón para dar de comer a cientos de personas, buena parte de ellas adolescentes y niños que viajaban solos. "Queríamos darles comida de verdad, pero solo nos permitían darles los kits que envía el Ministerio del Interior, que incluye un zumo de piña o batido de chocolate, unas galletas saladas, unos frutos secos y una lata de sardina. Eso para desayunar, comer y cenar", cuenta indignada.

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Pero abrigarles y darles de comer se les antojaba insuficiente. Por eso, y además se conseguir introducir traductores en las instalaciones para poder ayudar individualmente a cada persona, me cuenta Pepa Mauri, otra de las voluntarias más activas, lograron que una enfermera acudiese durante cuatro horas diarias para tratar a quienes venían con "diabetes, quemaduras, brazos rotos y, claro, embarazos". De hecho, la propia Mariame, la chica costamarfileña, estaba coja tras sufrir algún accidente durante el viaje, y Laetitia la acompañó hasta el hospital de Algeciras.

"Durante el viaje en patera todo el mundo iba rezando. Remaban guiados por la luz de la luna y los delfines, pero no con remos, sino con dos palos de madera. Una vez sabían que estaban en aguas españolas, mandaron la ubicación a una periodista de Tánger para que avisara a Salvamento Marítimo. Tardaron tanto en encontrarles que estaban seguros de que morirían. Ella, además, ocultaba que tenía la regla, porque si lo hubiesen sabido no la hubiesen dejado subir siquiera a la patera. Creen que atrae a los tiburones", cuenta Laetitia emocionada.

Traslado a Algeciras

Tras veintitantos días en el polideportivo los migrantes fueron trasladados. María Luisa dice que seguían llegando más al puerto de Tarifa, pero que no sabían dónde les llevaban. Más tarde, cuenta, "nos enteramos de que estaban en el polideportivo del Saladillo, un barrio de Algeciras. Una compañera voluntaria logró entrar y quedó muy impactada. Las condiciones eran mucho pero que mucho peores que en Tarifa: niños desatendidos, gente vomitando, personas con sarna sin tratar, sin apenas agua... Un verdadero caos. Y nadie se hacía cargo".

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"Así que cargamos tres furgonetas y fuimos hasta allí. Conseguimos entrar al pabellón y hacer lo que hacíamos en Tarifa, pero un conflicto con una colchoneta hizo que nos echaran. Hemos tratado de entrar pero nada. Es un desastre. Y encima tenemos que aguantar las declaraciones racistas del alcalde de Algeciras", comenta Pepa indignada en referencia a las palabras de José Ignacio Landaluce, alcalde de la localidad, quien dijo durante un pleno que había islamistas radicales entre los migrantes, lo que ha provocado la denuncia pública de la Asociación Pro Derechos Humanos en Andalucía.

"La gente sabe un 1% de lo que ocurre porque está prohibido entrar con cámaras y los medios se limitan a publicar pequeñas reseñas", se queja Pepa. Tarifeños Solidarios, la asociación que conforma, sigue adelante. El local, como veo con mis propios ojos, está repleto de ropa, mantas y toallas donadas. Varias mujeres la ordenan y catalogan. Me dicen que habrá más avalanchas, que lo intuyen. Y no se equivocan: tanto el día de nuestra entrevista como los días siguientes, suena el helicóptero sobre el Estrecho. Los tarifeños sabemos qué significa.

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Cádiz desbordada

Según informa Salvamento Marítimo, la cifra diaria de personas rescatadas en el Estrecho estos últimos días supera las 300, más de 600 algunas jornadas. Tarifa, Algeciras o Barbate son sus destinos. Pero la provincia de Cádiz no da a basto y los autobuses transportan cientos de inmigrantes hacia otros rincones de Andalucía, cuyos líderes políticos exigen al gobierno "un tratamiento de Estado" para la inmigración. La precariedad técnica hace peligrar las condiciones de asilo de estas personas, por lo que la APDHA exige recursos para que no sean violados sus derechos básicos.

Son personas, no números. Isaca, un joven malí de 17 años, pasó tres semanas en Tarifa tras alcanzar costas españolas en una patera. De algún modo se las arregló para llegar hasta París, donde supuestamente le esperaban. Nadie apareció. Le engañaron. Tras contactar con Laetitia, unos amigos de la traductora le acogieron en su casa de París. Dos días después le llevaron a un centro de acogida, pero se negaron a aceptarlo por falta de documentación. Pasó la noche en la puerta del centro pero nadie abrió la puerta. Su vida sigue en el aire. El sueño europeo sigue siendo solo eso: un sueño.